sábado, 11 de diciembre de 2021

Amigos lectores, el mérito para el éxito de la novela es exclusivamente de ustedes, GRACIAS!!!

 



Estimados lectores: Quería informarles que mi segunda novela, "Fuego en los huesos", gracias a muchos de ustedes y al "boca a boca", que es la mejor publicidad, se está vendiendo bien. Aquellos que aún no la tengan y deseen adquirirla, pueden contactarse conmigo o en las dos librerías con las que cuenta nuestra ciudad. Estoy evaluando la posibilidad de presentarla fuera de Lobos, si es que los horarios de trabajo me lo permiten. Aprovecho la ocasión para agradecer a mis amigos, a mi familia, a Editorial Azul Francia, y a todos los que concurrieron a la presentación el mes pasado. "Fuego en los huesos" es un libro que nació en la pandemia, pero no tiene nada que ver con ella, básicamente el tiempo libre que motivó el confinamiento me impulsó a darle forma a este texto. Ilustro esta nota con una foto espectacular de Río Grande, lugar donde transcurre parte de la trama. Nos estaremos viendo pronto, por esta misma vía de contacto, o bien por Instagram. ¡Que tengan un excelente 2022 y que se cumplan todos sus deseos!

jueves, 28 de octubre de 2021

NOVEDADES: PRESENTACIÓN OFICIAL DE MI NUEVA NOVELA, EL 7 DE NOVIEMBRE EN LA BIBLIOTECA CAPPONI (LOBOS)












(Gacetilla de prensa)

Mariano Contrera estará presentando su nueva novela, Fuego en los huesos, publicada por Azul Francia Editorial, el domingo 7 de noviembre, a las 20hs, en la Biblioteca Popular Albino Capponi.

El evento contará con la presencia del autor, quién estará dando una charla y firmando ejemplares, así como también la presentación de Juan Manuel Videla brindando un espectáculo musical

 "Fuego en los huesos" trata sobre una joven antropóloga argentina, que encuentra en los depósitos del Museo del Hombre en París el cuerpo momificado de un habitante originario Selknam. En sus intentos por repatriarlo a Tierra del Fuego, debe luchar contra las leyes, la burocracia, sus propios miedos, pero también contra el tiempo, ya que la última descendiente directa de los Selknam espera antes de su muerte la unión final de la tribu.

 Mariano nos propone un viaje que la llevará a resignificar conceptos como el amor, la familia, el sexo y la muerte. Una historia de superación y autoconocimiento. Un peregrinar espiritual, además del físico, que cambiará para siempre su vida.

 Una novela que narra la lucha de cuatro mujeres fuertes y poderosas a través del tiempo, que se irán entretejiendo para develarnos una gran historia. Una combinación de aventura, suspenso y emoción, en la que el autor intentará que nos identifiquemos con cada uno de los personajes.

Cabe recordar que este título es el quinto libro del autor, quien en 2010 lanzó su primer libro “La idea fija”. En 2013 publicó  “Media hora de felicidad”, en 2015 “Calesita”, y en 2017 su primera  novela “Las dos muertes del general”

 Recientemente, Mariano ha obtenido galardones en diversos concursos internacionales desarrollados en tanto en Argentina, como en Uruguay y España. Textos del autor han sido publicados en distintas antologías tanto dentro de Argentina como en Estados Unidos, España, Colombia, México y Venezuela. Y también en revistas y blogs literarios de diversos países.


lunes, 30 de noviembre de 2020

Cuento: "El fútbol es como dicen" (2010)

 

 


Cuando me contaron esta historia, al principio me resultaba un tanto inverosímil.  Luego pude comprobar que era completamente verídica. Un amigo mío conoce al muchacho del cual trata el relato. Me dio su nombre completo, y luego de googlearlo encontré un par de videos de sus goles. Lo contacté mediante mail, y luego de darme su aceptación para publicarlo, me lo explicó todo en detalle. Traté de trascribirlo lo mas literal posible.

 

El fútbol es como dicen, una pasión de multitudes. Millones de personas pendientes de la actualidad en torno al balón, y millones de jóvenes y niños soñando con llegar. Llegar a realizar ese sueño casi imposible, ese sueño que solo unos pocos místicos elegidos logran. El sueño de jugar en primera. Jugar en la bombonera con las tribunas repletas, coreando su nombre. Hacer la jugada de sus vidas, e inmortalizarse para siempre mediante un mágico gol en el último minuto. Ganar millones de dólares. Manejar autos súper modernos y salir con las modelos del momento. Imposible no soñarlo. Imposible que un pobre pibe que disfruta de un deporte sano y noble, no termine enfermo de una sed ciega por la fama.

 

Cristian lamentablemente no estaba exento de toda esta locura. Nació en Entre Ríos, en la pequeña y pintoresca ciudad de Colón. Su familia tenía una humilde casa a la veda del río, a metros de la playa. Jugó durante toda su infancia en un discreto club local, hasta los diecisiete años. Un inescrupuloso caza talentos le hizo firmar contrato, antes que cumpliera la mayoría de edad. Éste lo llevó al Gran Buenos Aires, al Club Deportivo Laferrere. Si bien no era un club de los más reconocidos, podía significar el despegue de su carrera. Hizo un enorme sacrificio y dejó todo atrás. Su familia, su novia, sus amigos y su ciudad. Todo por un remoto sueño, una remota posibilidad. Hacía tres años que estaba en el club, y ya estaba bastante amoldado. Se había hecho de buenos compañeros dentro del equipo, que lo apoyaban cuando el se sentía mal o extrañaba. Era el único del interior, los demás eran de zonas o ciudades cercanas a la capital. Afortunadamente dos o tres meses al año podía volver a su pueblo, y retomar el contacto con los seres queridos. Sobre todo con Lucía, su novia desde hacía cinco años.

Estaba todo bien entre ellos. A pesar de verse poco ambos se mantenían fieles, haciendo caso omiso a las tentaciones y a los instintos. Hablaban por teléfono, o se mandaban mensajes casi diariamente. Cuando Cristian vivía en Colón, eran vecinos. Se conocían desde chicos y sus familias eran como una sola. Lucía era una chica muy bonita y simpática. Poseía una belleza simple y natural, muy difícil de encontrar. No necesitaba arreglarse, ni maquillarse para llamar la atención. Estaba en sus dieciocho años, aunque aparentaba un poco más. Se vestía con lo primero que encontraba, y no le dedicaba mucho tiempo a la  imagen. Pelo castaño y ojos marrones, nada fuera de lo común ni exótico. Tirando a petisa, pero flaquita y esbelta. Sin grandes curvas pero tampoco siendo una tabla. Siempre supo como rechazar cordialmente las varias insinuaciones que recibió de los pibes del barrio, porque solo tenía ojos para su novio. Ella seguía pensando en Cris, y lo apoyaba ciegamente en su sueño de llegar a primera. Pero también quería algo más, alguna seguridad. Al principio dudó bastante, pero sus padres la ayudaron a decidirse. De a poco fue pensando en casamiento, en algo más serio y estable. Esperaba que una vez comprometidos, pudiera irse a la capital a vivir con el. No disimiló en absoluto sus intenciones. En cada oportunidad posible se lo remarcaba abiertamente a su novio, quien no tardó en captar el mensaje.

Cristian tenía veinte en ese entonces, y soñaba a cada momento con llegar a las más altas esferas del fútbol mundial. Anhelaba jugar en el exterior y ser mundialmente famoso. Sabía que jugando de 6 tendría menos chances que un delantero goleador, pero su gran habilidad lo mantenía con esperanzas. Era un lateral con proyección, y en su corta carrera tuvo la fortuna de convertir varios goles. Era fanático de jugadores carismáticos y marketineros, como Ronaldinho, Cristano Ronaldo y otros más. Se peinaba cuidadosamente antes de entrar a la cancha, siempre recién afeitado. Se depilaba religiosamente piernas, torso y axilas. Máscaras faciales y cremas abundaban en su bolso de viaje. Medía casi un metro noventa, morocho y de ojos negros. Tenía un físico muy varonil, que contrastaba con su rostro delicado y hasta un poco femenino si se quiere. Se parecía un poco a Leonardo Di Caprio pero morocho. Pelo corto con una pequeña y bien cuidada cresta, estilo David Beckham. Se creía una estrella, y estaba convencido que su momento le llegaría. Imitaba a la perfección los gestos, señas y movimientos de sus ídolos. Festejaba los goles de la misma manera, y copiaba todo lo que podía de ellos. Gastaba su sueldo en ropa de marca, cosméticos y relojes carísimos.

La cumbia sonaba diariamente a todo volumen en el grabador de la habitación. Compartía el cuarto abarrotado de pósters y recortes de diarios deportivos, con el nueve. Un chico de capital, simpático, alto y canchero. Era un gran goleador, muy efectivo. Aprovechaba cada oportunidad para anotar, y no desperdiciaba una pelota. Estaba siempre en el lugar indicado para recibir el balón. Era parecido a Abreu en sus comienzos. Aguerrido, fuerte y con mucha suerte para el gol. Se llamaba Gustavo y le decían “El Turco”. Era un poco más grande, tenía veinticuatro y estaba convencido de que su carrera futbolística estaba cerca del final. Terminaría su carrera en ese mugroso y querido club. Ya estaba viejo para un contrato salvador. Con el tiempo se hicieron grandes amigos y compartían todo. Tenían íntimas charlas, y se contaban las más profundas intimidades, miedos y alegrías. Incluso un par de veces fue invitado de vacaciones a la casa de su compañero en Colón. Conocía a la familia de su amigo, a su novia y a sus amigos.

No tenían secretos entre ellos, y cuando Cristian le comentó que su novia le tiraba indirectas para casarse, no dudó en apoyarlo. Como un gran amigo, le dio confianza, le demostró que eran el uno para el otro y que harían un a pareja perfecta. Cris lo pensó varias veces, y finalmente decidió que lo mejor sería declarársele como lo hacían los goleadores que él idolatraba. Cuando convirtiera un gol, se levantaría la camiseta y debajo tendría una remera con la proposición. Ella lo vería al otro día en TN Deportivo, donde pasaban religiosamente todos los goles del ascenso. Todos los lunes ella miraba el programa junto con su familia, para ver si al menos lo nombraban.

Hizo imprimir la remera. “Lu, casate conmigo” decía en letras fucsia, con un par de corazones a cada lado. Estaba entusiasmadísimo, y le costó bastante ocultarlo.  Esa noche habló por teléfono con su amada, y casi le fue imposible disimular su felicidad. No debía dar ningún indicio, para que la sorpresa fuera mayor. La estrenó en el siguiente partido, justamente en el clásico frente al Club Comunicaciones. Fue un partido difícil y muy trabado, por lo que casi no tuvo oportunidad de acercarse al área rival. Terminó cero a cero. Estaba un poco decepcionado, aunque sabía que el campeonato recién empezaba y tendría más chances en los partidos restantes. Se tenía mucha confianza. El siguiente encuentro fue contra Cambaceres, un partido fácil que arrancaron ganando con un gol de su gran amigo. Tuvo más libertad para subir, e incluso desperdició dos jugadas bastante claras.

 

Poco a poco se fue impacientando, pasaron otros tres partidos y seguía sin suerte. Jugaba con el alma, y dejaba todo en la cancha. Se mataba corriendo, subía y bajaba en cada pelota. Lo hacía siempre pensando el ella. Entrenaba al máximo, y se esforzaba más que los demás. Corría el doble y ejercitaba más que el resto. Hacía fierros en el gimnasio del club, y le daba con todo. A la nochecita practicaba tiros libres, solo en la cancha auxiliar, con la esperanza de que el técnico le dejara patear uno. En poco tiempo desarrolló buen físico y mejoró bastante su juego, pero terminaba muerto. Por las noches caía fusilado en la cama. Su novia que siempre lo llamaba a las once al club, lo encontraba dormido como un tranco. Cuando derivaban la llamada a su habitación atendía su compañero de cuarto, El Turco. Como se conocían, muchas veces charlaban de todo un poco, de como iba el equipo y todo eso. Incluso en algunas oportunidades de temas algo más personales. El le contaba que ya no quería jugar más, que quería ponerse de novio y disfrutar el tiempo con alguien especial. Se ponía triste porque estaba solo y necesitaba que alguien lo escuchara. Ella en cambio le comentaba cuanto lo extrañaba a Cristian, y que no quería tenerlo más tiempo lejos. Con el tiempo ella comenzó a preocuparse por su novio. Siempre que llamaba no estaba, o no le atendía el celular. Temía que la hubiera olvidado, o que ya no pensara en ella.

 

“Entendelo pobre, él te quiere mucho y hace todo por vos. Con el tiempo vas a entender porqué te lo digo. Tiene suerte de haber encontrado alguien tan buena como vos, que lo entiende y se banca todo esto” Le decía una noche Gustavo, cuando ella le preguntó que le pasaba a su novio.

“Pero pensá que es difícil para mí. No lo veo nunca y hace como un mes que no hablamos. Tengo miedo que halla conocido otra piba allá” Lucía estaba al borde de las lágrimas, mientras observaba en el visor del locutorio que iba gastando como diez pesos.

“Quedate tranquila que nunca va a encontrar una chica como vos, sos hermosa, dulce y sensible. Ojala tuviera yo la suerte que tiene él. Hace mucho que estoy solo. Mi ultima novia no se bancó todo esto, y me termino cagando con mi mejor amigo.” Nunca había contado eso a nadie, ni siquiera a Cristian.

Hubo un silencio prolongado en el que Lu no supo que decir. Luego de unos segundos, volvió a emitir palabras. “Solo decile que lo extraño. Y no te preocupes, ya te va a llegar el momento de enamorarte de nuevo”.

Tuvieron muchas conversaciones como esa. Se fueron sincerando, y se hacían de psicólogo los dos.

 

 Cristian pasaba por una mala racha tremenda. En los encuentros siguientes pegó tiros en los palos, en el travesaño, y le taparon disparos increíbles. Más se hacía la cabeza y más loco se ponía. Era una fiera en el campo de juego, estaba ciego. Se peleó con algunos rivales y hasta lo expulsaron un par de veces. Se preguntaba si era su culpa. Dudaba si ella realmente aceptaría la proposición, o si en cambio haría el ridículo frente a todo su pueblo, su familia y sus amigos. Incluso llegó a creer que talvez inconcientemente él mismo erraba los goles, porque no quería casarse y dejar atrás su sueño. Los futbolistas son muy supersticiosos. Fue a ver a un chamán y a un pastor. Una adivina le dijo que buenas noticias se avecinaban, que su deseo se haría realidad cuando menos lo esperara. Usaba por cábala siempre el mismo calzoncillo, el que usó en el último gol. Entraba a la cancha con el pie derecho sin excusas. Se besaba el anillo que su novia le regaló en el primer aniversario antes de cada jugada, y hacía un montón de estupideces más. Pero el gol no llegaba, y vivía de mal humor. Se empezó a llevar mal con sus compañeros, con Gustavo, con el entrenador físico, y hasta con el técnico. Estaban a punto de sacarlo del equipo. Afortunadamente El Turco intercedió y le explicó la situación al coach, quien comprendió e hizo la excepción de dejarlo jugar un par de partidos más.

Su novia seguía llamándolo cada vez más seguido, estaba demasiado preocupada. Un día viajo en micro hasta capital para ir a verlo. Se apareció en la concentración, en el predio del club. Lo llamaron desde la recepción al cuarto para notificarlo, pero Cristian le pidió al de seguridad que le pase el interno a ella. No pensaba recibirla personalmente. No quería distracciones, ni tampoco verla mal porque eso solo lo impacientaría más.

 “¿Que te pasa corazón? contame... sabes que me podes contar lo que sea. ¿Estás viendo a otra chica?” La pobre Lu era tan buena que incluso pensaba soportar que él se viera con otra mina, con tal que le preste atención nuevamente.

“¡Pero no seas tarada! Siempre jodiendo con lo mismo. No me jodas más, ¿no vez que así no puedo entrenar?” Siempre que la atendía la trataba mal. Es que ella no entendía lo que el estaba viviendo. Jamás lo entendería, por eso no le contaba.

Se había convertido en una obsesión para Cristian. El objeto de su deseo fue paulatinamente mutando. Ya no pensaba en Lucía, pensaba solo en el gol. El foco de atención dejo de ser la entidad incierta del futuro, para formarse como la esencia inmediata. De a poco dejó de soñar por las noches con Lucía, con el dulce momento de casarse, para solo pensar en hacer un maldito gol. Vivía enfermo. Tomaba ansiolíticos auto-recetados para poder dormir, que el utilero le conseguía quien sabe donde. “Afortunadamente desde la ultima vez que se me apareció acá, la loca no llamó más” pensaba relajado.

 

Llegó el momento del último partido del campeonato. Si bien el equipo no estaba arriba en la tabla de posiciones, le tocaba jugar con el puntero. Todos sabían que la atención iba a estar centrada en ese encuentro. Se supo que iba a haber reclutadores de varios equipos de primera, por lo que los jugadores tenían un incentivo extra para ganar.

Esa fue una semana clave en la vida de Cristian que jamás olvidará. Recibió varias noticias en los días previos al partido. La primera noticia fue que directivos Boca iban a estar presenciando el partido. Si todo salía bien, y si convertía un gol, talvez tuviera una chance de que lo llevaran a jugar al famoso club xeneize. Andaba como chiflado para todos lados, era la primera vez en meses que lo veían feliz. Tenía una sonrisa de oreja a oreja imposible de disimular. Todos en el plantel se pusieron felices de verlo con mejor estado de ánimo.

Gustavo aprovechó el breve momento de felicidad, para contarle una verdad que lo estaba carcomiendo por dentro desde hacía días. Le comentó que hacía un tiempo el atendía los llamados cuando el no estaba, que se habían hecho amigos con Lu. También le contó que sentía algo especial por ella, y que quería retirarse del fútbol para vivir juntos en Buenos Aires. No le ocultó lo ocurrido ese día que lo fue a visitar a la concentración. El había escuchado la conversación, y se escapó para ir a buscarla. No soportaba verla tan mal, ella no se lo merecía. Fueron a tomar algo para charlar. Intentaba consolarla en su momento de desolación. Ella solo quería tomar para olvidar el momento de mierda, y no pensar en lo estúpida que fue durante todo aquel tiempo. Gustavo la acompañó con los tragos, y terminaron en la cama de su departamento. Amanecieron juntos, y hablaron varias horas durante el desayuno. Ella necesitaba alguien que dejara todo ese ambiente horrible del fútbol. Alguien normal que solo quisiera estar con ella. Sin delirios de grandeza ni anhelos de fama. “Disculpá que te lo diga yo, pero ella no se animaba a confesártelo. Estamos saliendo hace un tiempo, y la verdad estoy enamorado. Perdoname Cristian”

 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Cuento: "Central disco" (2013)

  


Hará cosa de dos años, me encontraba en el Mercado Central, un domingo, con la intención de comprar algo de ropa y algunos regalos para mis viejos. El jugoso choripán goteaba grasa por entre los panes, lo cual me obligaba a adoptar una extraña pose al momento de comerlo, sentado de piernas abiertas y con los brazos y boca alejados lo más posible del torso; cuando noté una música pegadiza que se oía a lo lejos. La melodía había pasado desapercibida hasta el momento, entre el bullicio de gente, autos, ruidos de la cercana autopista y gritos de los vendedores de  verdura anunciando ofertas. Creo que era “Will be together again” de Rick Astley, el pegadizo tema de los ochenta, al toque enganchado con otro hit. 

Habré estado media hora escuchando, éxito tras éxito. Eran temas bien bolicheros con mucha onda, demasiada para el lugar. Terminé mi improvisado almuerzo y di unas vueltas por el paseo de compras. Dos camisas, unos jeans, algo de verdura y dos collares para mi perrito, al salir volví a oír la música que continuaba imponiéndose por sobre el ruido. Me llamó la atención, decidí buscar el origen de los sonidos. Caminé siguiendo la canción, iba guiado por la hipnótica armonía. Allí a lo lejos finalmente lo vi, una  carpita tipo sombrilla en medio del estacionamiento, un par de bafles, y un mueblecito con los discos, eso era todo. Al acercarme pude apreciar con claridad cómo ocurría la encantamiento, era como ver a un mago explicando sus trucos. Permanecí absorto observándolo durante varios minutos, pero estaba tan enchufado que ni cuenta se dio de mi presencia. Era medio petiso, y su prolongada frente brillaba con el sol del ocaso que se escondía por detrás de la autopista. Una camisa a cuadros azules no le disimulaba para nada la creciente panza de cuarentón. Los C.D´s emitían destellos multicolores que se reflejaban en sus gruesos anteojos de aumento. El tipo tenía una compactera doble y dos bandejas de vinilos, con un montón de perillas y botones. Con los auriculares puestos, y con la coordinación manual de un maestro de orquesta sacaba un disco tras otro, cambiaba de tema y sacaba el anterior de la otra bandeja, enganchaba los temas, seguía los ritmos, la verdad que era un grosso el hombre. Lo saludé, y mientras se disponía a meter un tema de los Pet Shop Boys, charlamos un rato.

Tenía guardados en su cabeza el tempo y los compases de los miles y miles de temas en su haber, era necesario éste conocimiento para ir decidiendo sobre la marcha cuales ir enganchando. Aseguró no preparar previamente una lista de canciones sino que se dejaba llevar por su público. Él decía que para ser buen D.J. hay que sentir el feedback, la respuesta de los oyentes.

Su sueño era ser propietario de un boliche, había trabajado en los ochentas en varias míticas “boîtes” como les decíamos antes, pero la vida lo llevó por otros caminos. Se casó, tuvo tres pibes y necesitaba algún laburo más estable, trabajó varios años de remisero, luego de empleado supermercadista, y por último en un quiosco. Ahora que los niños eran ya mayores podía volver a lo suyo, a su verdadera profesión. Me daba lástima, el tipo hubiera dado lo que fuera por volver a la noche, juro que ése tipo me dejó marcado, no sé por qué, supongo que es el sueño de todos ser D.J., que todos te sigan, que bailen lo que vos le ponés, ser como un dios… y lo peor debe ser haberlo logrado y luego perderlo.

-Mirá, tengo un amigo que está por abrir un boliche para mayores de treinta, todo música de los ochenta y setenta, y anda buscando gente con experiencia. Hablá con él, capaz puede conseguirte algo.- Le di el número de Javier, un amigo que se iniciaba en el rubro.

Pasaron unos meses y al no tener noticia de ninguno de los dos, me dirigí nuevamente al Mercado Central a ver si me lo encontraba. Fuimos en auto con mi señora y mi hijo, pagamos al trapito por un lugar en la escasa sombra del lugar, y estacioné junto a una cupé Taunus modelo ’84. Estaba como nueva, resplandeciente, roja con franjas negras a lo largo del capot y el techo. Apenas bajar percibimos dos cosas, el hedor a queso podrido de los chipás, y un tema de Génesis a todo volumen. Phil Collins gritaba casi tan fuerte como la paraguaya de las tortillas. Mi familia se fue a comprar provisiones alimenticias, mientras yo fui en busca del musicalizador.

El puesto se encontraba en el mismo lugar, y el mismo vendedor seguía en él. Nunca supe su nombre, o tal vez me lo dijo y no lo recuerdo, pero lo cierto es que su fisonomía había cambiado bastante. Anteojos negros, una remera estridentemente amarilla con el logo de M.P.3 tachado en naranja, una colita de caballo a pesar de la pelada frontal, collares luminosos y grandes anillos dorados.-Éste tema va para el vendedor de zapatillas. ¡Vamos arriba!-. Bailaba, agitaba los brazos y cantaba, estaba como rejuvenecido en ánimo. El puesto también se veía diferente, si es que todavía se lo podía seguir llamando así. Bolas de espejos, sillones de pana roja, luces estroboscópicas, rayos laser, incluso se había asociado con un tipo que vendía gaseosas y jugos para que instalara una barra allí. Lo saludé con una seña y me acerqué, bajó apenas la música y salió de la renovada cabina de Disk Jockey.

-Hey loco. ¿Qué onda? ¿En qué te puedo ayudar chabón?- por la terminología utilizada se hacía el pendejo parecía. Le recordé que era yo quien le había pasado el número de mi amigo Javier,  le pregunté si habían hablado y cómo les había ido.

-Sí, Estamos haciendo algo en su boliche. ¡Fines de semana a pleno chabón! Igual me lo tomo como un hobbie nomas che, un pasatiempo. Voy paso música y chau- Mientras hablábamos bailoteaba como un boludo. -Mi verdadero público está acá. Fijate que ya ni vendo C.D.´s siquiera. ¡Sólo transmito buenas ondas sonoras loco!-Parecía un pelotudo cuando hablaba, pero tenía razón, ni un solo disco podía verse a la venta allí.

-El público de una discoteque es muy ingrato, hace de que cuenta que no existís. Les da lo mismo si estás vos o cualquier otro gil, están todos en la suya, encarando o mirando minitas, re mamados, y pongas la música que pongas bailan siempre igual. Acá en cambio temes una respuesta instantánea, una vibra inmediata, y por sobre todas las cosas auténtica, acá no te la “caretean”. - En ese preciso momento una camioneta Ford F100 azul metalizada pasa por delante de nosotros, toca bocina al pasar, y la mano izquierda de un misterioso conductor asoma por la obscura ventanilla apenas abierta con el pulgar en alto, en señal de aprobación. -¿Ves lo que te digo? Mirá el pibe aquél, el de los duraznos a $4,50, fíjate cómo baila mientras despacha clientes, o aquél del puesto de choripanes cómo mueve los pies mientras está junto a la parrilla al ritmo de Stevie Wonder. ¡La gente me quiere acá macho, no los puedo abandonar! me dan afecto, me regalan cosas… ésta remera me la regaló la mujer del puesto veinticuatro, las zapatillas el muchacho de allá al fondo, puro cariño loco. Moreno (Guillermo) me quiso echar, le llegó un rumor, y no entendía cómo tengo un puesto que no vende nada, varias veces vinieron a inspeccionar si vendo droga o cosas raras, pero la gente salió a defenderme loco, mi verdadero público.- Una combi justo pasó y le tocó bocina, gritándole el cuarentón conductor de poblado bigote -¡Grosso, capo!-.

- Mi deseo en la vida era abrir mi propio boliche, y acá lo cumplí, este es mi boliche.-

Nos despedimos cordialmente con la promesa de volver a vernos, aunque estoy convencido de que me olvidó en ése mismo instante. Me fui caminando a buscar a mi señora e hijo, tomándome el tiempo para pensar. Hay que buscarle la vuelta a las ambiciones, quizás se cumplan de la manera en que menos lo esperamos, o tal vez recién una vez plasmadas podemos conocer  nuestra verdadera pasión. Aquí podemos conseguir casi cualquier cosa, lo que imaginemos, quizás hasta podamos hacer realidad nuestros sueños, pero tengamos en cuenta que todo lo que aquí se consigue es trucho, incluso ésos sueños. En el Mercado Central, donde todo es posible.

viernes, 4 de septiembre de 2020

Cuento: "Palabras cruzadas" (2013)



Crecencio era sin duda el tipo más inteligente y experimentado de toda la Redacción del popular diario de tirada nacional en el cual trabajaba. Hacía cerca de treinta años que trabajaba allí, aprendió el oficio de quien antes ocupó su lugar, y lo defendía con uñas y dientes. Su oficina estaba en el subsuelo del edificio, un signo inequívoco de que la redacción no le daba demasiada importancia al crucigrama diario. En varias oportunidades intentaron quitarlo directamente, y utilizar ése espacio para “frases de renovación espiritual” como le llamaron los jefes de marketing, pero Crecencio opuso tan enfáticamente que los jefes lo mantuvieron en su cargo. Después de todo costaba muy poco, el sueldo era el mínimo desde hacía veintiocho años. -En cuanto se enferme o falte un par de días lo sacamos a la mierda- expresó un alto directivo en varias oportunidades, pero lo cierto era que Crecencio nunca faltaba, mitad por amor al trabajo, y  mitad por no tener otra cosa que hacer. Era un tipo introvertido, silencioso, soltero y, desde que falleció su madre, solitario también, un verdadero pelotudo. Pelado, de gruesos y antiguos anteojos verdosos, vestía invariablemente un arrugado saco y amarillenta camisa blanca. Siempre acompañado de un andrajoso portafolios marrón de cuero, éste cincuentón, petiso y encorvado, hacía las delicias de los burlones compañeros de trabajo, quienes lo apodaban “El Topo”.
-Crescencio es muy inteligente- solía decir su madre- En el colegio siempre sacaba diez, por eso los compañeritos le pegaban, le tenían envidia. Ahora trabaja el en diario, y es una persona muy importante, encargado de sección.- La vieja estaba orgullosa de su hijo, y perdía ocasión de enrostráselo a las demás veteranas del barrio.
Crecencio utilizaba el método tradicional para la confección de crucigramas, nada de computadoras con programas que lo hacen automáticamente ni descargas de Internet, tomaba una cuadrícula en blanco y la iba llenando. Era impresionante lo amplio de su vocabulario, durante tantos años en ese trabajo había desarrollado una capacidad increíble para las palabras, además de una inteligencia fuera de lo normal. Tenía en su mente los significados de cada palabra, la cantidad de letras y la ortografía perfecta. Su único compañero de trabajo era un antiguo y manoseado diccionario, con el lomo ajado y las páginas amarillentas, era el único implemento que habían accedido a comprarle los miserables dueños de la compañía. Los diccionarios eran su pasión oculta, se perdía horas enteras navegando por las librerías de la calle Corrientes, muchas de libros usados, buscando ediciones antiguas. Su otra atracción era el ajedrez, jugaba desde los ocho años años cuando salió campeón infantil, todos los sábados y domingos por la tarde se acercaba hasta Parque Rivadavia, donde jugaba con los viejos del barrio en las mesas con tablero de la plaza, y de paso examinaba los puestos de libros usados en busca de algún que otro  libro. Pero la verdadera pasión era su trabajo, muchas veces pasaba horas y horas en busca de una palabra que combinara con las demás casillas, una particular palabra que cerrara y completara la danza de letras que era un crucigrama, en la que todo encajaba a la perfección. Entraba a trabajar a las ocho de la mañana, pero el trabajo continuaba en su casa la mayoría de las veces. Hasta altas horas de la noche buscaba en diccionarios y enciclopedias la palabra justa, que cerrara el círculo perfecto de casillas cuadriculadas. Su trabajo realmente era un arte, al menos de la manera en que él lo realizaba, a la vieja usanza y manualmente, un arte muy menospreciado y raramente percibido. A decir verdad, nadie le daba bola al crucigrama, quizá el de la revista dominical recibía un poco más de atención, pero el que salía todos los días en la anteúltima página del diario no era tenido en cuenta por casi nadie. Sabía de unos viejos en Villa Urquiza que se reunían para resolverlo en la cantina de un club mientras tomaban Vermut, un cuidador nocturno de una fábrica que lo utilizaba para amenizar las horas, y la lista terminaba ahí, por eso mismo le llamó enormemente la atención la llegada de una carta a la redacción del diario a su nombre.
Era de una tal Violeta, de la ciudad de Navarro.
Estimado señor CrecencioWilhelm, el motivo de ésta carta es expresarle toda mi gratitud y agradecimiento por las horas de diversión y entretenimiento que me permiten sus crucigramas cotidianos.
Tengo treinta y dos años, vivo sola y gracias a usted tengo unos momentos de esparcimiento. No quisiera aburrirlo con mis problemas, pero tengo a mi madre internada desde hace varios años, todos los días cuando voy a visitarla compro el diario, y sus palabras cruzadas nos hacen compañía. Los resolvemos juntas, aunque ella está en coma yo le hablo y le consulto sobre cada letra. Espero sepa disculpar el medio escrito por el cual le envío la presente, no tengo computadora y no tengo mucha idea de cómo mandar un e-mail, por lo que me resultó más fácil hacerlo a mano. (Lo cierto era que Crecencio tampoco contaba con una computadora, ni en el trabajo ni en su departamento, no le encontraba utilidad)
Soy una gran admiradora de su sección, y no hay día que no me pierda entre sus casillas vacías o tropiece con alguna de sus negras.
Desde ya muchas gracias y disculpe las molestias.
Violeta.
Escrita a mano, en una hermosa letra cursiva, delicada y precisa, como de maestra de escuela, la carta significó mucho más que eso para ambos. Para Crecencio fue un nuevo impulso en su trabajo, y la reafirmación de que su trabajo le hace bien a alguien aparte de a sí mismo. Para Violeta fue en parte una liberación, hacía años que hacía algo para ella y no para su madre. Su madre había tenido un accidente cerebro vascular (A.C.V.) hace cerca de veinte años, y desde entonces estaba en coma, Violeta tenía diecisiete en ese entonces, y hasta el día de hoy ha vivido pendiente de su madre. Nunca salió a bailar, nunca tuvo novio, y en todos ésos años no hizo otra cosa que pensar en su pobre y santa madre. Era una chica muy bonita, pero muy achacada por la vida. Vestida con lo más cómodo solamente, alpargatas, pantalones bolsudos, algún sweater, calzones de vieja, ni hablar de maquillarse, apenas si conocía el lápiz de labios, que una vez al año se ponía, para el cumpleaños de la vieja. Llevaba el pelo siempre atado, lacio y bastante largo, sin ocultar en lo más mínimo sus numerosas canas, caminaba media encorvada, tal vez por el mismo peso de los problemas que cargaba. Vivía sola en la casa que antes supo compartir con su madre, alcanzaba a pagar los impuestos limpiando la casa de un par de vecinas conchetas.
Crecencio le devolvió la atención, y por medio de otra carta manuscrita, contestó y agradeció efusivamente haberse tomado la molestia de escribirle. Le dio palabras de aliento en su situación personal y brevemente le comentó de su miserable existencia, intentando que no sonara tan horrible como en verdad era. Los intercambios epistolares continuaron por varios meses, como se hizo por cientos de años: esas dos personas esperaban cada una la respuesta de la otra, que podía tardar entre un par de días y un mes, dependiendo de la benevolencia del cartero. Sus vidas eran la una para la otra, y ambas podrían haber sido acopladas encajando perfectamente. Se enamoraron, las palabras de cada una alegraban la vida del otro, estas dos personas a la distancia supieron reconfortar y dar sentido a la vida del otro.
Pasaron un par de años, hasta que finalmente un diciembre de 2006 Crescencio le envió siempre por correo un crucigrama personalizado, en el que todas las palabras eran elogios, piropos y adjetivos benevolentes. Violeta lo resolvió junto con su madre, al momento que le comunicaba sobre su enamoramiento epistolar. La carta, al final, recitaba una simple pero concisa invitación. “La amo. Vivamos juntos.”
La respuesta de Violeta fue por medio de una escueta y concisa carta, que sólo rezaba lo siguiente.
Acepto. Me ha hecho usted una mujer feliz por primera vez en la vida, pero debo advertirle que no puedo abandonar a mi madre. Se encuentra muy enferma de una mal terminal y debo cuidar de ella hasta sus últimos días. Cuento con espacio de sobra en mi casa, si gusta podemos aquí, en la hermosa ciudad de Navarro, afianzar nuestro nido de amor.
Completamente suya.
Violeta
Crecencio renunció al diario, cuyo espacio fue reemplazado por la nueva sección “Efemérides” donde un estudiante de periodismo en pasantía ad honorem buscaba en Internet y copiaba “Cosas que ocurrieron en un día como hoy”, puso a la venta su casa en Floresta, que supo ser de su familia, y se mudó para Navarro.
Al llegar, Violeta lo estaba esperando en la parada del colectivo, él llevaba dos bolsos solamente, exclusivamente su ropa y su diccionario, no necesitaría de nada más. Mientras descendía los escalones del micro, Crecencio pudo ver por primera vez el rostro de la extraña joven, tenía el cutis por demás pálido, por lo  que sus enormes ojos negros resaltaban por demás. Sus labios eran carnosos y gruesos parecían flotar en ése nebuloso rostro. Era una mañana clara y fresca, hacía frío pero el sol se las arreglaba para calentar al menos los rostros de los enamorados. El trayecto hasta su casa fue por demás incómodo, y ninguno de los dos emitió palabra. Se miraban de reojo mientras caminaban, pero ninguno se atrevió a expresar sonido. Cuando pudo la miró de cuerpo entero, quizás era demasiado flaca, pero exceptuando una postura corporal incorrecta, no había nada que le quitara la belleza innata. Llegaron a la casa, era pintoresca, pequeña y vieja, pero cuidada, se notaba la mano de una mujer dedicada en ella. Dejaron el bolso junto a la puerta, cerraron, y se arremolinaron en una tormenta de pasión. Besos desenfrenados, dejaron sus ropas desparramadas en el trayecto hacia la habitación, y se amaron por horas, hasta que anocheció y el sueño se apoderó de ellos. Durmieron toda la noche, exhaustos por las tareas amatorias de la víspera.
Al despertar, una nota sobre la mesa de luz le explico que su acompañante, y desde ése momento su concubina, había partido al hospital a visitar a su madre. “Le dejé el desayuno en la cocina amor mío”, finalizaba la nota. Crecencio se levantó, y desayuno con una imborrable sonrisa, no podía creer su propia felicidad, la cual no había experimentado jamás en su vida. Hacía años que no tenía sexo y, por lo que recordaba, el de esa noche había sido algo espectacular. Había hecho el amor por horas, con una mujer que además de ser virgen, era veinte años menor que él. Comió las tostadas con manteca, y bebió el café con leche. Salió a conocer la ciudad y a buscar trabajo, en el periódico local lo contrataron al instante, con su experiencia en el más importante diario nacional no le fue difícil. Su tarea, aparte de la del crucigrama que explícitamente pidió, era la de una editorial semanal de mil palabras, no era su campo, pero tampoco nada demasiado complicado. El sueldo no era espectacular pero bastaría para una modesta jubilación.
Regresó feliz a su casa, mirando las copas de los árboles, oyendo el canto de los pájaros, y respirando aire puro, todas esas cosas imposibles de lograr en la capital federal, con la satisfacción de una tarea bien realizada, ése nuevo empleo significaba el comienzo de una vida nueva y mejor. Al ingresar a su nueva morada, se encontró con Violeta, su amada futura esposa, sentada en la mesa del comedor, con los ojos enrojecidos por haber llorado. No alcanzó Crecencio a cerrar la puerta que la joven se arrojó a sus brazos, él esperaba una romántica bienvenida, pero recibió insultos, golpes y cachetadas que hicieron volar sus anteojos hasta debajo de un aparador.
-¡Estúpido, hijo de puta, desgraciado!- Violeta estaba encolerizada, se abalanzó sobre él con furia desmedida. Le rasguñó la cara en la mejilla derecha, e intentó tirar de su pelo.
- Pero mi amor… ¿Qué pasa, porqué estás así? Quería contarte que conseguí trabajo, en el periódico local.-
-Mamá murió, ayer, mientras nosotros estábamos haciendo esas cosas en la pieza, esas cosas chanchas, ella me esperó y yo no aparecí. Tal vez pensó que me había pasado, quizá se sintió abandonada, o tal vez simplemente le había llegado su hora, pero yo a ésa hora debí estar allí. ¿No entiende? Se fue exactamente a la hora en la que yo voy todos los días. Cuando fui hoy me estaban esperando las enfermeras, querían que la viera antes de moverla. Tenía el diario en sus manos, en la anteúltima página, en la cual sus crucigramas fueron reemplazados por unas miserables efemérides. Fue culpa mía en realidad, no suya, culpa mía por haberme enamorado de un idiota como usted, si jamás nos hubiéramos conocido, mamita estaría todavía conmigo. En el diario que la vieja tenía en sus manos, alcanzó a escribir en uno de los márgenes con lapicera “Me dejaste sin palabras cruzadas”. Váyase, no quiero verlo nunca más.- De un empujón lo sacó fuera de su casa, y le cerró la puerta en la cara.
Crecencio supo en ése preciso momento que su vida había terminado. Hubiera preferido no haber salido nunca de ése oscuro sótano y no haber conocido jamás el amor, porque es peor amar y perder, que jamás haber amado. El pobre viejo no sabía qué decir, se había quedado sin adjetivos, sin sinónimos, sin antónimos ni verbos. Ya no tenía apócopes, conjunciones ni adverbios, que pudieran explicar el vacío que tenía dentro, no era tristeza, no era enojo ni nostalgia, era simplemente la ausencia de vida en su interior.
Esa noche no durmió, la pasó en un bar tomando ginebra. A la mañana siguiente fue a ver a Violeta, con la esperanza de que ya se hubieran calmado las aguas. Cuando ella abrió la puerta el alma de Crescencio se llenó de esperanzas, las cuales desaparecieron al ver que solamente lo hizo para sacar los bolsos que aún permanecían intactos desde el momento en que llegó. Caminó hasta la terminal de ómnibus, y compró el primer boleto a la capital. Mientras esperaba el colectivo sentado en un banco público, revisó sus maletas en busca de su único afecto incondicional, el único que jamás lo había abandonado. No era como su madre que falleció cuando él era niño, ni como su padre que huyó con otra mujer, ni como el perro de su infancia desaparecido un año nuevo, su amado diccionario era fiel. No estaba. Revisó el otro bolso, tampoco. Los abrió y vació su contenido íntegro en el piso, buscó desenfrenadamente desparramando ropa por doquier. No estaba el diccionario. Su único compañero inseparable había dejado de serlo. Con la vista perdida en la única y diminuta nube del cielo, caminó hasta la playa de estacionamiento, y mientras llegaba un enorme micro de dos pisos, se arrojó a su paso, mientras susurraba para sí mismo:
-Que crueles las mujeres, que con el sólo encanto de su belleza pueden dejarnos sin palabras, pero que inevitablemente con el correr del tiempo nos quitan la decisión, la última palabra.-

jueves, 7 de mayo de 2020

Cuento: "Un amor francés" (2013)



Un amor francés


Allí estaba, paradito en la puerta de una heladería, de lo más canchero y con un aire desfachatado. Estaba medio hecho mierda, pero por los años que tendría a juzgar por su aspecto, bastante bien se mantenía. Ya no era un pibe, cerca de cincuenta años tendría, pero sabía mantener algunos vestigios de jovialidad y rebeldía que lo caracterizaban de joven, irreverencia tal vez sería la palabra. Fernanda caminaba con su marido y su hija luego de un largo y placentero día de playa cuando sus miradas cargadas de electricidad se cruzaron. Fue amor a primera vista, a segunda vista en realidad, ya se había enamorado de uno exactamente igual en su época adolescente, sola que su anterior amor no era colorado. Iba cruzando la calle, pero quedó petrificada en medio del proceso, no podía creer lo que veía, recién cuando una furiosa bocina de un colectivo la sobresaltó pudo volver en sí y llegar hasta el otro lado del camino.

Su ojo derecho estaba un poco caído, tal vez fruto de algún leve golpe, pero demás parecía encontrarse en medianamente buenas condiciones, un guardabarros oxidado, una puerta podrida con varios agujeros, parrilla con varillas faltantes, todos aparentaban ser detalles menores. Pintura ni por asomo, sería difícil adivinar el color original, ya que en ese momento los colores variaban entre el ladrillo del anti oxido, gris de la impresión que dan los chapistas, y un popurrí de autopartes de carrocerías trasplantadas con diferentes tonalidades.

En cuanto a Marta no estaba mucho mejor que el Gordini, de unos cincuenta largos y bastante cascoteada, pero tal vez con bastante trabajo se podría levantar un poco. Rubio platinado artificial y una tonalidad de bronceado cercana a una zanahoria, unos ocho kilos de más (siendo generosos), y una actitud de mandona y superada que crispaba los nervios de cualquiera. Se acercó y lo estudió más en detalle, notó cómo un bidón con una manguera depositado sobre el derruido tablero cumplía las funciones de tanque de nafta. No estaba a la venta pero ella lo quería, y teniendo un padre con plata estaba acostumbrada a obtener siempre lo que deseaba. Preguntó en los negocios cercanos si alguien sabía sobre la identidad del propietario, pero no obtuvo respuestas satisfactorias. Decidió esperar junto al vehículo en cuestión mientras su marido e hija realizaban las compras en el mercadito local, no existía la opción de volverse a Lobos sin su preciado trofeo. Esas mini vacaciones en Gualeguaychú súbitamente se habían convertido en las mejores en muchísimo tiempo. Como a la media hora un viejito apareció, dejó unas bolsas en el asiento de atrás y subió al auto cuya puerta permanecía sin llave, total quién podría robarse aquella porquería. A punto de encenderlo, fue interceptado por la cincuentona señora. El titular del auto era todo un espécimen, una barba que colgaba hasta la mitad del pecho trenzada con cintas de colores, media cabeza pelada con una cola de caballo extensa pero a la vez pobre. Remera multicolor con un enorme signo de la paz y un pintoresco collar con un dije de forma de hoja de marihuana. El tipo era un hippie total, de los de antes, un loco que vivía en una granja olvidada a las afueras de la ciudad, nadie sabía cómo la había adquirido, aparentemente era de un pariente fallecido, pero él no creía en papeles ni burocracia, por lo que tanto el rodado como sus demás pertenencias permanecían anónimas. Al ser interceptado y ante la solicitud de Marta de adquirir el vehículo, el sujeto que afirmó llamarse simplemente “Unicornio” (según explicó luego, eligió ese nombre por ser el último de su especie) afirmó no creer en los bienes materiales ni en el dinero, porque oprimía los pensamientos libres o no se otra mierda dijo. -Las posesiones terrenales impiden un libre albedrío del ser humano, sometido por el capitalismo y las ataduras del hombre de traje-, pero cuando Marta le ofreció quince mil pesos, luego de pensar en toda la droga que podría comprar con ese dinero por poco no se arrodilla y le besa los pies.

Era contadora de una gran empresa internacional, por lo que ganaba muy buen dinero, mucho más que su marido, y en muchas discusiones ni ella ni su ego podían evitar echárselo en cara, ésto le permitía darse unos cuantos gustos personales, el auto era uno de ellos. Su padre, dueño de una empresa asesora de inversiones y bastante miserable cabe destacar, le había regalado un Renault Gordini usado pero en muy buenas condiciones para los quince años. Importado de Francia, con motorización Audi, caja de cuarta, exterior con pintura combinada de dos colores, y tapizados al tono, no la rudimentaria versión fabricada en Argentina. Marta quería un viaje a París, sin embargo su regalo era una “mejor inversión”. Al principio lo odió con todo su alma, casi directamente proporcional a cómo después logró amarlo. Sus amigas de la alta sociedad se pavoneaban con lujosos vehículos último modelo, pero ella cada vez más se aferraba a su lustroso e impecable autito, formaba parte de su rebeldía adolescente. Fueron muchos años de felicidad que compartieron, años de juventud y crecimiento, demasiadas irresponsabilidades, innumerables salidas con amigas, varios novios en el diminuto asiento trasero, y excesivo alcohol en las salidas de sábado por la noche. 

Fueron felices él y ella, hasta que ella se convirtió en ellos. Primero fue su único novio formal, con el cual perdió la virginidad en ése mismo auto, y prontamente el primer hijo. No estaban casados, lo cual causó una gran reprimenda y luego pelea con sus padres. En ésa época, y en ese círculo social no podía permitírsele la humillación de ser madre soltera. Cortó de la peor manera el fuerte cordón umbilical que la unía a su padre. Con sus propios ingresos cambió por un auto un poco más cómodo en dimensiones, uno familiar, aunque de familia había muy poco. El Renault 12 fue otro buen coche, fiel como ninguno, característica que encontró en su segundo auto pero no en su primer marido, un francés bastante mayor que ella, presidente de un banco ahora inexistente. Se separó al año y medio, otra deshonra para sus padres. Finalmente conoció a Claudio, su actual marido, alguien menor en edad, y en cargo dentro del estudio contable en el que ambos se desempeñaban. Al fin había encontrado alguien a quien pudiera dominar a su gusto, dirigía en el trabajo y en la casa. Hacía valer en cada discusión o disputa los años de estudio que debió soportar con una criatura a cuestas, en un tiempo en el que no había guarderías ni niñeras accesibles para la gente normal.

Lo llevó hasta su casa en una grúa alquilada en la ciudad, desde Gualeguaychú hasta Lobos, trescientos cuarenta kilómetros, cerca de dos mil pesos. El alto importe causó una gran disputa con su marido, pero como en todo altercado tuvo ella la razón con único y simple argumento, “Gano más que vos y si quiero lo compro. Punto”.

Claudio era un tipo bastante boludo en verdad. Pelado, con bastante panza y sin el más mínimo respeto propio. De joven era un muchacho tímido, simpático pero poco exitoso con las chicas. Tenía muchas amigas pero le faltaba la decisión para pasar a ser otra cosa, la misma decisión que le faltaba para hacerse valer con su esposa, pero siempre hay una gota que rebalsa el vaso. La pelea por el ridículo auto fue demasiado para él, aparentemente en el fondo y detrás de esas gruesos anteojos cuadraditos había algo de hombría. Juntó sus cosas y con muy poco encima se mudó a la casa de fin de semana que habían comprado en la laguna, o mejor dicho, que ella había comprado. Paulina, la hija adolescente de diecinueve años prefirió mudarse con el padrastro, era más permisivo y fácil de convencer, la madre era mucho más restrictiva, ya no la aguantaba, encima nunca estaba en la casa, y menos ahora con ese maldito auto, antes que estar sola prefería estar con “Clau”, como ella le decía. 

Él estaba feliz de la vida, y aunque lo niegue, secretamente estaba enamorado de ella, pero eso es otra historia.

No fue tan fácil como hubiese parecido restaurar un auto antiguo y mucho menos para una mujer solitaria, pero estaba dispuesta a lograrlo cueste lo que cueste. La primera etapa fue fácil, llevar el auto a los hermanos Álvarez, Ricardo y Roberto, mecánico y chapista respectivamente, eran hijos de un gran amigo del padre de Marta, por lo que desde hace años eran los talleristas de confianza. La cara de ambos al ver llegar el destartalado vehículo al taller, funcionando en dos cilindros y dejando una estela de humo negro tras de sí, fue por demás demostrativa. El arduo trabajo al cual iban a ser sometidos pasó inmediatamente por sus cabezas y el gesto de consternación fue inevitable. Luego de un minucioso estudio del aparato el veredicto fue unánime, no servía nada, había que empezar de cero. Junto a una enorme pila con montones de chatarra, piezas de antiguos arreglos y recortes de chapa fue estacionado el viejo francés, aguardando su momento de renacer y volver a brillar.
Al mes de su internación aproximadamente, el envejecido personaje de esta historia recibió un trasplante de corazón, había aparecido un motor en medianas condiciones, algo muy superior al estado del original. Fue encontrado gracias a los contactos de Roberto en un campo de Zapiola, detrás de un gallinero, entre los restos de un Fitito, al cual se lo habían injertado. No fue demasiado costoso, pero si lo fue su limpieza, instalación y puesta a punto. Un vendedor de autopartes local le consiguió algunos repuestos que necesitaba (en realidad necesitaba de todo), dos guardabarros delanteros y una puerta, ya no se fabrican pero los ubicó perdidos en el stock del mayorista proveedor, olvidados en el rincón de un abarrotado y enorme galpón.

Se había hecho dos promesas respecto al auto, la primera era ir a visitarlo día por medio, después de todo era lo más importante que tenía en ese momento considerando que su hija había cortado momentáneamente y por tiempo indeterminado relaciones con ella, si su marido estuviera o no le daba exactamente lo mismo. La segunda era no utilizarlo hasta que el vehículo estuviera cien por ciento refaccionado y en perfectas condiciones. El trabajo marchaba viento en popa, y Marta Ferreira pasó a ser socia y co-propietaria del estudio contable, el cartel rezaba “Martino, Kelly, Ferreira y asoc.”.Cada fin de semana y cada posibilidad de escaparse que tenía la aprovechaba para salir a buscar piezas para su viejo amor. Buscaba por Internet en páginas de compras on-line, y personalmente concurría hasta los lugares más insólitos en busca de repuestos, de esa manera conoció Misiones, Corrientes, Bahía Blanca, Puerto Madrin, y muchísimos pueblos de la provincia de Buenos Aires. Para la insignia de la parrilla debió recorrer tan solo tres mil quinientos kilómetros hasta Bariloche, fue en avión y según ella valió la pena. El Club Gordini de la ciudad de Niza le envió un catálogo completo original de la época, con todas las combinaciones de colores de tapizado y carrocería disponibles en ese entonces, para que ella pudiera dar con el que todavía conservaba en su memoria. 

Muchas personas creen inconscientemente que dar nuevamente con el símbolo de la niñez perdida (o adolescencia en este caso) puede devolverles la felicidad y las experiencias vividas en esa época tan feliz, es normal e inevitable. El problema era que Marta no lo hacía inconscientemente, sino con pleno uso de sus facultades y razonamiento. Estaba completamente convencida que en el mismo instante que lo pusiera en marcha recuperaría su juventud, su primer amor, su virginidad, su primer llanto de tristeza; sería feliz y se sentiría la persona más insignificante del mundo como todo adolescente, todo eso esperaba del pequeño auto familiar francés. Todo eso pensaba e imaginaba la pobre Marta mientras estudiaba los números de los clientes, o mientras volvía del trabajo cada día en su Mercedes Benz. Lo daría todo por volver a esa época de su vida, sin preocupaciones, sin responsabilidades.

Debió comprar dos autos más fuera de funcionamiento, abandonados, para que sirvan de donantes. De ellos extrajo la mayoría de las vaguetas y cromados, otros los compró importados, y los faltantes los mandó a fabricar. El tapicero respetó a raja tabla los esquemas asignados y los colores de cuero exactos, blanco y celeste con costuras azul oscuro, haciendo juego con el exterior, pintado en la misma combinación de colores. Los cristales los debió mandar a fabricar a medida, y los herrajes de las puertas los hizo traer desde Milán.

Fueron dos años los que tardó la restauración, durante los cuales concurría religiosamente al taller a chequear el estado de su amado. Ése día, un doce de mayo, le esperaba una sorpresa, los hermanos Álvarez lo habían sacado, y lo tenían lustrado y listo en el frente del taller, parecía recién salido de la línea de producción de Renault, brillaba al sol la lustrosa y magnifica pintura, los cromados encandilaban y las tazas de las ruedas resplandecían. Al verlo allí estacionado y magnífico, Marta estalló en llanto, a lágrimas vivas abrazó los mecánicos se abalanzó inmediatamente hacia el auto, sacó de dentro de la cartera un rosario de madera que pertenecía a su abuela y lo colgó del espejo retrovisor, ella misma se lo había regalado para que lo colgara en el auto original el día que su padre se lo compró. Finalmente luego de tanto tiempo, de tanta espera y ansiedad llegó el momento mágico de ponerlo en marcha. Marta esperaba que ese autito fuera realmente mágico, que al encenderlo estallara en destellos de colores y estrellas, como en las películas, que ella retomara al instante la juventud y la inocencia. Podrá imaginarse el lector cual fue el tamaño de su desilusión al notar que nada ocurrió al girar la llave. El motor se puso en marcha silenciosamente ante la orgullosa mirada del dúo mecanico, ronroneaba como un gatito bebe, parecía cero kilómetro. La cara de culo que tenía Marta era indescifrable para los Álvarez, habían hecho su mejor esfuerzo y había quedado una pinturita. Ella estaba algo contenta en el fondo, luego de tanto arduo trabajo y tanto tiempo invertido el Gordini estaba hermoso, pero no le había devuelto su adolescencia.
Lo que Marta tardó en descifrar, es que el auto era realmente mágico, solo que requería algo de tiempo para cumplir los deseos, efectivamente al final los hizo realidad de cierto modo.

Marta finalmente pudo conocer a su verdadero amor, libre de tantas cargas, estereotipos y preconceptos, a los cincuenta años pudo enamorarse de verdad. Luego de frecuentar tan asiduamente el taller se enganchó con Roberto el mecánico, la misma noche del re estreno del auto fue también el re estreno del asiento trasero, con él perdió lo poco de virginidad que le quedaba. La felicidad volvía a tocar su puerta, y podía darse a sí misma el regalo de la paz interior. Pensando en todas esas boludeces ella misma no pudo evitar compararse con aquél hippie que le había vendido el auto, ahora compartían la libertad. Libertad en todo sentido, incluso en el aspecto económico, ya que tanto pensar en pavadas los números de los clientes le daban para la mierda y la rajaron del laburo,

La juventud finalmente volvió a apoderarse de Marta. El tallerista luego de unos meses la dejó por una mina más joven, una “pendeja trola”, según decía ella.

Porque, qué otra cosa es ser adolescente que llorar noches enteras por amor, sentirse la persona más insignificante del mundo, estar desocupado, sentirse solo y no saber qué hacer de la vida. Todo eso gracias a ese pequeño, celeste y mágico auto francés.

jueves, 6 de junio de 2019

Cuento: "El fumar daña al corazón"




Las calles estaban completamente desiertas, y solo podía oírse el dulce canto de los pájaros. La paz y el silencio regocijaban el alma. El cielo despejado y una leve brisa apenas fresca componían una mañana ideal. Hacía tiempo que Sergio había abandonado el cigarrillo, pero de todas maneras creyó que sería el momento perfecto para encender uno. Afortunadamente era primero de enero, por lo que no habría un quiosco abierto en varias horas. Se dirigió al parque municipal, con la intención de relajarse un poco y no pensar, despejar la mente. Era el primer año nuevo que pasaba solo desde el fallecimiento de su esposa, y la época de festividades lo tenía mal. Hacía seis meses que su compañera ya no estaba, y no podía dejar de pensar en ella.
Luego de deambular un rato, se sentó sobre el tronco de un gran eucalipto caído. Por varios minutos se limitó a contemplar el cielo completamente celeste, que se dejaba entrever por entre las ramas de los frondosos y gigante árboles. Suspiró sonoramente con una profunda exhalación, y no pudo evitar que las lágrimas brotaran. Lanzó un gritó desgarrador con todas sus fuerzas, que casi lo dejó afónico. Gritó desde lo más profundo de su ser, liberando de cierto modo su cabeza de los tormentos de la memoria. Maldijo a viva voz a todos los santos, insultó a Dios, a la virgen y sobre todo al amor. Solo deseaba morir. Pasó varias horas atormentando su cerebro con recuerdos de su amada esposa perdida, hasta que cerca del mediodía volvió a su solitaria y silenciosa vivienda.
Tenía los ojos enrojecidos de llorar, y el pelo enmarañado. Sentado en una enclenque y sonora silla de madera, tomaba ginebra Bols del pico. Observaba la deprimente habitación, en completo silencio. Las paredes manchadas de humedad, parecían el gigantesco mapa de un conglomerado de islas del pacífico. La escasa luz que ingresaba por la pequeña ventana, filtrada por los mugrosos vidrios, prolongaba tétricas sombras sobre la cama. Contempló, sobre el apelmazado colchón de dos plazas, la desgastada y manchada sábana. Analizó si ésta sería conveniente para sus planes de ahorcarse, pero luego prefirió reemplazarla por el alargue del cable de la cortadora de césped. Apuró los últimos tragos y, tambaleante, fue a buscar la extensión eléctrica. Hizo los nudos correspondientes, y se subió a la destartalada mesa. Crujió y se sacudió, pero soportó el peso. Sergio, a pesar de su embriaguez, se dispuso para atar el improvisado lazo al reseco tirante de pino. Se quemó los dedos con la desnuda chapa caliente del techo, pero se las arregló para preparar todo. Estaba a punto de enroscar el cable a su cuello, cuando escuchó una voz. Se quedó quieto un momento, pensando que era su imaginación. Luego de un breve silencio retomó su tarea, pero volvió a oírla. “No seas pelotudo, no hagas ninguna cagada” decía. Se dio vuelta y ahí la vio. Recostada placidamente sobre la cama estaba su adorada y dulce esposa.
A tal punto fue el cagazo y la sorpresa de Sergio, que tropezó y cayó de la mesa, rompiéndola en pedacitos. La voz espectral de su esposa volvió a escuchase “¡Siempre el mismo nabo! Ahora vas a tener que ocuparte de comprar una mesa nueva, porque esa no sirve ni para prender el asado”.
“Pero eso es lo de menos Azul de mi vida, lo importante es que estás acá. ¡No sabes lo que te extrañé, lo que sufrí, lo solo que estuve sin vos!” Sergio se acercó tambaleante, mezcla del pedo, del golpe y de la sorpresa, hasta el borde de la cama. Abrió los brazos y se arrojó sobre su amada. Tardó un par de segundos en darse cuenta que no había nadie a quien tocar, y que estaba besando a una almohada.
“Soy un fantasma Sergio” dijo la mujer con un demostrativo tono de hartazgo. “¡Siempre mamado vos! Pensé que habías cambiado un poco en este tiempo”.
Luego de pasada la sorpresa, se calmaron los ánimos y ella lo puso al tanto de la situación. Le dijo que no solo había vuelto a este mundo para estar con él, sino también para cambiarlo y encarrilarlo. “No quiero que arruines tu vida, Viejo”. Le señaló que él era demasiado tiro al aire, larva, borracho y haragán. Afortunadamente ella estaba aquí para cambiar todo eso. “Te voy a enderezar y te voy a hacer un hombre nuevo. Cuando finalmente lo logre, podré irme definitivamente con la seguridad de que vas a estar bien.”. Le explicó que solo él podía verla y oírla. Remarcó que no podría ascender al más allá hasta que su misión estuviera cumplida. Lamentablemente solo podría materializarse dentro del domicilio, porque ese era el lugar en el cual ocurrió el desagradable incidente de su fallecimiento.

Fue un día gris de Julio, Azul había preparado todo para darse una buena ducha caliente. Hacía un frío terrible, y como no contaban con el servicio de gas domiciliario, debió encender el calentador “Bram- Metal” a Kerosene, y  llevarlo al baño para calentarlo mínimamente. Subida sobre una banqueta, llenó con un balde el calefón eléctrico que colgaba de un viejo clavo en la pared. El salón de baño era increíblemente pequeño, a tal punto que la puerta apenas tenía lugar para abrirse sin golpear con los sanitarios. Las paredes estaban descascaradas y manchadas por la humedad. La habitación apenas se iluminaba, gracias a un diminuto y oxidado ventiluz. El vidrio ampollado le confería una extraña textura a la claridad que ingresaba del exterior, casi como pastosa. El techo, sin cielo raso, consistía solo en una vieja chapa de zinc, y tirantes de una  madera mohosa. Un foco de veinticinco watts colgaba solitario en el centro del cuarto, rodeado de telarañas. La cuarentona mujer, se desvistió mientras se calentaba el agua. Tomó ropa interior limpia al azar, y se fue a bañar. Llevaba ropa al baño para poder cambiarse allí, y aprovechar la calefacción otorgada por el calentador.
Se enjabonó y enjuagó rápida y dificultosamente. La tarea se dificultaba debido al breve y escaso chorro de agua, pero ya estaba acostumbrada. No tenían agua corriente, y hacía años que se abastecían con una bomba manual que había en el patio. Se secó primero el pelo lacio y extenso, que le llegaba hasta de la cintura. A pesar de la edad siempre tuvo el pelo negro y bien oscuro, sin necesidad de teñirse. Luego continuó por secar el cuerpo. Se mantenía bastante bien, considerando el escaso cuidado que le prestaba al aspecto físico. Jamás utilizó cremas, lociones o perfumes. Tenía la tez un tanto oscura, mitad por la herencia, y mitad por una vida de trabajo duro al aire libre. Trabajaba desde pequeña cosechando verduras en una quinta cercana, la cual pertenecía a unos ancianos portugueses.
Se puso el corpiño, y se ató la toalla tipo turbante. Pasó la bombacha por la pierna derecha, y cuando iba a hacer lo mismo con la izquierda se patinó. Cayó estrepitosamente, dando con la cabeza en el inodoro. Murió al instante.
Sergio la encontró a la noche, cuando volvía de trabajar en el negocio. Desnuda, con la ropa interior a medio poner,  y en medio de un gran charco de sangre. El retrete se había roto, y el agua brotaba en dirección a la habitación. La casa entera estaba inundada, con excepción de la mínima porción que ocupaba el inerte cuerpo. El agua parecía evitar ese punto. Parecía no querer borrar el último vestigio de la vida de Azul. Llamó a la ambulancia, la cual tardó cerca de media hora en llegar. Para ese momento, él ya estaba convencido de que no había chances. Fumó su último cigarrillo sentado en el umbral de la puerta, mientras esperaba a los médicos. Nunca olvidará ese momento.

El primer tiempo desde el reencuentro fue fabuloso. Pasaban casi todo el día juntos. Se mimaban, y se decían cosas dulces todo el tiempo. Siempre recordaban momentos románticos de su relación. Aquellas vacaciones en Mar de las Pampas, las primeras citas, y cuando iban al parque de diversiones que anualmente visitaba el pueblo. Hablaban, y conversaban románticamente. Se entendían mejor que cuando ella estaba viva.
Pasó aproximadamente un mes, y Sergio debió dedicarle más tiempo a su trabajo. Era la época de temporada alta, y los clientes se multiplicaban. Había mucho turismo en la ciudad, y el puesto de helados vendía como nunca. De lunes a jueves vendía en la plaza del centro, y de viernes a domingo iba a la laguna. Generalmente llegaba tarde, y ella no dudaba en recriminárselo. “¡Mirá la hora que es! ¿Te parecen horas de venir? Vos tomate tu tiempo...total la estúpida te espera hasta las tres de la mañana. Esto no es un hotel”. Le decía a los gritos, parada frente a la puerta de entrada, con los brazos en jarra.
Poco a poco la cosa fue volviendo a la normalidad. Pasado el primer tiempo de alegría por el reencuentro, los dos retomaron su antigua y verdadera personalidad. Ella dejó de ser dulce y comprensiva, para volver a ser rezongona, pesada, insoportable y gritona como en su época física. Él por su parte, dejó de ser cálido, cariñoso y bondadoso, para volverse áspero, tosco y violento. Azul vivía gritándole todo el tiempo, y él no la aguantaba. Para colmo ahora no podía pegarle una cachetada para que dejara de molestar, como solía hacer antes. La mujer rompía las bolas día y noche, y la única manera de no escucharla era estar borracho. Sergio retomó la bebida para poder soportar el castigo de su mujer.
“No servís para nada, sos un fracasado. Toda tu vida en pedo. ¿Cuándo vas a crecer? Sos un chiquilín, un pelotudo. Mamá tenía razón, no se para que me casé con vos. Ella siempre me dijo que no me juntara con un haragán como vos.” Los gritos y reproches solo agravaban la situación. Él quería escaparse cada vez más, no quería volver a su casa ni en broma. Siempre paraba un par de horas en un bar antes de volver a su vivienda. Periódicamente se iba al puterío del pueblo después del trabajo, y a veces pasaba días sin volver. Aparecía al tiempo, barbudo, con olor a licor, despeinado y sucio. Azul lo veía y deseaba poder golpearlo. Poder tirarle con algo al menos. Él se tapaba los oídos con algodón, y se iba a dormir. Ya ni la miraba siquiera, no podía ni  verla. Llegó incluso a pensar nuevamente en suicidarse, pero lo aterraba tener que encontrársela en el otro mundo.
Una mañana durmió hasta tarde, y se quedó un rato tirado en la cama para pensar. Se puso a recapacitar un poco y se dio cuenta de que la relación, como estaba en ese momento, no iba a funcionar. Si seguían así terminarían mal. Algo tenía que cambiar por que ambos estaban sufriendo demasiado. La llamó a su mujer desde la cama, y haciendo un gesto con la cabeza la invito a sentarse en el borde. Le pidió perdón por el maltrato, y le aseguró que todo iba a cambiar. “Te prometo amor, que de ahora en más va a ser distinto. No vas a tener que preocuparte más por mí. No voy a volver a darte motivos para que te enojes, ni te voy a hacer renegar más.” Ella se puso contenta y le devolvió una tierna sonrisa. Su marido iba finalmente a cambiar, y lo haría por ella. Intentó acariciarle el rostro, pero su mano traspasó la carne como si fuera humo. Una tierna lágrima rodó por la mejilla del fantasma. Era feliz una vez más. “¡Al fin me vas a hacer caso! Vas a dejar la bebida, y el cigarrillo. Ya no vas a ir más de putas. Vas a trabajar duro y a refaccionar la casa. Vamos a ser felices, los dos juntos por siempre.”Sergio asentía a lo que ella decía, con una extraña sonrisa en el rostro. Se levantó decidido de la cama, y tomó algo de plata. Se puso una campera de hilo sobre los hombros, y agarró las llaves de la mesa de luz. Desde la puerta, le gritó de la manera mas dulce posible al espíritu de su esposa; “Ahora vengo mi amor, voy al quiosco a comprar cigarrillos”.
Él nunca más apareció. La pobre Azul aún lo espera, sin poder salir de su casa. Sin que nadie la pueda oír. Sin que nadie la pueda ver, y sobre todo, sin que nadie la pueda amar.


Publicado en “La idea fija” de Mariano Contrera
Editorial “Cien kilómetros”.
2010