jueves, 7 de mayo de 2020

Cuento: "Un amor francés" (2013)



Un amor francés


Allí estaba, paradito en la puerta de una heladería, de lo más canchero y con un aire desfachatado. Estaba medio hecho mierda, pero por los años que tendría a juzgar por su aspecto, bastante bien se mantenía. Ya no era un pibe, cerca de cincuenta años tendría, pero sabía mantener algunos vestigios de jovialidad y rebeldía que lo caracterizaban de joven, irreverencia tal vez sería la palabra. Fernanda caminaba con su marido y su hija luego de un largo y placentero día de playa cuando sus miradas cargadas de electricidad se cruzaron. Fue amor a primera vista, a segunda vista en realidad, ya se había enamorado de uno exactamente igual en su época adolescente, sola que su anterior amor no era colorado. Iba cruzando la calle, pero quedó petrificada en medio del proceso, no podía creer lo que veía, recién cuando una furiosa bocina de un colectivo la sobresaltó pudo volver en sí y llegar hasta el otro lado del camino.

Su ojo derecho estaba un poco caído, tal vez fruto de algún leve golpe, pero demás parecía encontrarse en medianamente buenas condiciones, un guardabarros oxidado, una puerta podrida con varios agujeros, parrilla con varillas faltantes, todos aparentaban ser detalles menores. Pintura ni por asomo, sería difícil adivinar el color original, ya que en ese momento los colores variaban entre el ladrillo del anti oxido, gris de la impresión que dan los chapistas, y un popurrí de autopartes de carrocerías trasplantadas con diferentes tonalidades.

En cuanto a Marta no estaba mucho mejor que el Gordini, de unos cincuenta largos y bastante cascoteada, pero tal vez con bastante trabajo se podría levantar un poco. Rubio platinado artificial y una tonalidad de bronceado cercana a una zanahoria, unos ocho kilos de más (siendo generosos), y una actitud de mandona y superada que crispaba los nervios de cualquiera. Se acercó y lo estudió más en detalle, notó cómo un bidón con una manguera depositado sobre el derruido tablero cumplía las funciones de tanque de nafta. No estaba a la venta pero ella lo quería, y teniendo un padre con plata estaba acostumbrada a obtener siempre lo que deseaba. Preguntó en los negocios cercanos si alguien sabía sobre la identidad del propietario, pero no obtuvo respuestas satisfactorias. Decidió esperar junto al vehículo en cuestión mientras su marido e hija realizaban las compras en el mercadito local, no existía la opción de volverse a Lobos sin su preciado trofeo. Esas mini vacaciones en Gualeguaychú súbitamente se habían convertido en las mejores en muchísimo tiempo. Como a la media hora un viejito apareció, dejó unas bolsas en el asiento de atrás y subió al auto cuya puerta permanecía sin llave, total quién podría robarse aquella porquería. A punto de encenderlo, fue interceptado por la cincuentona señora. El titular del auto era todo un espécimen, una barba que colgaba hasta la mitad del pecho trenzada con cintas de colores, media cabeza pelada con una cola de caballo extensa pero a la vez pobre. Remera multicolor con un enorme signo de la paz y un pintoresco collar con un dije de forma de hoja de marihuana. El tipo era un hippie total, de los de antes, un loco que vivía en una granja olvidada a las afueras de la ciudad, nadie sabía cómo la había adquirido, aparentemente era de un pariente fallecido, pero él no creía en papeles ni burocracia, por lo que tanto el rodado como sus demás pertenencias permanecían anónimas. Al ser interceptado y ante la solicitud de Marta de adquirir el vehículo, el sujeto que afirmó llamarse simplemente “Unicornio” (según explicó luego, eligió ese nombre por ser el último de su especie) afirmó no creer en los bienes materiales ni en el dinero, porque oprimía los pensamientos libres o no se otra mierda dijo. -Las posesiones terrenales impiden un libre albedrío del ser humano, sometido por el capitalismo y las ataduras del hombre de traje-, pero cuando Marta le ofreció quince mil pesos, luego de pensar en toda la droga que podría comprar con ese dinero por poco no se arrodilla y le besa los pies.

Era contadora de una gran empresa internacional, por lo que ganaba muy buen dinero, mucho más que su marido, y en muchas discusiones ni ella ni su ego podían evitar echárselo en cara, ésto le permitía darse unos cuantos gustos personales, el auto era uno de ellos. Su padre, dueño de una empresa asesora de inversiones y bastante miserable cabe destacar, le había regalado un Renault Gordini usado pero en muy buenas condiciones para los quince años. Importado de Francia, con motorización Audi, caja de cuarta, exterior con pintura combinada de dos colores, y tapizados al tono, no la rudimentaria versión fabricada en Argentina. Marta quería un viaje a París, sin embargo su regalo era una “mejor inversión”. Al principio lo odió con todo su alma, casi directamente proporcional a cómo después logró amarlo. Sus amigas de la alta sociedad se pavoneaban con lujosos vehículos último modelo, pero ella cada vez más se aferraba a su lustroso e impecable autito, formaba parte de su rebeldía adolescente. Fueron muchos años de felicidad que compartieron, años de juventud y crecimiento, demasiadas irresponsabilidades, innumerables salidas con amigas, varios novios en el diminuto asiento trasero, y excesivo alcohol en las salidas de sábado por la noche. 

Fueron felices él y ella, hasta que ella se convirtió en ellos. Primero fue su único novio formal, con el cual perdió la virginidad en ése mismo auto, y prontamente el primer hijo. No estaban casados, lo cual causó una gran reprimenda y luego pelea con sus padres. En ésa época, y en ese círculo social no podía permitírsele la humillación de ser madre soltera. Cortó de la peor manera el fuerte cordón umbilical que la unía a su padre. Con sus propios ingresos cambió por un auto un poco más cómodo en dimensiones, uno familiar, aunque de familia había muy poco. El Renault 12 fue otro buen coche, fiel como ninguno, característica que encontró en su segundo auto pero no en su primer marido, un francés bastante mayor que ella, presidente de un banco ahora inexistente. Se separó al año y medio, otra deshonra para sus padres. Finalmente conoció a Claudio, su actual marido, alguien menor en edad, y en cargo dentro del estudio contable en el que ambos se desempeñaban. Al fin había encontrado alguien a quien pudiera dominar a su gusto, dirigía en el trabajo y en la casa. Hacía valer en cada discusión o disputa los años de estudio que debió soportar con una criatura a cuestas, en un tiempo en el que no había guarderías ni niñeras accesibles para la gente normal.

Lo llevó hasta su casa en una grúa alquilada en la ciudad, desde Gualeguaychú hasta Lobos, trescientos cuarenta kilómetros, cerca de dos mil pesos. El alto importe causó una gran disputa con su marido, pero como en todo altercado tuvo ella la razón con único y simple argumento, “Gano más que vos y si quiero lo compro. Punto”.

Claudio era un tipo bastante boludo en verdad. Pelado, con bastante panza y sin el más mínimo respeto propio. De joven era un muchacho tímido, simpático pero poco exitoso con las chicas. Tenía muchas amigas pero le faltaba la decisión para pasar a ser otra cosa, la misma decisión que le faltaba para hacerse valer con su esposa, pero siempre hay una gota que rebalsa el vaso. La pelea por el ridículo auto fue demasiado para él, aparentemente en el fondo y detrás de esas gruesos anteojos cuadraditos había algo de hombría. Juntó sus cosas y con muy poco encima se mudó a la casa de fin de semana que habían comprado en la laguna, o mejor dicho, que ella había comprado. Paulina, la hija adolescente de diecinueve años prefirió mudarse con el padrastro, era más permisivo y fácil de convencer, la madre era mucho más restrictiva, ya no la aguantaba, encima nunca estaba en la casa, y menos ahora con ese maldito auto, antes que estar sola prefería estar con “Clau”, como ella le decía. 

Él estaba feliz de la vida, y aunque lo niegue, secretamente estaba enamorado de ella, pero eso es otra historia.

No fue tan fácil como hubiese parecido restaurar un auto antiguo y mucho menos para una mujer solitaria, pero estaba dispuesta a lograrlo cueste lo que cueste. La primera etapa fue fácil, llevar el auto a los hermanos Álvarez, Ricardo y Roberto, mecánico y chapista respectivamente, eran hijos de un gran amigo del padre de Marta, por lo que desde hace años eran los talleristas de confianza. La cara de ambos al ver llegar el destartalado vehículo al taller, funcionando en dos cilindros y dejando una estela de humo negro tras de sí, fue por demás demostrativa. El arduo trabajo al cual iban a ser sometidos pasó inmediatamente por sus cabezas y el gesto de consternación fue inevitable. Luego de un minucioso estudio del aparato el veredicto fue unánime, no servía nada, había que empezar de cero. Junto a una enorme pila con montones de chatarra, piezas de antiguos arreglos y recortes de chapa fue estacionado el viejo francés, aguardando su momento de renacer y volver a brillar.
Al mes de su internación aproximadamente, el envejecido personaje de esta historia recibió un trasplante de corazón, había aparecido un motor en medianas condiciones, algo muy superior al estado del original. Fue encontrado gracias a los contactos de Roberto en un campo de Zapiola, detrás de un gallinero, entre los restos de un Fitito, al cual se lo habían injertado. No fue demasiado costoso, pero si lo fue su limpieza, instalación y puesta a punto. Un vendedor de autopartes local le consiguió algunos repuestos que necesitaba (en realidad necesitaba de todo), dos guardabarros delanteros y una puerta, ya no se fabrican pero los ubicó perdidos en el stock del mayorista proveedor, olvidados en el rincón de un abarrotado y enorme galpón.

Se había hecho dos promesas respecto al auto, la primera era ir a visitarlo día por medio, después de todo era lo más importante que tenía en ese momento considerando que su hija había cortado momentáneamente y por tiempo indeterminado relaciones con ella, si su marido estuviera o no le daba exactamente lo mismo. La segunda era no utilizarlo hasta que el vehículo estuviera cien por ciento refaccionado y en perfectas condiciones. El trabajo marchaba viento en popa, y Marta Ferreira pasó a ser socia y co-propietaria del estudio contable, el cartel rezaba “Martino, Kelly, Ferreira y asoc.”.Cada fin de semana y cada posibilidad de escaparse que tenía la aprovechaba para salir a buscar piezas para su viejo amor. Buscaba por Internet en páginas de compras on-line, y personalmente concurría hasta los lugares más insólitos en busca de repuestos, de esa manera conoció Misiones, Corrientes, Bahía Blanca, Puerto Madrin, y muchísimos pueblos de la provincia de Buenos Aires. Para la insignia de la parrilla debió recorrer tan solo tres mil quinientos kilómetros hasta Bariloche, fue en avión y según ella valió la pena. El Club Gordini de la ciudad de Niza le envió un catálogo completo original de la época, con todas las combinaciones de colores de tapizado y carrocería disponibles en ese entonces, para que ella pudiera dar con el que todavía conservaba en su memoria. 

Muchas personas creen inconscientemente que dar nuevamente con el símbolo de la niñez perdida (o adolescencia en este caso) puede devolverles la felicidad y las experiencias vividas en esa época tan feliz, es normal e inevitable. El problema era que Marta no lo hacía inconscientemente, sino con pleno uso de sus facultades y razonamiento. Estaba completamente convencida que en el mismo instante que lo pusiera en marcha recuperaría su juventud, su primer amor, su virginidad, su primer llanto de tristeza; sería feliz y se sentiría la persona más insignificante del mundo como todo adolescente, todo eso esperaba del pequeño auto familiar francés. Todo eso pensaba e imaginaba la pobre Marta mientras estudiaba los números de los clientes, o mientras volvía del trabajo cada día en su Mercedes Benz. Lo daría todo por volver a esa época de su vida, sin preocupaciones, sin responsabilidades.

Debió comprar dos autos más fuera de funcionamiento, abandonados, para que sirvan de donantes. De ellos extrajo la mayoría de las vaguetas y cromados, otros los compró importados, y los faltantes los mandó a fabricar. El tapicero respetó a raja tabla los esquemas asignados y los colores de cuero exactos, blanco y celeste con costuras azul oscuro, haciendo juego con el exterior, pintado en la misma combinación de colores. Los cristales los debió mandar a fabricar a medida, y los herrajes de las puertas los hizo traer desde Milán.

Fueron dos años los que tardó la restauración, durante los cuales concurría religiosamente al taller a chequear el estado de su amado. Ése día, un doce de mayo, le esperaba una sorpresa, los hermanos Álvarez lo habían sacado, y lo tenían lustrado y listo en el frente del taller, parecía recién salido de la línea de producción de Renault, brillaba al sol la lustrosa y magnifica pintura, los cromados encandilaban y las tazas de las ruedas resplandecían. Al verlo allí estacionado y magnífico, Marta estalló en llanto, a lágrimas vivas abrazó los mecánicos se abalanzó inmediatamente hacia el auto, sacó de dentro de la cartera un rosario de madera que pertenecía a su abuela y lo colgó del espejo retrovisor, ella misma se lo había regalado para que lo colgara en el auto original el día que su padre se lo compró. Finalmente luego de tanto tiempo, de tanta espera y ansiedad llegó el momento mágico de ponerlo en marcha. Marta esperaba que ese autito fuera realmente mágico, que al encenderlo estallara en destellos de colores y estrellas, como en las películas, que ella retomara al instante la juventud y la inocencia. Podrá imaginarse el lector cual fue el tamaño de su desilusión al notar que nada ocurrió al girar la llave. El motor se puso en marcha silenciosamente ante la orgullosa mirada del dúo mecanico, ronroneaba como un gatito bebe, parecía cero kilómetro. La cara de culo que tenía Marta era indescifrable para los Álvarez, habían hecho su mejor esfuerzo y había quedado una pinturita. Ella estaba algo contenta en el fondo, luego de tanto arduo trabajo y tanto tiempo invertido el Gordini estaba hermoso, pero no le había devuelto su adolescencia.
Lo que Marta tardó en descifrar, es que el auto era realmente mágico, solo que requería algo de tiempo para cumplir los deseos, efectivamente al final los hizo realidad de cierto modo.

Marta finalmente pudo conocer a su verdadero amor, libre de tantas cargas, estereotipos y preconceptos, a los cincuenta años pudo enamorarse de verdad. Luego de frecuentar tan asiduamente el taller se enganchó con Roberto el mecánico, la misma noche del re estreno del auto fue también el re estreno del asiento trasero, con él perdió lo poco de virginidad que le quedaba. La felicidad volvía a tocar su puerta, y podía darse a sí misma el regalo de la paz interior. Pensando en todas esas boludeces ella misma no pudo evitar compararse con aquél hippie que le había vendido el auto, ahora compartían la libertad. Libertad en todo sentido, incluso en el aspecto económico, ya que tanto pensar en pavadas los números de los clientes le daban para la mierda y la rajaron del laburo,

La juventud finalmente volvió a apoderarse de Marta. El tallerista luego de unos meses la dejó por una mina más joven, una “pendeja trola”, según decía ella.

Porque, qué otra cosa es ser adolescente que llorar noches enteras por amor, sentirse la persona más insignificante del mundo, estar desocupado, sentirse solo y no saber qué hacer de la vida. Todo eso gracias a ese pequeño, celeste y mágico auto francés.

jueves, 6 de junio de 2019

Cuento: "El fumar daña al corazón"




Las calles estaban completamente desiertas, y solo podía oírse el dulce canto de los pájaros. La paz y el silencio regocijaban el alma. El cielo despejado y una leve brisa apenas fresca componían una mañana ideal. Hacía tiempo que Sergio había abandonado el cigarrillo, pero de todas maneras creyó que sería el momento perfecto para encender uno. Afortunadamente era primero de enero, por lo que no habría un quiosco abierto en varias horas. Se dirigió al parque municipal, con la intención de relajarse un poco y no pensar, despejar la mente. Era el primer año nuevo que pasaba solo desde el fallecimiento de su esposa, y la época de festividades lo tenía mal. Hacía seis meses que su compañera ya no estaba, y no podía dejar de pensar en ella.
Luego de deambular un rato, se sentó sobre el tronco de un gran eucalipto caído. Por varios minutos se limitó a contemplar el cielo completamente celeste, que se dejaba entrever por entre las ramas de los frondosos y gigante árboles. Suspiró sonoramente con una profunda exhalación, y no pudo evitar que las lágrimas brotaran. Lanzó un gritó desgarrador con todas sus fuerzas, que casi lo dejó afónico. Gritó desde lo más profundo de su ser, liberando de cierto modo su cabeza de los tormentos de la memoria. Maldijo a viva voz a todos los santos, insultó a Dios, a la virgen y sobre todo al amor. Solo deseaba morir. Pasó varias horas atormentando su cerebro con recuerdos de su amada esposa perdida, hasta que cerca del mediodía volvió a su solitaria y silenciosa vivienda.
Tenía los ojos enrojecidos de llorar, y el pelo enmarañado. Sentado en una enclenque y sonora silla de madera, tomaba ginebra Bols del pico. Observaba la deprimente habitación, en completo silencio. Las paredes manchadas de humedad, parecían el gigantesco mapa de un conglomerado de islas del pacífico. La escasa luz que ingresaba por la pequeña ventana, filtrada por los mugrosos vidrios, prolongaba tétricas sombras sobre la cama. Contempló, sobre el apelmazado colchón de dos plazas, la desgastada y manchada sábana. Analizó si ésta sería conveniente para sus planes de ahorcarse, pero luego prefirió reemplazarla por el alargue del cable de la cortadora de césped. Apuró los últimos tragos y, tambaleante, fue a buscar la extensión eléctrica. Hizo los nudos correspondientes, y se subió a la destartalada mesa. Crujió y se sacudió, pero soportó el peso. Sergio, a pesar de su embriaguez, se dispuso para atar el improvisado lazo al reseco tirante de pino. Se quemó los dedos con la desnuda chapa caliente del techo, pero se las arregló para preparar todo. Estaba a punto de enroscar el cable a su cuello, cuando escuchó una voz. Se quedó quieto un momento, pensando que era su imaginación. Luego de un breve silencio retomó su tarea, pero volvió a oírla. “No seas pelotudo, no hagas ninguna cagada” decía. Se dio vuelta y ahí la vio. Recostada placidamente sobre la cama estaba su adorada y dulce esposa.
A tal punto fue el cagazo y la sorpresa de Sergio, que tropezó y cayó de la mesa, rompiéndola en pedacitos. La voz espectral de su esposa volvió a escuchase “¡Siempre el mismo nabo! Ahora vas a tener que ocuparte de comprar una mesa nueva, porque esa no sirve ni para prender el asado”.
“Pero eso es lo de menos Azul de mi vida, lo importante es que estás acá. ¡No sabes lo que te extrañé, lo que sufrí, lo solo que estuve sin vos!” Sergio se acercó tambaleante, mezcla del pedo, del golpe y de la sorpresa, hasta el borde de la cama. Abrió los brazos y se arrojó sobre su amada. Tardó un par de segundos en darse cuenta que no había nadie a quien tocar, y que estaba besando a una almohada.
“Soy un fantasma Sergio” dijo la mujer con un demostrativo tono de hartazgo. “¡Siempre mamado vos! Pensé que habías cambiado un poco en este tiempo”.
Luego de pasada la sorpresa, se calmaron los ánimos y ella lo puso al tanto de la situación. Le dijo que no solo había vuelto a este mundo para estar con él, sino también para cambiarlo y encarrilarlo. “No quiero que arruines tu vida, Viejo”. Le señaló que él era demasiado tiro al aire, larva, borracho y haragán. Afortunadamente ella estaba aquí para cambiar todo eso. “Te voy a enderezar y te voy a hacer un hombre nuevo. Cuando finalmente lo logre, podré irme definitivamente con la seguridad de que vas a estar bien.”. Le explicó que solo él podía verla y oírla. Remarcó que no podría ascender al más allá hasta que su misión estuviera cumplida. Lamentablemente solo podría materializarse dentro del domicilio, porque ese era el lugar en el cual ocurrió el desagradable incidente de su fallecimiento.

Fue un día gris de Julio, Azul había preparado todo para darse una buena ducha caliente. Hacía un frío terrible, y como no contaban con el servicio de gas domiciliario, debió encender el calentador “Bram- Metal” a Kerosene, y  llevarlo al baño para calentarlo mínimamente. Subida sobre una banqueta, llenó con un balde el calefón eléctrico que colgaba de un viejo clavo en la pared. El salón de baño era increíblemente pequeño, a tal punto que la puerta apenas tenía lugar para abrirse sin golpear con los sanitarios. Las paredes estaban descascaradas y manchadas por la humedad. La habitación apenas se iluminaba, gracias a un diminuto y oxidado ventiluz. El vidrio ampollado le confería una extraña textura a la claridad que ingresaba del exterior, casi como pastosa. El techo, sin cielo raso, consistía solo en una vieja chapa de zinc, y tirantes de una  madera mohosa. Un foco de veinticinco watts colgaba solitario en el centro del cuarto, rodeado de telarañas. La cuarentona mujer, se desvistió mientras se calentaba el agua. Tomó ropa interior limpia al azar, y se fue a bañar. Llevaba ropa al baño para poder cambiarse allí, y aprovechar la calefacción otorgada por el calentador.
Se enjabonó y enjuagó rápida y dificultosamente. La tarea se dificultaba debido al breve y escaso chorro de agua, pero ya estaba acostumbrada. No tenían agua corriente, y hacía años que se abastecían con una bomba manual que había en el patio. Se secó primero el pelo lacio y extenso, que le llegaba hasta de la cintura. A pesar de la edad siempre tuvo el pelo negro y bien oscuro, sin necesidad de teñirse. Luego continuó por secar el cuerpo. Se mantenía bastante bien, considerando el escaso cuidado que le prestaba al aspecto físico. Jamás utilizó cremas, lociones o perfumes. Tenía la tez un tanto oscura, mitad por la herencia, y mitad por una vida de trabajo duro al aire libre. Trabajaba desde pequeña cosechando verduras en una quinta cercana, la cual pertenecía a unos ancianos portugueses.
Se puso el corpiño, y se ató la toalla tipo turbante. Pasó la bombacha por la pierna derecha, y cuando iba a hacer lo mismo con la izquierda se patinó. Cayó estrepitosamente, dando con la cabeza en el inodoro. Murió al instante.
Sergio la encontró a la noche, cuando volvía de trabajar en el negocio. Desnuda, con la ropa interior a medio poner,  y en medio de un gran charco de sangre. El retrete se había roto, y el agua brotaba en dirección a la habitación. La casa entera estaba inundada, con excepción de la mínima porción que ocupaba el inerte cuerpo. El agua parecía evitar ese punto. Parecía no querer borrar el último vestigio de la vida de Azul. Llamó a la ambulancia, la cual tardó cerca de media hora en llegar. Para ese momento, él ya estaba convencido de que no había chances. Fumó su último cigarrillo sentado en el umbral de la puerta, mientras esperaba a los médicos. Nunca olvidará ese momento.

El primer tiempo desde el reencuentro fue fabuloso. Pasaban casi todo el día juntos. Se mimaban, y se decían cosas dulces todo el tiempo. Siempre recordaban momentos románticos de su relación. Aquellas vacaciones en Mar de las Pampas, las primeras citas, y cuando iban al parque de diversiones que anualmente visitaba el pueblo. Hablaban, y conversaban románticamente. Se entendían mejor que cuando ella estaba viva.
Pasó aproximadamente un mes, y Sergio debió dedicarle más tiempo a su trabajo. Era la época de temporada alta, y los clientes se multiplicaban. Había mucho turismo en la ciudad, y el puesto de helados vendía como nunca. De lunes a jueves vendía en la plaza del centro, y de viernes a domingo iba a la laguna. Generalmente llegaba tarde, y ella no dudaba en recriminárselo. “¡Mirá la hora que es! ¿Te parecen horas de venir? Vos tomate tu tiempo...total la estúpida te espera hasta las tres de la mañana. Esto no es un hotel”. Le decía a los gritos, parada frente a la puerta de entrada, con los brazos en jarra.
Poco a poco la cosa fue volviendo a la normalidad. Pasado el primer tiempo de alegría por el reencuentro, los dos retomaron su antigua y verdadera personalidad. Ella dejó de ser dulce y comprensiva, para volver a ser rezongona, pesada, insoportable y gritona como en su época física. Él por su parte, dejó de ser cálido, cariñoso y bondadoso, para volverse áspero, tosco y violento. Azul vivía gritándole todo el tiempo, y él no la aguantaba. Para colmo ahora no podía pegarle una cachetada para que dejara de molestar, como solía hacer antes. La mujer rompía las bolas día y noche, y la única manera de no escucharla era estar borracho. Sergio retomó la bebida para poder soportar el castigo de su mujer.
“No servís para nada, sos un fracasado. Toda tu vida en pedo. ¿Cuándo vas a crecer? Sos un chiquilín, un pelotudo. Mamá tenía razón, no se para que me casé con vos. Ella siempre me dijo que no me juntara con un haragán como vos.” Los gritos y reproches solo agravaban la situación. Él quería escaparse cada vez más, no quería volver a su casa ni en broma. Siempre paraba un par de horas en un bar antes de volver a su vivienda. Periódicamente se iba al puterío del pueblo después del trabajo, y a veces pasaba días sin volver. Aparecía al tiempo, barbudo, con olor a licor, despeinado y sucio. Azul lo veía y deseaba poder golpearlo. Poder tirarle con algo al menos. Él se tapaba los oídos con algodón, y se iba a dormir. Ya ni la miraba siquiera, no podía ni  verla. Llegó incluso a pensar nuevamente en suicidarse, pero lo aterraba tener que encontrársela en el otro mundo.
Una mañana durmió hasta tarde, y se quedó un rato tirado en la cama para pensar. Se puso a recapacitar un poco y se dio cuenta de que la relación, como estaba en ese momento, no iba a funcionar. Si seguían así terminarían mal. Algo tenía que cambiar por que ambos estaban sufriendo demasiado. La llamó a su mujer desde la cama, y haciendo un gesto con la cabeza la invito a sentarse en el borde. Le pidió perdón por el maltrato, y le aseguró que todo iba a cambiar. “Te prometo amor, que de ahora en más va a ser distinto. No vas a tener que preocuparte más por mí. No voy a volver a darte motivos para que te enojes, ni te voy a hacer renegar más.” Ella se puso contenta y le devolvió una tierna sonrisa. Su marido iba finalmente a cambiar, y lo haría por ella. Intentó acariciarle el rostro, pero su mano traspasó la carne como si fuera humo. Una tierna lágrima rodó por la mejilla del fantasma. Era feliz una vez más. “¡Al fin me vas a hacer caso! Vas a dejar la bebida, y el cigarrillo. Ya no vas a ir más de putas. Vas a trabajar duro y a refaccionar la casa. Vamos a ser felices, los dos juntos por siempre.”Sergio asentía a lo que ella decía, con una extraña sonrisa en el rostro. Se levantó decidido de la cama, y tomó algo de plata. Se puso una campera de hilo sobre los hombros, y agarró las llaves de la mesa de luz. Desde la puerta, le gritó de la manera mas dulce posible al espíritu de su esposa; “Ahora vengo mi amor, voy al quiosco a comprar cigarrillos”.
Él nunca más apareció. La pobre Azul aún lo espera, sin poder salir de su casa. Sin que nadie la pueda oír. Sin que nadie la pueda ver, y sobre todo, sin que nadie la pueda amar.


Publicado en “La idea fija” de Mariano Contrera
Editorial “Cien kilómetros”.
2010

lunes, 18 de marzo de 2019

Culotte

Era una mañana de invierno horrible, gris y lloviznosa, muy melancólica. Miraba una y otra vez la hora en mí reloj. Ya comenzaba a desesperarme al ver que la extensa fila de Depósitos no avanzaba. Hacía cerca de una hora que estaba haciendo la cola en el abarrotado banco provincia. A lo lejos lo me pareció verlo a Fabián, como no estaba seguro de si era él, preferí no hacer el ridículo de saludar a alguien equivocado. Hacia años no veía, como a muchos otros compañeros de secundario. Finalmente, llegó el momento de pagar las facturas y nos cruzamos en la salida. Nos saludamos afectuosamente y me invitó a tomar un café para ponernos al día. Yo estaba de franco en el trabajo, así que no tenía nada mejor que hacer. Me llamó la atención una bolsita roja de Caro Cuore que llevaba, con una tarjetita atada al moño. Era obvio que había comprado un regalo en un local de lencería, y no le avergonzaba para nada que la gente lo notara.
¿Siempre de novio con Cami vos? No había terminado la pregunta cuando ya comencé a arrepentirme de haberla hecho. Hizo un gesto extraño con  su rostro que me lo dijo todo. La muesca de su rostro me dio un claro indicio de cuál iba a ser la respuesta. Camila era otra ex compañera nuestra, y ellos eran la parejita del curso. Siempre andaban juntos para todos lados. Él iba a ver sus partidos de Cestoball, y ella lo acompañaba a los ensayos de la banda. La última vez que los vi fue en Bariloche, y casi no salían de la habitación del hotel. Eran divinos, el uno para el otro, juntos como culo y calzón.
“Hace dos años cortamos, pero ya lo superé. Ahora estoy bien.” Comenzó a contarme como habían ido alejándose, como después de los tres años de novio la cosa no era la misma. El hecho de estar casi todo el día juntos terminó pudriéndolos a los dos.
Camila era una chica rellenita, bastante caderona pero de buenas proporciones. Tenía un rostro angelical que ocultaba su carácter fuerte y decidido. Ojitos pequeños color caramelo y unas cuantas pecas bellamente distribuidas en su respingada nariz, conformaban una carita de nena muy excitante.  Era una gordita bastante sexi. Tenía un aspecto d
ulce, pero había algo en ella que la hacía excitante. Tal vez la forma en que hablaba, lenta y suavemente arrastrando levemente las palabras. O tal vez era su extraña mirada, avasallante y devoradora.
Empezó a relatarme como había sucedido todo. Me dijo que una tarde de primavera ella le dijo sutilmente que la relación había llegado a su fin.
“¡No quiero verte más! rajá de acá, ya no te soporto. Esto no da para más. Sos un plomazo”
Camila era hija única y vivía todavía con su madre. Afortunadamente la vieja era copada, y tenía una muy buena onda. No molestaba para nada. Se llamaba Ester, estaba separada hacía varios años y debía trabajar doble turno en el colegio para mantener a su hija. Maestra de cuarto grado turno tarde y mañana, por lo que era poco el tiempo que pasaba en su vivienda. Era una mujer  jovial, siempre cordial, y de buen humor a pesar de una jornada laboral agotadora. La quería muchísimo, era como una segunda madre para él. Muchas veces tomaban mate juntos, y se cagaban de risa. Se parecían mucho físicamente con Camila. Los mismos gestos y las mismas curvas, pero Ester era mucho más simpática y bondadosa. Era una señora espectacular.  Por suerte esa tarde no estaba presente. No le hubiera gustado presenciar el momento en que su hija lo echaba.
Fabián salió decidido de la habitación de su novia, con la certeza de que esa pelea sería definitiva. Cerró la puerta de un golpe, para hacer más dramática su salida. A los gritos desde el pasillo le expresó que él compartía la intención de separarse, aunque no fuese cierto. Se puso los anteojos de sol, tomó la mochila y la campera de jean. Simulando tranquilidad salió por la puerta de atrás como hacía todos los días. Era una casa pequeña y simple, de 3 habitaciones, pero prolija, y con un pequeño patio detrás. Cuando salió, secó sus lágrimas con la manga de la remera y largó un hondo suspiro. Levantó la mirada, y pudo ver la ropa que colgaba de la cuerda para que el sol y el viento la sequen. Entre camisetas, medias y pantalones, vio rodeado de un haz de luz el culotte que él le había regalado. Era rosa clarito, casi color crema. Tenía pequeños lunares blancos, y era de Licra y algodón con puntillas de encaje. Muy sexy, pero para nada vulgar. El muchacho se lo había comprado para su segundo aniversario de novios, y  ella trataba de ponérselo en cada ocasión que hacían el amor. Si bien no tenían sexo con mucha frecuencia, y a pesar de que Cami no fuese gran cosa en la cama; él sentía que jamás había estado ni estaría con nadie igual. Estaba enamorado. Y ese es el mayor afrodisíaco existente.
Arrancó la prenda íntima de la cuerda y unos broches cayeron sobre el pasto verde. Se la llevaba como recuerdo. Se la llevaba para que no la usara con otro tipo. Se llevaba el culotte para tenerla cerca. En realidad no sabía por qué, pero se lo llevaba.

La moza nos trajo el café y el relato hizo una pausa mientras la muchacha acomodaba las cosas sobre la mesa. A la vez que sacudía  nerviosamente los sobrecitos de azúcar, Fabián continuó con su relato. Yo quería borrarme, se notaba que este pibe no estaba en sus cabales. Miré hacia la puerta como para calcular la distancia, en caso de que fuera necesaria una escapada de emergencia.

Me contó como lloraba por las noches, mirando las fotos de ambos. Se la pasaba recordando los momentos juntos. Leía una y otra vez las cartas en las que le prometía amor eterno. Muchas veces miraba la bombacha y la imaginaba a ella usándola. Tocaba la suave tela e imaginaba su piel. A pesar de estar recién lavada, él creía incluso sentir el dulce aroma de su sexo. La ponía todas las noches debajo de la almohada, para soñar con su ex. La llamaba a horas insólitas como un chiflado para decirle que pensaba en ella, y que la extrañaba. Le rogaba que lo perdonara, que él iba a cambiar si ella así lo quería. Pero evidentemente la pudrió, la chica al mes cambió el número de celular.
Fabi había tenido unas cuantas mujeres en su adolescencia, pero Camila fue su primera novia oficial. A pesar de no ser muy agraciado físicamente, lograba conquistar con su buen humor y muchos chistes estúpidos. Era flaco y bastante alto. Aunque se había dejado estar un poco, aún mantenía la figura. Era un tanto narigón, aunque la barba estilo candado que llevaba lo disimulaba un poco.

Tomé un sorbo de café mientras lo observaba. Estaba raro, ansioso, evidentemente no le hacía bien recordar. Me quería ir a la mierda antes que se pusiera pesado, pero era demasiado tarde. Intenté inútilmente cambiar de tema, ya estaba embalado y siguió contándome.
“Estaba destruido, sentía que no podría olvidarla jamás. Tenía el corazón hecho pedazos.” miraba el oscuro líquido del pocillo, como si en él se proyectaran las imágenes de su memoria. Si yo me iba en ese momento, es probable que ni siquiera lo notara. Estaba tan inmerso en el relato que mi presencia era una mera excusa. Para ese entonces yo había perdido el poco el interés que tenía en el relato, pero de todas maneras el prosiguió.
“Ya  no salía casi, y mi vieja estaba preocupada. Yo no quería saber nada. Estaba re cortado. Por suerte tenía el culotte que me recordaba a mi “princesa”. Recuerdo que le quedaba hermoso. Un calce perfecto resaltaba esas mullidas y redondas nalgas que me volvían loco. Soñaba una y otra vez con ella, en especial cuando dormía con su prenda intima puesta. Parecía ser ella la que me acariciaba, y no la tela.” No podía creer lo que este flaco me estaba contando, lo miraba para saber si era otra de sus antiguas bromas pero su rostro me decía que era en serio.
Yo había estado estudiando en Capital, y el trabajo no me permitía venir muy seguido. Estuve un tiempo de novio con una compañera de facultad, así que eran contadas las veces que volvía a Lobos. Generalmente para fiestas familiares o cumpleaños. Dejé de tratarme con mis antiguos amigos y conocidos. Recién ahora que ya estoy recibido, y distanciado con mi novia capitalina, estoy de vuelta por mis pagos.
Siguió contándome cómo sus amigos, mis antiguos compañeros de colegio, comenzaron a hacerlo salir casi a la fuerza de su casa. Lo llevaban a bares y boliches, pero él no podía mirar a una chica sin compararla con su ex. A veces observaba los culos de las mujeres que pasaban cerca, no porque le gustara la mina, sino para intentar adivinar que ropa interior usaba. A lo largo de unos meses tuvo la chance de estar con un par de damas, todas rellenitas. Lamentablemente, abandonaba toda maniobra al ver que no llevaban un culotte como el que el añoraba. Los amigos, mitad como una medida desesperada y mitad usándolo como excusa, lo llevaron a clubes de strippers en Capital. Sin embargo el seguía con su locura, no había manera de sacarlo de su  melancolía. Ni siquiera cuando lo llevaron a un puterío en la plata, donde le pagaron un turno con la chica más linda del establecimiento.  Llevó su querida bombacha en el bolsillo y se la hizo poner a la prostituta. Ella siguió al pie de la letra sus indicaciones, pero para él no era lo mismo. Abandonó la habitación a los diez minutos, ante la estupefacta mirada de todos. Varios de los amigos ni siquiera habían elegido su cita aún, cuando él salió y se puso a esperarlos afuera. Tal vez por el alcohol encima, o por resignación, los pibes no le dieron mucha bola. Tal vez incluso ni se dieron cuenta. Lloró sentado afuera en la vereda, solo y con frío. Se odiaba a si mismo por ser tan idiota, por no poder disfrutar como sus compañeros de algo tan simple, tan natural, tan primario. Sabía que no era normal, pero todavía la extrañaba y pensaba en ella. En esa obscura calle todavía la imaginaba cerca, a la vez que con su mano acariciaba la prenda femenina contra su pecho.
“Ahí fue cuando me cayó la ficha. Ahí entendí todo.” Dijo convencido, mientras buscaba fuego en el bolsillo de la camisa a cuadros celeste.
Fabián hizo una pausa en su relato, para prender un cigarrillo. Lo encendió con manos temblorosas y dio una profunda pitada. Como liberándose de una pesada carga, cerró los ojos y exhaló lentamente. El humo formaba extrañas y fantasmagóricas figuras frente a su impávido rostro.
“Estaba en la puerta del puterío y se me aclaró todo”. Continuó. “En verdad me di cuenta lo que me estaba pasando. Había idealizado tanto a Cami, que busqué por todos lados una mina igual. Lo del culotte era una excusa que me había creado yo mismo. Nunca iba a encontrar alguien a quien le quedara igual, porque tampoco era lo que buscaba. Yo no necesitaba la prenda íntima, sino a la dueña. Yo la buscaba a ella, o mejor dicho a la imagen que de ella tenía en la cabeza. Los recuerdos con el correr del tiempo y del olvido van mutando. Dejan de ser un recuerdo de la realidad, y se convierten en una representación del propio ideal.” Dio otra rápida aspirada al Philip Morris.
Yo lo miraba nerviosamente, temeroso por saber de lo que era capaz este loco de mierda. A la vez estaba expectante por el desenlace de la historia.
“Cuando volví a Lobos al otro día, hice lo imposible por encontrarla. La hija de puta se había mudado y me costó un huevo. Pero finalmente la localicé. Vivía en Navarro, la madre había conseguido un laburo allá y se fueron. Llegué a la dirección que me habían dicho, era un departamentito nuevo bastante lindo aunque pequeño. Voy, toco timbre y sale Camila. Recién se levantaba de la siesta parecía, porque estaba en pijamas. Le expliqué que estaba mal y que la extrañaba. Le conté que me había llevado la bombacha ese día, y que la llevaba conmigo a todos lados...le conté cada detalle de la misma manera que te lo conté a vos. Entonces ahí yo saco del bolsillo de atrás del pantalón el culotte, y se lo devuelvo. Ya no lo necesitaba. Ella primero lo mira  con una expresión como de asco, de impresión...pero en seguida el gesto se convierte en una especie de sonrisa. Me observa a los ojos con una expresión llena de gozo. Me di cuenta que algo bueno por fin iba a pasarme, lo presentía. Tomó la prenda con sus dulces manos y mirándome fijamente me dijo algo que cambió mi vida para siempre”
Yo estaba inmóvil esperando para ver qué pasaba. El café estaba ya helado. Estaba tan inmerso en el relato que había olvidado por completo la infusión. Fabián apagó correctamente el cigarrillo en el cenicero de Cinzano, mientas largó los últimos restos de humo de sus pulmones.
“Ese culotte no es mío, es de mi vieja” dijo la insensible joven, con un dejo de satisfacción por el sufrimiento ajeno.
Pobre pibe, el golpe habrá sido grave. Debió ser como un baldazo de agua fría. Seguro vio caer todas sus esperanzas, todas sus expectativas y deseos.
“Pero ahora estoy bien por suerte, ya lo superé.” Se lo notaba más relajado, como si ya hubiera dejado todo atrás. Como si se hubiera sacado un gran peso de encima, con el mero hecho de relatarlo.
“Muy bien. Te felicito. Me alegro que lo hayas dejado atrás. ¿Y ahora qué haces? ¿En qué andas?”
“Ahora salgo con la vieja” Me contestó mientras pedía la cuenta.

jueves, 14 de marzo de 2019

Borges y yo


Borges y yo
Jorge Luis Borges

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro. Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.

(Extraído del libro "El Hacedor", Emecé, 1960)



Dentro de la historia borgeana, se pueden enumerar algunos datos:
Su primer texto publicado fue la traducción al español de “El príncipe feliz”, de Oscar Wilde. Fue en un periódico en 1910. Más tarde, en 1923, publicó Fervor de Buenos Aires, libro de poesía.

Borges no escribió novelas. Su padre, Jorge Guillermo Borges, sí lo hizo. El texto se llamó “El caudillo”. María Kodama, explicó que comenzó el borrador de un guion de cine sobre Venecia pero no continuó.

En 1944 publicó Ficciones. Se dividió en El jardín de senderos que se bifurcan y Artificios. En este segundo incluyó el cuento El Sur, que se inspiró a partir de un accidente que sufrió en la Navidad de 1938, un golpe en la cabeza que casi le cuesta la vida.

Recibió varias distinciones: Premio del Fondo Nacional de las Artes, Premio Miguel de Cervantes, Doctorado honoris causa en prestigiosas universidades, entre otros. Sin embargo, no recibió el Premio Nobel. Aunque en 1966, la Sociedad Argentina de Escritores promovió su candidatura al galardón.

Borges quedó ciego como consecuencia de una enfermedad congénita, después de los 50 años. No le impidió continuar con sus actividades. En 1977 brindó una conferencia sobre la ceguera, en ese entonces todavía podía distinguir algunos colores. Rescató al amarillo: “Me ha sido siempre leal, me ha acompañado siempre”.

A 33 años de la muerte de Borges, los homenajes continúan. Escritores argentinos de la SADE lo celebrarán con una “gran suelta” de poemas.


jueves, 3 de enero de 2019

De regreso en el circuito literario lobense

Estimados amigos: vuelvo a contactarme con ustedes por este medio luego de un prolongado paréntesis. Este blog fue concebido para ir publicando mis cuentos, algunos inéditos, que por el momento no puedo hacer en formato libro. Seguramente en este 2019 se vendrá una nueva novela, puesto que me siento más cómodo incursionando en ese género. Sobre todo luego de haber publicado "Las dos muertes del General". Sin embargo, por los motivos de público conocimiento que encarecen el costo de imprimir un libro, aprovecharé ese tiempo hasta que la situación mejore para seguir haciendo correcciones a mis textos, un trabajo que nunca termina, pero que permite ir dando la mejor forma posible a la idea que uno fue esbozando desde la ficción.

Sólo me resta decirles que seguiremos en contacto, y que cualquier novedad que surja la daré a difusión por los medios de nuestra ciudad, tanto digitales como impresos. Aunque no haya certezas, debemos trabajar, cada uno desde su lugar, para tener un año mejor. 

Gracias a todos quienes me apoyan incondicionalmente, en particular a mi familia y amigos. 

Mariano.

martes, 14 de agosto de 2018

Cuento: "Día del Padre" (2015)

Día del padre

-Feliz día del padre, viejo.- Su hijo le daba una palmada en la espalda, mientras los nietos revoloteaban a su alrededor, ansiosos más ellos por la apertura del regalo que el propio agasajado. Con cuidado quitó las cintas del paquete y sin romper el papel que podía serle útil en el futuro lo desembaló, era una Tablet, flamante y reluciente… cosita, que el viejo Kikimora no sabía para qué demonios servía, o mejor dicho, sabía, no era que vivía en un caño, pero no le interesaba que es distinto, ni le encontraba sentido. Simulo sorpresa, aunque nunca fue lo suyo la actuación, a su hijo le regaló una bufanda, ambos desearon poder intercambiar los regalos.
No es que despreciara a su hijo, solo que le daba una especie de… asco, o vergüenza quizás. Aborrecía ese estereotipo de publicidad de gaseosa light en el que se había convertido. Pelo corto, anteojos pequeños, camisa prolijamente arremangada, y mucha cara de nabo. La casa parecía sacada de una publicidad, con pisos, muebles y sillones completamente blancos, toda la familia sentada a la mesa con una gran ensalada en medio y riendo a carcajadas con los brillosos dientes a flor de piel. Un gran ventanal daba al pequeño patio, con césped sembrado, en el que se estaba cocinando en una parrillita portátil.
El pibe hizo un asado horrendo, de maricón. La esposa es vegetariana, así que cocinó berenjenas a la parrilla, hamburguesas de garbanzos, y vaya a saber que porquería más, para el abuelo carnívoro un churrasquito de lomo recontra seco y quemado. Siguió fingiendo alegría, sobre todo por los nietos que si bien eran unos guachos malcriados, ellos no tenían la culpa.
Yo les voy a explicar, no es que el viejo Amancio Kikimora era un renegado total y mal parido, sino que él simplemente quería estar sólo en esa fecha, que nadie le rompiera la paciencia. Pero su hijo le insistía y le insistía, pensando que por estar solo en el día del padre no sé qué calamidad fuera a pasarle, si de todas maneras permanece solo el resto del año. Su mujer había fallecido hacía siete años, un 16 de junio, fecha que proverbialmente solía caer el mismo día que el día del padre. El viejo sinceramente deseaba estar tranquilo, todavía la extrañaba y pretendía que así fuera, quería extrañarla en paz, pero aparentemente su hijo y su nuera quieren maquillar todo. No hay que mostrar emociones negativas, todos felices y nada más, que no se note que él la caga con la secretaria y ella con el del chalet al lado, pero me estoy yendo del tema, perdón.
En la sobremesa, mientras tomaban un té de caléndula silvestre (la cafeína estaba prohibida en esa casa), dejaron deslizar la idea que venían masticando desde hacía meses seguramente.
-¿Por qué no intenta ir a un psicólogo, Amancio?- Fue ella la que tuvo la desfachatez de decirlo, él siempre fue un cobarde. -Probablemente lo ayude, a nosotros nos hizo muy bien terapia. Ya hablamos con el mismo profesional al que solemos ir nosotros y está dispuesto a recibirlo como paciente, si quiere podemos pagarle algunas consultas si quiere...- parecía orgullosa de haber ingeniado esa idea estúpida, porque su sonrisa era más tonta que nunca.
Como era previsible, al señor Kikimora no le gustó ni medio la idea, pero al ser bastante miserable todo lo que fuera gratis le atraía, además secretamente disfrutaba hacerles gastar plata a esos miserables. El Licenciado Zamudio le pareció un chamuyero bárbaro, afortunadamente tenían aproximadamente la misma edad, cerca de setenta, y podían hablar de futbol y programas de televisión antiguos, era algo bastante ameno la verdad. La única cosa útil que pudo rescatar el paciente de las sesiones fue la idea que le dio el psicólogo de alejarse de los recuerdos, según el licenciado, la estrategia era ir deshaciéndose de los elementos que tuvieran recuerdos anexados de su fallecida esposa.
-Poco a poco, y a medida que vaya haciendo el duelo, trate de paulatinamente ir desprendiéndose de aquellos objetos atribuidos de emotividad, que tengan una carga emocional fuerte. No le digo que los tire, pero al menos alejarlos de su radio de acción diario, moverlos hacia otra habitación menos utilizada, o quizás incluso venderlos puede ser beneficioso, ya que la pena por el desarraigo de aquellos sentimientos se indemniza parcialmente con una compensación económica.- Le dijo el licenciado entre cigarrillos compartidos.

Por supuesto que no fue fácil, tampoco es soplar y hacer botellas, fue muy duro y le llevó tiempo a Amancio juntar la fuerza necesaria para tomar una decisión tan importante. Sacar el antiguo vestido de novia de su esposa del ropero de su habitación no fue una pavada. Lloró como un niño, lo abrazó, se tomó el tiempo para despedirse, lo metió en una bolsa de residuos y lo llevó a la calle para luego arrepentirse e ir corriendo a buscarlo, hasta que se le ocurrió una idea. No sé si ya les dije que el señor Kikimora era bastante tacaño, por lo que pensó “en lugar de tirar a la basura el vestido, voy a ponerlo a la venta en el local”.
La casa del ahora viudo era un caserón antiguo, con puertas largas y cielos rasos altos, había seis habitaciones enormes con pisos de madera. Estaba ubicada detrás de un local desocupado también de su propiedad, de unos ocho metros de frente, que daba a alguna calle angosta del barrio de Flores, ¿o era en el Once? aunque pudo ser también en cualquier otro barrio o ciudad. Colgó el vestido de una percha, y le colocó un precio deliberadamente alto, quince mil pesos, era obvio que inconscientemente no quería desprenderse de él todavía, pero al menos se inventaba una excusa para poder auto convencerse de que podía seguir adelante con su vida.
Hacía años que estaba abandonado, y últimamente la mugre de la vidriera apenas permitía ver hacia adentro, entre la tierra adherida de varios veranos, las calcomanías viejas pegadas, la pesada cortina de rejas y hasta verdín. Nunca daba el sol, unos enormes nogales ofrecían sombra permanente llenando el frente de humedad, y de noche bloqueaban la luz de los faroles de la calle. Primigeniamente su padre, inmigrante japonés, vendía repuestos de máquina de coser, luego fue una ferretería y al final una compra venta de muebles usados.
Después del vestido de novia, al mes, se las arregló para deslomarse haciendo fuerza por los pasillos con un ropero antiguo que también llevó al local, el cual fue tazado exorbitantemente por él en las cinco cifras. Siguió el resto del guardarropa femenino, todo meticulosamente etiquetado con precios descomunales. Era como poner precio a sus recuerdos, vender partes de su vida, sus historias y su esposa. Qué diría ella si me viera, solía pensar. Como podría mirarla a la cara cuando se encuentren en el más allá, sabiendo que prostituyó sus pertenencias, y mancilló su memoria.
La mesa de luz fue un tanto más fácil, no tenía demasiados recuerdos asociados, salvo que ella guardaba allí sus medicamentos que tomaba antes de dormir, y sus collares y aros. Aún conservaba el que le regaló él para su primer aniversario juntos cuarenta años atrás, una imitación de perlas. Le puso un precio más caro que si fueran perlas verdaderas, ese collar tenía un valor sentimental extremadamente caro.
Poco a poco fue dándose cuenta que casi todas sus pertenencias le recordaban de una manera u otra a su esposa fallecida, su amada Malvina. Las sillas del comedor que ella supo elegir ése día en la mueblería cuando el vendedor le miraba el escote, él se dio cuenta, pero no dijo nada porque le dio un importante descuento. Recordaba aquella tarde de verano en la que el nene dormía la siesta, e hicieron el amor sobre esa mesa de roble recién comprada, una de las patas no estaba bien asegurada y se cayeron dándose un tremendo golpe. La cocina le recordaba las sabrosas comidas que solía prepararle, pero sobre todo aquella primera comida, el día que se mudaron juntos, cuando ella quemó el pollo al horno y llenó el ambiente de humo. La pava le recordaba sus mates, las ollas sus guisos, la sartén sus revueltos de papa. Todos estos implementos fueron poco a poco instalándose con precios astronómicos en el local que daba a la calle, ¿era en Palermo o en Abasto? No recuerdo, pero era un barrio por demás tranquilo.
Llegó un momento en que lo único que le quedaba era una radio, el televisor (ninguno le importaba en lo absoluto) y la cama. Era paradójicamente el último artefacto que había aun en la casa, y el que más recuerdos le traía. Acumulaba desde las evocaciones más pecaminosas y eróticas, hasta las más tiernas e íntimas, aquellos momentos en que la oía respirar mientras dormía, cuando sentía su aliento cálido en el cuello y los largos cabellos negros de Malvina en su pecho. Había noches juntos que jamás pudo olvidar, como cuando concibieron a Martín, o cuando éste lloraba toda la noche sin dejarlo pegar un ojo, o las veces que dormía con ellos si había tormenta. Tenía miles de recuerdos hermosos relacionados a esa cama, pero también uno que jamás podrá olvidar aunque haga todo el esfuerzo del mundo, aquella mañana en la que ella no despertó, la quiso abrazar semi dormido y se espantó con aquel cuerpo helado.
A la cama la acomodó al fondo del local, alejada lo más posible de la vidriera. Ya sin pertenencias en su casa no le quedó más remedio que dormir allí en el negocio, de todas maneras el vidrio era casi impenetrable y era muy poca la gente que pasaba por esa calle. Nadie pudría notar su presencia. Paulatinamente, su vida fue mudándose allí, detrás de aquel mugroso vidrio y esa pesada cortina de rejas de acero. Solo salía para ir de compras al supermercado chino del barrio, había abandonado toda interacción con vecinos y conocidos, no tenía sentido ya nada para él. No volvió por el barcito que quedaba a dos cuadras y del que solía ser cliente asiduo, poco a poco fue recluyéndose, armando su refugio, su bunker para resguardar aquellos recuerdos, no podía dejarlos solos ni abandonarlos.
Una mañana, mientras tomaba mates sentado en la cama todavía en calzoncillos, lo sorprendió en demasía un tipo que le golpeaba el vidrio con los nudillos. La abrió la puerta y luego de interrogarlo, éste le comentó que estaba interesado en la compra de artículos antiguos, en desuso, cosas olvidadas que la gente desperdicia o abandona, y había visto que tenía muchas cosas a la venta allí. Seguramente debe ser algún decorador de interiores o algún modisto, pensó el viejo Amancio, porque estaba vestido raro, de traje pero estilo antiguo, con un pañuelo en el cuello, y un gran sombrero, como se usaban antes. Luego de que el tipo le insistiera, aceptó dejarlo pasar, le mostró los mueble y los demás artículos, no sin hacer evidente el elevado precio de cada uno.
-Mire que están caras las cosas, piense bien si le conviene…- Hacía todo lo posible para disuadirlo de realizar compra alguna, todavía no estaba listo para vender aquellas cosas.
-Me llevo todo. Sume y saque bien la cuenta, mañana vengo con la plata.- Dijo el extraño, con vos firme y segura. Sin siquiera despedirse dio media vuelta y salió.
Kikimora realmente no esperaba que volviera a aparecer el hombre del sombrero, pero sin embargo a la mañana siguiente allí estaba el tipo, esta vez llevando un bolso. Sin rodeos ni prolegómenos el tipo le preguntó cuánto era por todo lo que había en el local. La suma ascendía a un poco más de medio millón de pesos, Amancio le dijo el numero lentamente para que sonara más pesado aún en un último intento de disuasión, de todas maneras estaba confiado, solo un loco podía llegar a pagar semejante cantidad por toda esa basura.
-Tome, cuéntelo.- le dijo el tipo entregándole el bolso. Kikimora contó el dinero dos veces, le devolvió los pocos pesos que sobraron y obnubilado por semejante cantidad de dinero aceptó la venta. Se dieron la mano, cerrando el acuerdo.
-¿Cuando viene a recoger las cosas? Venga con el flete cuando quiera- dijo el iluso Kikimora.
-No necesito flete, lo que realmente me interesa puedo llevármelo puesto.-  Amancio pensó que se refería al vestido de novia, después de todo tenía pinta de raro, pero antes que haga más conjeturas el tipo de sombrero aclaró sus dudas.
 -Mire, lo que realmente me interesa es su vida, y puedo a cargar con ella. Ya le dije, yo compro artículos en desuso, cosas que la gente no aprovecha, desperdicia o abandona, usted estaba haciendo eso mismo con su vida, además estaba en la vidriera. Usted mismo se estaba ofreciendo.- Kikimora intentó aclarar el malentendido y arrepentirse de la transacción, pero el tipo le aseguró que al estrechar sus manos ellos firmaron un contrato tácito irrompible. Chasqueó los dedos, y desaparecieron del lugar, Kikimora, el tipo del sombrero, la cama, el ropero, las ollas, la cocina, la pava, la ropa, el vestido de novia, la mesa de luz, el velador, la heladera Siam, los portarretratos, los sillones…todo menos el bolso, la radio y el televisor.

Cerca de seis meses después, para el día del padre, su hijo y su nuera fueron a buscarlo, intentando simular interés y cariño nuevamente. Durante todo el tiempo transcurrido no se les ocurrió ni siquiera hacerle un mísero llamado telefónico al viejo, ni para saber cómo estaba, o siquiera para saludarlo. Tocaron timbre, con una fingida sonrisa por si alguien aparecía, -No está, mala suerte, vámonos.- dijo la nuera cuando nadie salía a abrir. No le caía bien el viejo, era un recuerdo de como era su marido, un carnívoro sin estilo, antes de que “evolucionara” en un porteño de clase media alta que vive en un barrio privado de Pilar. Tocaron nuevamente, y como nadie salía entraron con una copia de la llave que tenían para emergencias. Al ver la casa vacía se preocuparon, y pensaron lo peor, pero el bolso abierto con la plata saliendo de él, en el suelo en medio del local los hizo olvidar del viejo Kikimora. Con el dinero remodelaron la casa e hicieron en ella un restaurant orgánico vegetariano, en un barrio que paso de ser olvidado a ser chic.

El siguiente día del padre almorzaron allí.




lunes, 25 de junio de 2018

Cuento: "A la sombra"

La sombra de la parra aplacaba apenas el calor agobiante de aquel martes 18 de enero, el sol caía y los últimos rayos de luz se filtraban por entre las pobladas y fructíferas ramas; me dejaba llevar por uno de esos míseros placeres que un tipo de clase medía puede darse, un Gancia con soda, hielo y limón mientras observaba, sentado en una reposera de playa, el patio con pasto recién cortado por mí en la víspera, con una mezcla de orgullo y resignación a la vez. No era por demás extenso, pero permitía la existencia conjunta de una frondosa higuera y un antiguo limonero que raquíticamente resistía con sus últimos esfuerzos los ataques del invasivo fruto de la vid. Me llamó la atención un pájaro rengo de un ala, que se las arreglaba para engullir los diversos frutos, moviéndose de una planta a otra con gran destreza.

Era tal la pesadez de la tarde que hasta los insoportables perros del vecino parecían haberse tomado un respiro de sus incansables ladridos para dar lugar a una propicia siesta, solo podía oírse un sepulcral y por demás pacífico. Sepulcral era una palabra por demás apropiada, ya que la muerte parecía estar rondando el ambiente y uno podía sentirla tan cercana como fuera posible. Ni autos, motos, ni música, tampoco niños jugando, ni cantar de las aves, mucho menos gente charlando en las calles. Silencio. Solo silencio. 

Divagaba mientras el sueño comenzaba a apoderarse de mí, luego de tres vasos de aperitivo la mente deambulaba por diversos “qué hubiera pasado si…” cuando de pronto algo me rescató forzosamente de los brazos de Morfeo. Fue tal el cagazo que me pegué que una sonora y estridente puteada pudo oírse en todo el barrio. Algo había rozado mi pierna, era un pequeño y anaranjado gato, medio atigrado con franjas amarillas a lo ancho de su lomo.
-Fuera de acá gato boludo, no tengo comida-. Casi se lo susurré, como si alguien pudiera escucharme hablando con un animal, mientras me despabilaba un poco, me sorprendí de todavía tener un vaso a medio llenar en mi mano derecha. Afortunadamente no estaba mi hijo de ocho años en casa, de lo contrario hubiera roto soberanamente las pelotas para que lo adoptemos como mascota.  
Me mandé lo que quedaba del vaso de un solo trago, lamentablemente me di cuenta demasiado tarde que estaba caliente como el pis del mismo gato que me estaba acariciando.-¡Fuera!- Esta vez fui un poco más incisivo con mi orden, incluso acompañé con un  brusco ademán con  la mano, como para asustarlo un poco, pero como todo resultado obtuve una mirada perpleja,  por demás humana, que me observaba con atentamente, con la cabecita medio ladeada, escrutando en mis como intentando figurarse que mierda le estaba diciendo.
-Mirá gatito, ¡Si buscás alguien que te adopte acá cagaste eh! Lorenzo se fue con mi señora a la casa de los abuelos, y el único que podía darte bola era él, porque mi señora odia a los gatos. Aparte hace como un año que me está rompiendo las bolas con que quiere un perro, y si te dejo entrar a casa ¿quién la aguanta después? viste como son las mujeres…Correte, me voy a preparar otro vasito.
No sé si sería la incipiente embriaguez, o el hecho de estar solo, pero una súbita oleada de ternura me invadió mientras exprimía las últimas gotas de un limón.
-Tomá, media milanesa fría. Te la doy porque hace como una semana que está ahí, ¡no pienses mal eh! Ya se como son ustedes, en seguida se encariñan y después no se van más.- El felino la devoró rápida pero a la vez suavemente, como disfrutándola, me pareció algo raro, ya que los gatos que había tenido cuando niño comían como muertos de hambre.
-¡Debes ser el único al que le gustan las milanesas de Clara!-Lancé una carcajada al aire, pero la callé instantáneamente al darme cuenta de mi soledad. El animal me estudió nuevamente, vigilándome. Es curioso lo estúpido que se siente uno al reírse en soledad ¿acaso necesita uno de oyentes para exteriorizar emociones? Tenemos pudor en soledad pero no en público,que cosa extraña.
La luz de la madrugada me trajo de vuelta al mundo, abrí los ojos como pude, eran las seis de la mañana según mi celular, aunque el sol brillaba como si fueran las diez. Aparentemente un cuarto Gancia había sido demasiado. No había rastros del felino, me desperecé como pude y me fui a la cama, a esperar al resto de mi familia como si nada hubiera pasado. Llegaron tipo once y algo, y me despertó Lorenzo de un salto en la cama, dentro mío lo puteé un poco por haberme despertado, era brava la resaca todavía, pero al instante recobré la alegría por encontrarme con ellos nuevamente. Me pusieron al tanto en segundos sobre la breve visita a los parientes, y disimulando mis deplorables condiciones físicas me incorporé lo más rápido que pude. Unos mates me despabilaron un poco, mientras me hacían traspirar en otro sofocante día de verano. Anunciaban treinta y cinco grados de temperatura, y lluvia recién el domingo. 
-¿Te agarró hambre anoche amor? Te comiste la media milanesa vieja esa, ya la iba a tirar. Como te gustan tanto hoy te preparé más. A la napolitana ¿Qué te parece?- Almorzamos milanesas nuevamente.
Simulé placer al comer, besé a ambos en la frente y me fui a trabajar. Un día de mierda en el laburo, como cada uno de los días de laburo. Llegué tarde, como siempre, ya era de noche y para cuando aparecí de vuelta en casa ya estaban los dos durmiendo. Lorenzo tenía jardín mañana temprano, y su madre estaba cansada aparentemente. Abrí la heladera, me serví un vino blanco con soda, y en un Tupper verde no pude evitar encontrarme con las sobras de almuerzo, media napolitana con papas hervidas. No tenía apetito, solo cansancio y calor, mucho maldito calor. Abrí la puerta del patio solo para encontrarme con mi nuevo amigo, el fanático de la cocina de Clarita. Siempre me gustó “Don Gato y su pandilla”, por eso se me ocurrió llamarlo Demóstenes, ese tierno gato tartamudo de la tira cómica, personaje inspirado remotamente por un filósofo griego cuya dificultad en la oratoria fue superada a fruto de recitar enseñanzas con varias piedras en la boca. Ahí estaba el anaranjado animalito, esperándome. Puse el Tupper en el piso, y me senté al lado, en la reposera de caño a beber mi vinito. Charlamos un rato, le conté que estaba medio podrido de todo, cansado, cansado de todo, de trabajar, de mi trabajo en la fábrica de colchones, cansado de tener cuarenta años y ninguna ambición a la vista, sólo la misma vida día tras día. Él me entendió, me comprendió y conoció mi sufrir, me acarició los tobillos con su dorado pelaje, como teniéndome compasión.
-Mirá loco, la verdad me encantaría ser como vos. La vida que llevan ustedes los animales es espectacular, nadie les rompe las bolas, andan por cualquier lado, están con cualquier gata, no le deben plata a nadie, no tienen un crédito en el banco que les saca la mitad del sueldo todos los meses… No tienen que trabajar. ¡Por dios, no tienen que trabajar! Daría lo que fuera por ser libre de nuevo, ser un espíritu salvaje.- Miraba en cielo casi sin pensar lo que decía, y mientras recitaba esas palabras, una estrella fugaz cruzó el cielo. Así fue como mi sueño comenzó a hacerse realidad, nunca imaginé que al día siguiente me encontraría en una con una vida completamente distinta, sería una persona nueva, soltero y sin nadie a quien rendir cuentas.
No crean que un genio mágico se presentó en mi casa, ni que el gato en realidad era un ser superior que cumplía deseos, o que era la reencarnación del lama, ni que la estrella fugaz me concedió otra identidad por la mañana como suele ocurrir en las películas pedorras; lo que ocurrió en realidad fue que mi mujer se levantó a tomar agua en medio de la noche, y me escuchó hablando con el gato, pudo oír sobre mis anhelos de libertad, de modo que simplemente me dijo:
-Así que estas podrido de todo…entonces tomatelás- Me armó las valijas y en media hora estaban en la puerta de calle esperando por una respuesta. –Decidite, si te vas no volvés-.

Ahora somos dos. Demóstenes y yo.
Y los dos extrañamos las milanesas.