La playa ofrecía un paisaje desolador, era pleno invierno y la escalofriante temperatura llegaba hasta los huesos. El viento azotaba la costa, llevando consigo una bruma salada que humedecía el rostro y los labios. Caminaba por la costa, por esa breve franja en donde la arena está húmeda y ofrece una firmeza suficiente para no hundirse, mirando hacia el infinito cielo y pensando. Aprovechaba para pensar sobre todo, y un poco sobre nada también; necesitaba aclarar mi mente y buscar inspiración. Estaba estancado en mi nuevo libro, y un recreo a la mente nunca viene mal. El horizonte difuso se fundía ente una especie de niebla matutina, y solo podía vislumbrarse la silueta de un pequeño barco pesquero a la lejanía, que parecía levitar en el avasallante gris.
Me fui acercando a una especie de escollera o muelle, con la esperanza de tener un poco de reparo del bravísimo clima y poder prender un cigarrillo. Con un nulo éxito en mi propósito decidí trepar la elevada construcción de piedra, para observar mis solitarias huellas sobre la arena. Al trepar las mohosas rocas pude observar una figura humana, sentado sobre las piedras, entre las olas que rompían y estallaban estruendosamente. Esta sombra fantasmal recortada contra el perpetuo mar llamó mi atención, parecía extraída de un cuento fantástico, una milenaria criatura expectante por las almas de los condenados. Trepé a la escollera, y me acerqué cautelosamente, tomando precauciones para no resbalar en las enmohecidas y húmedas rocas. Pude ver al anciano a pocos metros, la barba entrecana, espesa y recortada prolijamente, llamaba la atención por sobre las rusticas vestiduras. Gorro de lana negro, polera blanca y un sobretodo azul con corderito beige encima. Unas brillosas botas hasta las rodillas, casi cubrían por completo los gastados jeans azul marino. Al llegar a su lado, no se sobresaltó ni le intrigó en absoluto mi presencia, solo me miró con unos profundos y perpetuos ojos celestes, que parecían estudiar lo más profundo de mi alma. No emitió sonido alguno, solo giró nuevamente su cabeza a donde debería estar el horizonte. Supuse que debería sentarme, lo hice respetuosamente, mientras lo observaba. Tenía una caña de pescar en sus manos, tremendamente larga y vigorosa, aunque desde un par de metros ya era imposible divisarla por la neblina reinante.
-Buenas…- fui lo único que atiné a decir. Debía hablar bastante fuerte para que mi voz pudiera ser oída por sobre el estruendo del mar y el tempestuoso viento invernal.
El arrugado anciano se limitó a asentir con la cabeza. Pude verlo más detalladamente dada la proximidad, el rostro arrugado y reseco denotaban los castigos de la intemperie. Tenía manchas de sol en las mejillas, y su nariz un tanto enrojecida, en la cual podían observarse los pequeños vasos sanguíneos, como raíces de un poderoso olmo. Sacó una petaca de plata del bolsillo interior izquierdo del sobretodo, le dio un violento y artístico sorbo. Frunció levemente el seño, como avisándome que no se trataba precisamente de agua, y estiró el brazo convidándome. Le dí un pequeño sorbo que calentó mis entrañas, ayudando por un instante a disimular el insoportable frio de mediados de julio.
-¿Hay buen pique?- intenté romper el hielo, me intrigaba sobremanera el curioso personaje que tenía frente a mí.
-La verdad que no me interesa, ni siquiera tiene carnada el anzuelo. La pesca es un complemento, un recurso argumentativo, ¿comprende?- la verdad que no entendí mucho lo que me quiso decir, pero le dije que sí de todas maneras.
El tipo parecía la viva encarnación del más famoso personaje de Hemingway, “El viejo era flaco y desgarbado, con arrugas en la parte posterior del cuello. Tenía cáncer de piel, las manos llenas de cicatrices, todo en el era viejo excepto sus ojos, eran azules, alegres e invictos”
-Pero… Yo supuse que sería un fanático. Si no le interesa la pesca, ¿Por qué con tan tremendo frio está acá?- Se me ocurrió preguntarle.
-Por la belleza, la perfección, el increíble ambiente melancólico del cuadro.- Me dijo mientras sostenía un melón imaginario en sus manos. -Mire, yo era director de cine, y me quedó la manía de prestar atención a la escena, a la ambientación y la luz y todo eso. Cosas que a uno le quedan, locuras de la vejez.- Viejo loco de mierda, encima borracho.
-Trabajé en la playa por primera vez hace muchos años, allá por los ochenta, fui asistente de dirección en un par de películas horribles. ¿Conoce “Los bañeros más locos del mundo”? bueno, yo trabajé en esos largometrajes.-
-¡¿En serio me lo dice?!- no pude ocultar mi entusiasmo, crecí con esas películas, y son un grato recuerdo en mi memoria. Tendría seis o siete años cuando iba al cine con mi hermano a verlas. El tipo no parecía muy orgulloso de esos trabajos.
-Sí, esas basuras marcaron mi carrera para siempre. Luego de eso nunca más pude hacer un trabajo serio. Lo bueno fue que me enamoré de la locacion, de este escenario. Es hermosa la playa, y tiene una carga emotiva tremenda. Los grandes espacios abiertos generan en el espectador una intimidad especial con el personaje, sumado a una melancolía incomparable. Una playa desierta remite a los temores mas profundos del alma, la soledad, el desamparo, lo pequeño del ser humano frente al mundo.- Se estaba posesionando, dejó de observar el más allá mientras hablaba, para mirarme fijamente con fruncida cara de viento en contra.
-En fin, hice un par de trabajos under y algunos cortos, pero nunca fui tomado como un director importante. Me fui quedando sin laburo y decidí mudarme acá, todo es mucho mas tranquilo, y uno tiene tiempo para pensar, para reflexionar sobre las cosas... sobre lo elemental, sobre la vida-
Yo me limitaba a oír, de la misma manera que se escucha a un profesor, a un doctor cuando nos da un diagnostico, con una mezcla de admiración, respeto y a la vez temor. Su voz era ronca, áspera y sufrida, curada por el frío, el alcohol barato y el tabaco de pipa; pero a la vez firme y decidida.
-Era allá por el ochenta y nueve, cuando mi mujer falleció. Pobre Marta, tenía tan solo cuarenta años, quien iba a creer que se pudiera ir tan joven. Le agarró una enfermedad muy jodida que me la robó en apenas un año y algo. Lo sufrí muchísimo, imagínese, aun hoy la recuerdo como si estuviera aquí.- Su cabeza estaba baja, miraba con ojos extraviados el mango de la caña. El volumen de su voz había bajado un poco, como si no quisiera que nadie más lo oyera excepto yo y el mar.
-Estaba en el funeral de Martita cuando todo se me reveló en la cabeza. Yo estaba parado afuera fumando un cigarrillo, al volver a entrar y abrir la puerta, lo teatral y dramático del interior de la casa de sepelios me llegó. Era un salón largo y obscuro, con sillones de cuerina pegados a lo largo de las paredes. La iluminación era amarillenta, casi color ámbar, dándole a los presentes un aire fantasmal y un poco pictórico, antiguo y atemporal. Al fondo, en el medio del salón estaba el féretro inclinado hacia delante, con la parte superior destapada como si fuera una momia egipcia. Una luz blanca sobre Marta la iluminaba como si fuera un ángel, como si el señor la estuviera llamando. Ese fue el instante en que el cerebro me hizo un clic. Decidí hacer el mejor trabajo de mi vida para ella. Comencé a planear la obra maestra, la opera prima de mi carrera. Cuando me sobraba tiempo libre del trabajo en el kiosco, me dedicaba a escribir, a buscar escenarios, idear escenas y tomas. Completé carpetas enteras con anotaciones y comentarios, fotos, apuntes. Me estaba trastornando un poco, lo reconozco. Mi habitación parecía la del tipo de la película “Una mente brillante”, las paredes llenas de notas, imágenes, recortes de diarios y esquemas pegados. -
La tempestad y el viento arreciaban, hice una especie de cuenco con las manos y lo acerqué a la boca con la intención de que el aire cálido expedido pudiera devolverme la sensibilidad a mis extremidades. El viejo, al verme cagado de frío, volvió a sacar el licor y me convidó. Di un pequeño sorbo.
-¡Vamos! Tome como un hombre.- Me gritó el anciano casi iracundo ante mi supuesta falta de valentía. Me vi obligado a repetir la acción, casi por orgullo. Parecía Kerosene. Una vez satisfecho prosiguió.
-Fue ahí cuando me di cuenta de mi error, la obra maestra de mi vida no iba a aparecer nunca, porque la vida es la única obra maestra. De ahí en más la viví como una en película. Primero simulaba que mi existencia era la de un agente secreto, espiaba a personas en los bares, iba caminando por la calle y me dedicaba a seguir a alguien con cara de actor. Después cambié de trabajo, conseguí laburar en un remis de una agencia cerca de casa. Simulaba ser un conductor normal, hasta que algún doble agente subía al auto con un maletín, entonces yo le decía la contraseña secreta -El pájaro está en la jaula-.El tipo aparentaba desconocer el código, pero seguramente estaba siendo espiado, por eso cancelaba el encuentro. Otras veces perseguía un auto entre el tráfico de las avenidas, algún auto negro medio sospechoso era fruto de mi análisis y espionaje exhaustivo. Luego de varios escapes a alta velocidad y maniobras riesgosas llegaron un par de multas y me echaron.- El tipo hablaba de lo más tranquilo, pausado, con palabras claras y expresadas prolijamente, como si siguiera un libreto. No dudaba, ni pensaba demasiado las palabras, como si ya hubiera pensado varias veces ése mismo momento, o como si ya hubiese contado mil veces lo mismo anteriormente.
-Después durante un tiempo tuve un maxi quisco en casa, al principio funcionó bien y vendía bastante. En esa época ensayaba una comedia, pero tomé la precaución de instalar una cámara de seguridad para registrar los momentos mas destacados. Contaba chistes a los clientes, e incluso practicaba graciosas acrobacias. Simulaba pisar una cáscara de banana y caer estrepitosamente, o apilar latas de arvejas para luego tropezarme y tirar la pila a la mierda. La gente experimentaba emociones mezcladas, algunos reían a carcajadas, pero otros me miraban como pensando “este viejo esta medio gagá”. Comprobé que mi efectividad como comediante no era la mejor.-
Frunció la boca, como si se arrepintiera de esa faceta de su vida. Sacó un arrugado y pobre atado de cigarrillos del bolsillo interior de su sobretodo y me convidó. Decidí aceptar para evitar otra reprimenda. Extrajo luego un encendedor a bencina, la llama luchaba contra las inclemencias del clima, pero se las arregló para encender ambos cigarrillos.
-El karate tampoco tuvo mucho éxito. Había llegado a un arreglo con un vecino físico culturista para que actuara, yo no le cobraba las galletitas y a cambio él ofrecía sus escasas facultades histriónicas. Cuando había clientes el pretendía asaltarme, pero lo abatía con certeros golpes de artes marciales. El público no acompañó la propuesta teatral. Me deprimí, estuve mal un largo tiempo. El local se vino abajo, y no tenía ni ganas de levantarme de la cama. Pasé unos meses bastante complicados amigo, no se imagina. Estaba ahí tirado, y no tenía a nadie que me levantara el animo, que me ayude. Sin embargo, es como dijo Balzac, “En las grandes crisis, el corazón se rompe o se curte”. Comprendí que debía ponerme de pie y reponerme por mí mismo, me di cuenta que nadie iba ayudarme.-
El viejo adoptó inconcientemente otra postura, o quizás era parte de su actuación, irguió levemente su torso y sacó pechó. Festejé su forma de pensar con un comentario de apoyo, que pareció no oír. Pensé en palmearle la espalda o poner mi mano sobre su hombro, pero seguramente lo tomaría como un acto poco masculino.
-Finalmente comprendí que mi tarea era inútil, mi pensamiento distaba mucho de la realidad. Entendí por qué la gente siempre dice que las cosas buenas pasan solo en las películas. Acepté definitivamente que la vida no es una comedia, ni una aventura de espionaje, y mucho menos una vibrante aventura de peleas callejeras. La vida no nos tiene sucesos fantásticos preparados en cada esquina, ni momentos de excitación y heroísmo. Llegué a la triste conclusión de que la vida es solo un drama, una tragedia, ya que al personaje principal lo espera siempre el inevitable final de su muerte. La vida acarrea una desdicha constante y eterna, la única manera de luchar contra eso es saber cuando darle un cierre dramático a la historia. Hay que saber cuando la novela no da para más, y cerrarla antes de arruinarla.-
No sabía que decirle a este anciano loco, quería calmarlo un poco, hacerlo cambiar de parecer. Lo único que atiné a decir fue una estupidez. -Pero no sea tan drástico, hay que reponerse y seguir adelante. Todavía queda mucho por vivir.-
-Mire, yo no quiero pasar mis últimos años internado en un asilo, o en un hospital. No sería un buen final para la película. Ya tengo el final perfecto, tengo todo listo, hasta preparé el guión. Solo necesitaba un público, un espectador.-
Dicha esas palabras el anciano hizo una escueta pausa, me miró con sus tristes y neblinosos ojos, no emitió palabra, ni siquiera un adiós, y se arrojó al agua. El embravecido mar lo engulló en un profundo abismo de espuma y niebla. El silenció reinó en la soledad, el estruendo producido por el abatimiento de la marea ya era parte de mi. Me puse de pié, le ofrecí al pobre tipo un minuto de silencio y me fui.
Caminando por la playa de regreso a mi morada, mientras aun me preguntó si esta historia la viví o fue producto de mi insana imaginación, puedo afirmar que verdaderamente comprendo al sabio anciano, la vida no es más que una tragedia.
Observé desde la escollera mis pisadas marcadas en la arena húmeda, y el embravecido mar, el retrato mío en esa inmensa locación era una espectacular escena final para la película del viejo. La cámara baja lentamente, y hace primer plano en una petaca de plata traída por las olas. La imagen se desvanece.Fin.
viernes, 25 de mayo de 2018
sábado, 5 de mayo de 2018
Cuento: "El valle de la Luna" (2013)
Una reunión de filatelia suele ser un lugar sumamente interesante, las diferentes tipologías de seres extraños que se encuentran allí forman una clase especial de personas. Fanáticos del arte en miniatura, obras maestras de no más de tres por cuatro centímetros, las hay de todo tipo, a color, en blanco y negro, monocromáticas; con rostros de próceres, con animales autóctonos, monumentos históricos, escenas de batallas y hasta jugadores de futbol, cada categoría tiene sus adeptos. Había en el inmenso salón de exposiciones en el cual se desarrollaba el evento, cientos de puestos, desde los inmensos auspiciados por empresas de correos y empresas privadas, hasta los diminutos consistentes en una o dos mesas y una silla. Entre todos esos puestos deambulaba Adolfo, con un bolsito cruzado colgado de su hombro derecho. Lo sujetaba fuertemente con su brazo, como un padre aferra fuertemente la mano de su hijo al cruzar una transitada avenida. Caminaba entre la multitud, procurando evitar colisionar con quienes circulaban en sentido opuesto por los angostos pasillos. Muchísimos adeptos a este cada vez menos popular pasatiempo se encontraban allí reunidos, muchos con lupas colgadas del cuello, todos con su carpeta especial para conservar propiamente sus flamantes adquisiciones. Adolfo se diferenciaba del resto por un rasgo particular, el no estaba comprando estampillas en los puestos, el estaba vendiendo recuerdos, subastaba memorias.
La vida de Adolfo podría decirse que ha sido complicada, al menos en su etapa adulta. Su infancia fue perfectamente normal, nacido y criado en un hogar lleno de amor y cariño. Sus padres pasaban por un buen momento económico allá por los sesentas, por lo que concurrió a los mejores y más oligarcas colegios, supo tener muchísimas amigos y una niñez verdaderamente feliz y sin preocupaciones. Quien le inculcó el interés en los sellos postales fue su abuelo paterno, el cual era también un asiduo aficionado. En su cumpleaños número siete le obsequiaron a Adolfo el primer álbum, junto con una pila de estampillas atadas con una banda elástica. Aunque gastadas y de poco valor, servirían para incentivar en el joven la pasión por los sellos. Algunos repetidos, rasgados y descoloridos, para el niño representaban el comienzo de una pasión. Desde ese momento, una vez por semana Adolfo adquiría al menos una estampilla para su colección, completaba clasificadores, colecciones y ediciones especiales. Cada estampilla pasó así a contener los recuerdos de esa semana en la cual fue adquirida.
-Por esta te puedo dar ochenta y cinco pesos- Decía el inescrupuloso comerciante del puesto veinticinco de la exposición, mientras se rascaba la brillosa pelada con la mano derecha. -Es que tiene el dentado roto, y eso la desvaloriza bastante. No se si podré ubicarla después-. Adolfo le ahorró el chamuyo al tipo y se resignó a la plata acordada, estaba demasiado necesitado y a la vez cansado como para discutir. Era un hermoso ejemplar de una estampilla Argentina con el rostro de San Martín, de 1877 con goma original. Ese sello significaba para él un recuerdo de su infancia, le recordaba a su abuelo. En la semana que compró esa estampilla, el queridísimo nono pasó a mejor vida. Era un cinco de julio, y Adolfo tenía tan solo doce años en ese entonces. Fue en el ‘85, el año de la última gran inundación en el pueblo, el cielo parecía llorarlo al pobre Braulio. Con toda la tristeza del mundo fue el pequeño Adolfo a la entonces Unión de Correos, y con todas las monedas juntadas en un frasco de mermelada viejo eligió al gran San Martín entre los demás héroes de la patria.
-Hmmm…- Era el único sonido que emitía el pendejo de otro puesto a la vez que se tomaba el mentón, con gesto inequívoco de pensamiento. Estaba analizando seguramente por cuánta plata lo iba a cagar. El maravilloso sello que sostenía en su mano era nada menos que uno cubano, del año siguiente a la revolución, con el rostro inmutable y desafiante del Ché. Era de la primera tirada, y estaba en perfectas condiciones.
-Mirá, si fuera por mí te daría un poco más, pero ésta estampilla tiene poca salida viste. La gente ahora se vuelca más a otro tipo de cosas, lamentablemente te puedo ofrecer ciento quince nada más.- El pendejo no tendría más de veinticinco años, arito en la ceja derecha y un peinado horrible e indescriptible a la vez. Éste pibe lo estaba afanando, éste niño que no conoció la pasión de la filatelia, que no conoció el correo. Éste nene que jamás recibió una carta que no sea la boleta de la luz, que nunca mandó un telegrama que no sea el de renuncia a algún trabajo. Éste pendejo que jamás recibió una carta de amor, rociada con el dulce perfume de la mujer amada. Nunca supo lo que es sentir la expectativa y la emoción de abrir un sobre, escrito con tinta azul y sellado numerosas veces, con el rótulo de “vía aérea” en el extremo izquierdo superior.
-Bueno está bien, no te hagas drama- Adolfo le ahorró el verso al pendejo, se resignó una vez más y aceptó la oferta, ya estaba podrido de discutir con todos esos chupasangres.
Con esos pocos pesos encima, que esperaba poder racionarlos lo suficiente como para que duren un par de semanas al menos, Adolfo volvió a su departamento. Éste se encontraba completamente vacío, el escaso mobiliario que alguna vez lo supo decorar debió ser vendido, en una desesperada búsqueda por dinero, tan solo quedaba un antiguo y achatado colchón de dos plazas en un rincón del mono ambiente. Hacía un par de años que no tenía trabajo, desde que la fábrica de corpiños en la que se desempeñaba cerró sus puertas, se vio obligado a medidas extremas para su supervivencia. “La calle está jodida” se decía una y otra vez a modo de autocomplacencia ante las inútiles y poco fructíferas entrevistas de trabajo que conseguía. Ya no era un pibe, estaba pisando los cincuenta y la oferta laboral para ese rango de edad es prácticamente nula. Ingresó a la fábrica a los veinte años, por lo que tampoco contaba con una vasta experiencia en otros rubros, lo único que sabía hacer era poner los aros de metal en los brassiers. La verdad es que era feliz en su antiguo empleo, por lo que tampoco se interesó jamás en buscar otras ofertas. Era un horario bastante flexible y no trabajaba los fines de semana, lo cual le permitía el disfrute de los bailes y el regocijo de las mujeres de vida licenciosa. Le encantaba la noche, los puterios y los salones de juego, era un “picaflor” según su vocabulario. Sus conocidos o pseudo amigos podían clasificarse en dos grandes grupos, los que lo conocían en su faceta de tipo serio y acérrimo filatélico, y el grupo que lo relacionaba con la noche y la joda, estos dos grupos funcionaban completamente separados y cada uno ignoraba la existencia del otro, él se empeñaba en que así lo fuera. Es que para la mayoría de las personas estas dos condiciones parecían imposibles de coexistir, los borrachos del bar lo hubieran tildado de puto o de gil si supieran de su afición, y los coleccionistas que es un grupo muy cerrado y chapado a la antigua podrían discriminarlo por sus descontroles nocturnos. Incluso sus amantes o parejas ocasionales tampoco eran puestas al tanto de esto. Adolfo se sentía a veces un pelotudo con el tema de las estampillas, sobre todo cuando veía la sarta de giles que frecuentaban las convenciones y se comparaba con ellos, pero era algo que era más fuerte que él. Desde niño no pudo evitar concurrir semanalmente al correo, al negocio especializado o a alguna reunión de adeptos, y dejar grandes cantidades de dinero allí. Era una pasión, era una vía de escape a su soledad, era el recuerdo de una vida más feliz, cuando su abuelo vivía y la familia se reunía todos los domingos, cuando los amigos eran verdaderos y la inocencia aún perduraba. Cada pieza de su colección contenía una anécdota o una memoria, que si se las unía formaban su vida completa.
-¿En qué te puedo ayudar Adolfito?- El anciano con una fingida sonrisa de comerciante le dio la bienvenida a su ancestral y fiel cliente. Hacía muchos años que se conocían, el anciano solía ser amigo del padre de Adolfo y a la vez sus padres también tenían una fuerte relación afectuosa. “La casa de los siete sellos” era un lugar muy peculiar, pequeño y un poco obscuro. Unas rejas color verde inglés daban a la calle, por delante de un polvoriento vidrio y unas cortinitas estilo americano. En el interior solo había un mostrador de vidrio con algunas ediciones limitadas o conmemorativas de algún evento, sobre el cual se encontraban dos lupas de diferente tamaño, una pequeña lámpara, y una pincita tipo de depilar. En la pared del fondo podían verse unas repisas repletas de archivadores con mercancía. El lugar tenía un aire místico, como mágico. Esa especie de espíritu que suelen tener los lugares repletos de historia, esa solemnidad de biblioteca o de museo.
Luego de los saludos correspondientes que obedecen las reglas de cortesía se avocaron a los negocios.
-Mirá Raúl, necesito vender estos sellos, ando un poco corto de guita y no me queda otra.- A la vez que decía esto sacó de su bolsillo del saco una bolsita de grueso nylon, con algunos dentro. Cuidadosa y delicadamente abrió el sobrecito y las volcó sobre el mostrador. El anciano tomó sus pinzas y la lupa que se encontraban a su diestra y las examinó las estampillas una por una.
La primera era un sello conmemorativo de Bernardo Houssay, premio Nobel de medicina y fisiología en 1947. La compró allá por el ochenta y nueve, la semana que la conoció a Clarita, la única mujer seria de su vida. Fue en un barcito de recoleta, su primer encuentro no tuvo nada de especial ni misterioso, solo estaban los dos tomando algo en la barra y él se le acercó y comenzó a chamurrarla. Ella estudiaba medicina, y el doctor Houssay era un referente profesional para ella, por lo que cuando vio el sello en un escaparate de Expo filatelia no dudó en adquirirlo.
Era una joven encantadora, llena de vida y de ilusiones. Aún conservaba la esperanza de un futuro próspero fruto del esfuerzo y la constancia, a diferencia de Adolfo que ya había experimentado la falsedad y la inmundicia del mundo convirtiéndolo en un tipo descreído y escéptico de todo acto de bondad. Era justamente ese espíritu jovial e inocente lo que más lo atraía de ella, más allá de la belleza física. Era una chica petisita, de pelo corto y unos enormes ojos marrones, de bellas proporciones y armoniosos rasgos.
-Te puedo dar cincuenta mangos por esta- Dijo Raúl sin apartar la vista de la lupa, -Está en muy buenas condiciones y es poco común. Tal vez pueda ubicarla con un flaco que viene de vez en cuando que es médico y seguro le va a encantar, si le llego a sacar un poco más yo te aviso-. Sin esperar respuesta alguna de su interlocutor, la dejó a un lado y tomó la siguiente con la misma delicadeza y parsimonia que la anterior.
-¡Uh esta va a ser muy difícil de vender! Una serie conmemorativa del mundial del ochenta y dos...salvo alguno muy fanático, pero sabes que ese no fue un mundial muy bien recordado por los argentinos. Que raro vos con este tipo de cosas, no sos muy fanático del futbol.- El viejo permanecía con la vista fija sobre la lente, bajo la luz de la lámpara de escritorio.
-La compré cuando me enteré que Clarita estaba embarazada, quise comprar algún sello que pudiera interesarle a mi futuro hijo. Tal vez podría gustarle el futbol como a todos los pibes. ¡Se nota que yo quería un varoncito!-
-¿Tenés un pibe? Mira vos, no sabía... ¿lo hiciste filatélico también?- Un extraño sonido salió de la ronca garganta del sujeto, algo similar a una carcajada.
-Se llama Gabriel, al otro día que nació fui a comprar el sello éste- Adolfo señaló uno de los sellos restantes sobre el mostrador, el cual el viejo tomo cuidadosamente con las pinzas. Sus manos estaban manchadas por la edad, y sus dedos índices y mayor tenían un tono amarillento a causa del tabaco. -Es un sello del Crucero General Belgrano, salió ni bien terminó la guerra y pensé en que pudiera tener algo para recordar la época de mierda en que le tocó nacer.- El viejo le brindó una mirada a su interlocutor, como compartiendo la opinión sobre esos cruentos años de nuestra historia. Luego de un momento de silencio reflexivo, el anciano continuó examinado las estampillas y emitiendo algún comentario sobre alguna que otra. Al llegar al final de la pila, se encontraba una hermosa y extraña pieza, era un ejemplar argentino del Valle de la luna en San Juan, sin dentar.
-Ésta no la vendo Raúl, ya sé que está bien cotizada pero igual no la pienso largar- El viejo indagó sobre la causa de esta caprichosa negativa.
-Esa la compré la semana en que mi mujer se fue de mi casa, se enteró que yo andaba con otra loca y me hizo un escándalo, me echó a la mierda.- En realidad esa loca, como Adolfo la llamó, había sido una relación paralela de un año y pico, y tampoco era la única infidelidad que había cometido. -Fui a tomar algo al bar de la esquina y pasé la noche en un hotel de mala muerte para darle tiempo a que se calme, cuando volví al otro día se había ido a la mierda con el nene. Nunca más los vi a ninguno de los dos. Yo estaba destruido, imaginate. Cuando fui al negocio de filatelia y vi ésta no pude evitar llevarla. Ese desértico y despojado paisaje se asemejaba demasiado a como me sentía por dentro en ese momento. Me sentía vacío y demasiado solitario, el departamento parecía inmenso en la soledad.- Empezó a ponerse mal, el recordar todas esas cosas le traía malos pensamientos. El viejo, sabio como todos los ancianos, percibió esto en el rostro de Adolfo, por lo que cambió rápidamente de tema con tal de no tener que aguantarlo. Le pagó lo que habían acordado por los sellos, puso el restante en la bolsita y se lo devolvió.
El departamento se encontraba completamente vacío a su regreso, a excepción de su flácido y antiguo colchón. El silencio era abrumador, no pudo evitar sentir una profunda desazón y una tristeza desgarradora. Tomó algunos pesos de los que recientemente había conseguido, y compró un whisky de los más económicos en el supermercado chino de la esquina. En sus buenas épocas, o en las mejores rachas de suerte con las apuestas, solía comprar importado, Jack Daniel’s etiqueta negra, pero las condiciones actuales le impedían rotundamente ese placer. Se sirvió en un vaso descartable, y sentado sobre el colchón permaneció con la vista perdida en la pared. Pasaron horas, o tal vez solo unos minutos, pero desfilaron por su cabeza numerosos instantes de su vida, recordó a sus cariñosos padres y a un siempre presente abuelo. Los momentos compartidos en aquella época más feliz con su ex mujer, y su hijo que ya debería tener como veintiocho años. Tal vez era la soledad, tal vez era el alcohol, pero comprendió que su rol de padre no había sido de los mejores. Sus ausencias, sus escapadas por las noches, y finalmente su falta de voluntad para volver a encontrarlo.
Gabrielito tenía cuatro años y siete meses la última vez que lo vio. La verdad es que hace recién unos cinco o seis años que se dedicó a buscarlo. Años de soledad, una crisis de los cincuenta, melancolía, o arrepentimiento fueron talvez alguno de los motivos que llevaron a buscar a su hijo. Internet ayudó muchísimo, Adolfo no tenía ni idea sobre computadoras, pero el pibe que trabajaba en el cyber lo ayudó. Averiguó que vivían hacía años en Moreno, que el muchacho estaba estudiando Arquitectura en la U.B.A, y que hacía varios años que estaba de novio con una bella joven llamada Julieta. Consiguió su dirección y le envió varias cartas, pero no obtuvo respuesta de ninguna de ellas. Las enviaba en un Sobre bolsa Medoro 19 x 24 cm con solapa engomada, escribía con pluma fuente sobre hojas de 125gr (todos datos inútiles que sólo un filatélico fanático podrían interesarle). Durante los últimos meses le envió una carta semanal por vía aérea desde la casa central del correo en Sarmiento 151, le contaba de su vida, de su actualidad, de sus estampillas, le expresaba sus ganas de poder verlo algún día, y siempre se despedía con un afectuoso saludo. “Te deseo lo mejor hijo mío, y que la vida te permita ser mejor padre de lo que yo pude ser.”
Solo en su habitación, un poco borracho y ya sin cigarrillos para fumar, se puso a escribir con la pluma que le había regalado su padre al cumplir dieciocho. Con lágrimas en los ojos, y con la certeza de que ya no tenía absolutamente nada más que perder en su vida, escribió una carta, que era más un ruego que una disculpa. Rogaba por la oportunidad de un reencuentro. Era la primera vez que consideraba posible una reunión, nunca antes se le había ocurrido posible, pero pasaba por un momento que ya nada le importaba, estaba jugado. Con lágrimas en los ojos abrió su corazón, los más profundos sentimientos y las más sinceras justificaciones surgieron. Solo le pedía un café juntos, no pretendía ser el padre que nunca fue, solo una charla.
Se despidió, firmó y dobló la hoja de en tres. La guardó cuidadosa y parsimoniosamente en el sobre, cuidando de no arrugarla ni ensuciarla, con la lentitud provista por el whisky ingerido. Tomó la última estampilla de su colección, la del Valle de la luna, la lamió y la pegó con delicadeza en el vértice izquierdo superior del sobre. Completó los datos con letra manuscrita intentando hacerla más clara de lo usual, para evitar errores. Algo tambaleante fue hasta el quiosco de la esquina y depositó el sobre en un mini buzón de Correo Argentino que había en la puerta del negocio.
Los días siguientes al envío de la carta fueron bastante normales, Adolfo se las arregló con los pocos pesos que tenía para comer algo y comprar algunas botellas de licor. No tenía nada para hacer, por lo que pasaba las tardes sentado en plaza congreso, a pocas cuadras del departamento, mirando la gente caminar y las palomas volar. Pensaba en lo insignificante del ser humano, en la cantidad de gente que circulaba junto a él y lo ignoraba. Reflexionaba sobre su vida, sus errores y sus aciertos, y sobre todo pensaba en su hijo.
-Maldito sea el día que lo dejé ir de mi vida- se decía una y otra vez. Se preguntaba cómo habría sido la niñez de aquel muchacho sin un padre, como habría crecido y convertido en un hombre. Tal vez ya había formado su propia familia, y quizás hasta lo había convertido en abuelo. Posiblemente ya se hubiera recibido de la facultad y tuviera éxito en su profesión. De algo estaba verdaderamente seguro, de que seguramente ya no lo recordaba, y se había olvidado de él. Lo más probable era que ni siquiera tuviera intenciones de conocer a su padre, a un padre que siempre fue ausente, pero Adolfo estaba jugado, no tenía nada que perder, y solo quería verlo al menos una vez para pedirle perdón.
El martes fue a lo de Raúl, pero no para comprar o vender sellos, sino para pedirle prestado un traje. El viejo tal vez no era el más indicado para pedirle eso, pero era el único con el que podía contar en ese momento de su vida. Quienes supieron ser sus amigos fueron alejándose, formando familias o falleciendo a temprana edad gracias a los placeres de una vida libertina. El traje era gris clarito, ajustado y con las solapas un tanto anchas para la moda actual, pero de todas maneras mejor de lo que Adolfo disponía. En sus épocas de playboy, cuando frecuentaba bailes y bares en busca de levante, vestía con los mejores trajes y camisas de primera marca, zapatos italianos y perfumes importados; pero la crisis lo obligó a vender sus lujosos atavíos en casas de ropa usada por unas míseras monedas.
A la mañana siguiente se levantó bien temprano, se bañó, se perfumó como corresponde y se puso el mencionado saco gris de solapas anchas. Fue a la peluquería que frecuentaba desde hacía treinta años, donde un sexagenario de temblorosas manos le cortó el pelo, lo peinó a la gomina y lo afeitó con navaja. Adolfo llegó temprano al bar, y optó por una alejada mesa del sector fumadores, se pidió un cortado como para hacer tiempo y le mangueó un cigarrillo a un tipo que estaba sentado en la mesa de junto. Miraba el reloj de la pared y mientras fumaba pensaba en cómo sería ese momento, en las palabras que usaría; no sabía si lloraría de la emoción o si lograría mantener un perfil serio. Pensó en la cara que pondría su hijo, en las cosas que le diría o que le reclamaría. Especulaba nervioso en un montón de cosas, mientras miraba el reloj. Los minutos pasaron, luego las horas, y nadie aparecía. Su hijo lo conocía por que él le había mandado varias fotos en sus numerosas cartas, así que era imposible que no lo encontrara. Trascurrieron dos, tres horas, y varios cafés, pero nadie aparecía. Su hijo, su única descendencia, su propia sangre lo despreciaba, con cada minuto que pasaba a su alma se le caía un nuevo pedazo. No lo culpaba por no querer volver a verlo, pero esperaba que Dios existiera y le permitiera arrepentirse de su error, y poder pedirle perdón desde lo más hondo de su ser. Ya resignado y llorando, Adolfo se fue corriendo del bar sin pagar, ante el grito de uno de los mozos. Corrió hasta la cercana estación de Once y se arrojó al paso de uno de los trenes que estaba arribando con lento pero firme andar. Falleció en el acto.
Mientras tanto, en su solitario y vacío departamento una carta se desliza por debajo de la puerta. Un sobre con una estampilla del Valle de la luna, y unas grandes letras rojas impresas digitalmente que rezaban “Sello postal no válido”. La estampilla del valle de la luna había dejado de circular oficialmente hacía un par de años, por lo que el correo la devolvió al remitente.
sábado, 28 de abril de 2018
La reencarnación del buda
He tenidos varios trabajos en mi carrera laboral, repartidor en bicicleta de pólizas de seguros, vendedor de celulares, en un ciber café, en un laboratorio agrícola que por poco hago explotar, en una fábrica de fideos y galletitas, vendedor de sistema de televisión satelital, operador telefónico de una remisera, profesor de inglés…pero sin lugar a dudas la que más llegué a detestar fue la de animador de fiestas infantiles. Ustedes se preguntarán cómo llegué a una tarea tan degradante, el asunto es que mientras estaba en un laburo previo, el cual yo creía estable, compré una moto, de la cual algunos pagos debían ser en cuotas mensuales. Al tercer mes me echaron y debí hacer lo que fuera por terminar de saldar la deuda, y eso incluía la animación.
Cuando comencé supuestamente era para ayudar con el traslado y armado de los castillos inflables que eran por demás pesados y voluminosos, pero luego las tareas fueron mutando y terminé realizando tareas diversas, tales como pasar música, mantenimiento del salón de fiestas, maquillaje artístico a los nenes, globología (hacer perritos y pavadas con esos globos largos y delgados), y lo peor de todo disfrazarme.
Fue durante una tarde de verano que la historia que voy a contarles tuvo lugar, quizás algunos no la crean, pero puedo asegurarles que fue cierta. Era una pomposa fiesta de cumpleaños para un niño pudiente en una quinta con pileta y un enorme parque. Como era de suponerse contrataron el servicio completo, por lo que nos presentamos allí con tres castillos inflables, un payaso, música, maquillaje, un dibujante que realizaba caricaturas de los invitados, servicio de comida, torta, etc. Luego de armar todo bajo el inclemente sol y transpirar como prostituta en la iglesia, llegó el momento más humillante, el de disfrazarme de Barney (para los que no están familiarizados es un dinosaurio violeta). Con el traje encima, que parecía pesar una tonelada con los treinta y cinco grados de temperatura, y la cabeza gigante hecha de goma espuma, debía bailar un rato y a la vez realizar algunas figuras con globos. El problema fue que la edad de los niños era mixta, había desde los tres o cuatro hasta algunos de once, siendo estos últimos unas criaturas salvajes, la piel de Judas diría la maestra de música Olga que teníamos en la primaria. A los mayores ya no les atraía en lo más mínimo el dinosaurio Barney ni los globos, solo querían hacer maldades.
A la vez que bailaba como un idiota al ritmo de la estupida música infantil, intentaba entretener a los más chiquitos. Mientras los salvajes mayores me pateaban los tobillos, me empujaban, y tironeaban del traje. -¡Vos sos el que estaba recién fumando en la puerta!- gritaban algunos empeñados en desbaratar los pequeños vestigios de magia que podían ver los nenes en ese horrible, sucio, manchado y zurcido traje de dinosaurio. Por suerte de forma disimulada pude devolverles algunos golpes sin que los padres pudieran notarlo, algún que otro cachetazo en la nuca, o un empujón, quizás hasta alguna amenaza, pero nada criminal. Afortunadamente toda tortura llega a su fin. Cerca de una hora después, luego de perder cerca de un litro de sudor y casi el conocimiento también, pude dar por finalizada mi función. Detrás de unos arbustos me quité el traje y recuperé la identidad, también algunos vestigios de dignidad que me quedaban. Sin poder irme ya que debía plegar y cargar los inflables luego de finalizada la fiesta, salí a la calle con una botella de agua llenada de la canilla, caliente (los padres del cumpleañero eran muy ratas y miserables, no convidaban ni un vaso de gaseosa siquiera). Sentado en el cordón de la vereda sacie parcialmente mi sed, me mojé un poco la cabeza y me prendí un pucho a la sombra de un árbol.
-Tomá pibe, te lo merecés.- Me llamó la atención una mano con una cerveza fría, parecía ser una aparición divina, luego de tanto sacrificio finalmente la providencia me trae una pequeña recompensa.
–Estuviste muy bien adentro del disfraz, te bancaste a esos pendejos insoportables y te aguantaste todo, la verdad respeto mucho tu actitud pibe, me haces acordar a cuando yo tenía tu edad.- El que me hablaba no era un tipo de cincuenta años, era el dueño del cumpleaños, un niño de cinco años, por lo que me parecía por demás extraño que me hablara de ese modo. Llevaba pantalones cortos, y sus delgadas rodillas percudidas de jugar al futbol parecían endebles.
- Mis viejos son bastante ratas, me disculpo por ellos, pero a pesar de todo no son malas personas, una vez que los conoces son muy buena gente. A veces me avergüenza el hecho de que sean tan amarretes pero supongo que es normal que nuestros viejos nos avergüencen de vez en cuando, o que no sean perfectos. ¿Debería hacer un calor bárbaro dentro de Barney no? Yo en una época laburaba en una fábrica de colchones ¡Lo que transpirábamos en ese galpón! Por eso mismo es que aprecio tu laburo, porque entiendo el sacrificio y el sufrimiento. mis viejos nacieron con guita y así morirán, por eso es que no saben apreciar el trabajo de los demás, como toda persona de plata piensan que los demás están solo para servirlos, que son todos empleados de ellos, nunca un agradecimiento al jardinero, nunca un reconocimiento a la niñera, jamás una felicitación.- No podía creer que un nene de cinco años con una caricatura de conejo en la remera me estuviera hablando de trabajar en una fábrica, o que pudiera cuestionar con tan temprana edad el comportamiento de sus padres. Aparentemente mi rostro enunciaba la incredulidad, ya que sin que yo dijera palabra alguna, el nene aclaró mis dudas.
-Mirá, yo te voy a contar algo y espero que quede entre nosotros, yo sé que vos vas a guardar el secreto. Yo no soy un chico normal, tengo el…defecto o la virtud, no sabría cómo llamarlo… la peculiaridad ponele, de recordar mis vidas pasadas. De algunas reencarnaciones tengo solo fragmentos en la memoria, de otras nada, las que más tengo en la memoria son las últimas dos o tres. Todos dicen que en una vida pasada fueron Napoleón, o la Princesa de Monaco, Gengis Khan, o al menos un duque o un gran atleta… yo fui bancario, cocedor de colchones, y albañil, nada del otro mundo, pero juro que labure mucho y te puedo asegurar que no sirve para una mierda. Si no haces nada alguien siempre te va a facilitar las cosas, o el gobierno te proporciona un subsidio de desempleo, o la gente te facilita cosas, te dan comida, limosnas, ropa que les sobra… hay comedores, y organizaciones que ayudan a los carenciados…y sino hacete artesano, vende collares y pulseritas, los hippies no tienen ningún drama con el dólar paralelo, el precio de la soja, el petróleo, el riesgo país, la inflación, la crisis mundial, viven felices sin que nada les importe un pomo, lo único que les interesa es que alcance la plata para comprar marihuana. Cuando cumplís sesenta y cinco, y finalmente podes jubilarte ya sos demasiado viejo para disfrutarlo, no podes viajar porque te duele todo el cuerpo, no podes hacer deporte, no podes escribir porque te olvidas todo, ni siquiera podes comer tranquilo entre la presión y el colesterol. La vida se te va en un suspiro, un tercio de la vida desperdicias en el laburo, ¿y a cambio de qué? Un día cierra el banco y te echan a la mierda, les importás un comino. Andá flaco, rajá de acá y disfruta la vida, Salí a tocarle el culo a las chicas, y a patear tachos de basura. Andá a tocar timbre y sali corriendo, a jugar a la pelota, aprovechá a disfrutar mientras puedas.- Gesticulaba mucho con sus pequeños brazos que parecían de juguete por lo delgados, los sacudía con fuerza señalando el horizonte. Hizo una pausa, odenando sus pensamientos, y me dijo esta frase: -Todo pasa tan vertiginosamente, que a veces el pasado se nos confunde con el futuro.-
- ¡Lo que me estás diciendo es impresionante! ¿Porque no salís a contar tu historia al mundo? Ayudarías a millones de personas, le darías esperanza a los enfermos del mundo, saber que existe la reencarnación resolvería la pregunta existencial máxima, la religión tendría al fin sentido, el vacío interior se llenaría en cada uno de las personas, la angustia eterna al más allá dejaría de pesar en la conciencia de los humanos, cambiarias el mundo…-
-Pará, pará, pará… primero que nadie va a creerme, ya hay decenas de personas expresando lo mismo que yo en internet y nadie les da bola, ¡vos ni sabés que existen! Y segundo que, a pesar de todas las cosas que fui, también fui hijo, y fui papá. Yo sé lo que se siente perder a un hijo, y no quiero quitarles a mis viejos la felicidad diaria de ser padres, no podría hacerles eso. Además así estoy fenómeno, me tratan como a un rey, me malcrían… ¡y encima tengo una niñera que no sabés lo que está!- Hizo unos gestos por demás evidentes, señalando los abultados atributos físicos de la joven. Dándome una palmada en el hombro, cambió de tema. -¿Querés otra cerveza? Te traigo si queres…-
-No, gracias. Ya hiciste demasiado por mí.- Le devolví el envase vacío y me fui, caminando por la sombra. Que junte Magoya los castillos inflables, y la próxima que se disfrace otro de Barney, yo por mi parte, voy a disfrutar de la vida.
miércoles, 25 de abril de 2018
Amor clandestino
Le arranco la camisa, los botones vuelan, con el hambre de un náufrago nos consumimos mutuamente la boca, nos besamos salvajemente mientras manoseo su cuello con mis manos. Me quita la ropa a tirones, y deja salir esa faceta furiosa y febril. Ese look de oficinista me vuelve loco, tan pulcra y ordenada con sus pequeños anteojos de marco negro, y a la vez tan indecorosa con sus medias de red y el portaligas de encaje... Rebotamos contra los azulejos en las paredes del baño, mientras lacero con mis dientes los negros lunares de sus senos. Sin darnos cuenta, activamos el ruido a turbinas de un secador de manos y, casi instintivamente, nos encerramos en un cubículo. Apenas alcanza a trabar la puerta, y ya la tomo por detrás, le beso la nuca y nuestros brazos se suman, se multiplican. La agarro del pelo mientras desarmo ese prolijo y hasta prepotente rodete negro. La hago agachar brutalmente tironeando de pasión. Su espalda es hermosa, perfecta. Su piel es casi traslúcida, blanca como la nieve. Solo un travieso tatuaje en su costado derecho interrumpe aquella escultura de mármol. Le dejo el corpiño puesto, pero le levanto la minifalda, sus nalgas resplandecen. Bajo mis pantalones, corro su diminuta ropa interior blanca y...
Un viejo pelado me interrumpe, nos interrumpe, se mete entre nosotros y me la quita, se la lleva, nos corta la inspiración. Un tipo de bigotes de unos sesenta y pico y con cara de milico, el desgraciado corre ruidosamente la silla y me hace volver a la realidad del bar. Trato de incorporarme, me acomodo en la silla y miro en derredor para ver que nadie me estuviera observando. Es allí cuando veo que ella tenía sus claros ojos incrustados en mí. Eran pardos, una rareza, una mezcla extraña de verdes y marrones muy suaves que variaban dependiendo del día, o, quizás, de su estado de ánimo, no lo sé, pero no había dos días en los que tuviera los mismos ojos. Nuestras miradas se cruzan, ella sentada al otro extremo del bar sabe lo que quiero, lo que me consume de deseo, sabe que la preciso, la exijo. Solo con verme nota que ardo de necesidad, que me urge su presencia. Asentí con la cabeza, ella también, se levantó y caminó hacia mí, solo bastó un gesto para que nos entendiéramos. Sus tacos altos sonaban contra el piso de madera, a la vez que mi corazón se aceleraba, su cuerpo se contorneaba como una tigresa al acecho, sus pechos vibraban a cada paso. Llegó y se paró junto a mí, su perfume dulce y, quizás, algo repugnante inundó la mesa. Feroz, pero todavía una dama, esperó a que yo dé el primer paso.
—Un café con leche, y dos medialunas —Mi voz tembló y seguro me sonrojé, porque un calor abrazó mis mejillas.
—Sí, como no, ya se los traigo —Una corriente helada de indiferencia sobrevoló su respuesta.
—Gracias.
Así como vino… se fue, y yo… continúe poseyéndola en secreto.
martes, 17 de abril de 2018
Cuento: "Una ginebra por favor"
Era el atardecer de un martes,
cuatro de agosto para ser más precisos. Estaba bastante nublado y frío afuera,
pero adentro del barcito del Turco la temperatura no variaba jamás. El espeso
cortinado también impedía cualquier tipo de visión con, y desde el exterior.
Bastante tétrico el lugar, solo iluminado por un par de tubos fluorescentes
colgados de un extremadamente alto cielo raso, al estilo de las viejas
contracciones de principios de siglo, como lo era este inmueble. Dos
ventiladores de techo allá en las alturas, sostenidos del machimbre pintado marrón obscuro, giraban
lentamente haciendo circular el humo acumulado en lugar de refrescar. El bar
del Turco era el único de la pequeña ciudad que ignoraba por completo la ley
anti tabaco, casi orgullosamente. El doctor Zamudio yacía sentado solitario en
la mesa junto a la ventana disfrutando de un Criadores, mientras ojeaba el
suplemento económico del Clarín. Siempre utilizaba la misma ubicación, y era
muy común ver clientes del bar hacerse atender en esa misma mesa por la módica
suma de un Whisky importado. Un antiguo televisor colgado de un soporte a la
pared del fondo, aportaba la única cuota de color y vida al lugar. El volumen
estaba en cero, pero se veían imágenes de carreras de caballos y largas listas
de posiciones.
Raúl Sotello, sentado en la
banqueta de la barra miraba fijamente el vaso de vino blanco con jugo de
naranja. Ya se había tomado cuatro, e iba camino al quinto. El hielo tintineó
cuando apuró el líquido dentro de sus fauces. Depositó el recipiente vacío
sobre la barra, y golpeando con el dedo índice sobre el borde del vaso, pidió
otro. El Turco, dueño y único mozo se las arregló para verlo a pesar de estar
en el otro extremo del mostrador, con esa especial percepción que solo tienen
los verdaderos mozos de profesión. Se acercó con paso silencioso, mientras con
un trapo de rejilla secaba una copa de vidrio muy berreta recientemente lavada.
-¿Que anda pasando Raúl?- a la
vez que servía el contenido de la botella. Preguntó más por compromiso que por
verdadero interés. El Turco era un tipo muy reservado y de pocas palabras, como
un establecimiento de ese tipo lo ameritaba.
-Acá andamos… con problemas de
mujeres,- lo sorprendió bastante la pregunta del propietario del lugar, dada la
escasa locuacidad del mismo. -y lo que más me preocupan son los pibes.
¿Entendés? Si fuera por mí no hay drama, pero no quiero que los chicos tengan
que pasar por este quilombo…son chiquitos todavía, uno tiene seis y la otra
nueve.-
Al Turco no le cayó muy bien todo
este palabrerío, era un tipo reservado y quería permanecer al margen de la vida
personal de los clientes. Aseguraba que esto generaba un tipo de intimidad que
terminaba en mangueo. Puso los ojos en blanco en un inequívoco gesto de hastío,
al darse cuenta que no le quedaba más opción que quedarse a escuchar toda la
historia.
Sin reparos y sin tapujos le
contó todo el quilombo que tenía en pocos minutos, Sotello era un tipo directo
y no tenía inconvenientes en decir las cosas como realmente eran.
-Soy un boludo- comenzó, a modo
introductorio. El cantinero mentalmente compartió el pensamiento con su
cliente, pero no dijo nada. Mantuvo un silencio sepulcral, era de escasas
palabras el tipo.
-Hace unos cuantos meses me salió
un laburo en Navarro.- Hizo una pausa para tomar, y prosiguió. -No sé si sabía
que soy albañil, había que levantar un
par de galpones para una cerealera, por lo que teníamos para un tiempo
bastante largo. Íbamos y veníamos todos los
días, salvo los miércoles que le pagábamos hasta tarde y nos quedábamos
a dormir allá, como unos cuantos éramos de Lobos dormíamos ahí en la obra…la
cosa fue así por un tiempo, rutinaria y aburrida, hasta que conocí una maestra
de primaria separada. Vivía con el hijo, pero ya era bastante grandecito y
estaba acostumbrado a un desfile de machos por la casa. La cosa fue bastante
rápida, y a las dos o tres semanas ya tenía donde quedarme a dormir.-
A continuación, a medida que iba
bajándose el nuevo vaso de vino, continuó con una exageradamente generosa
descripción de la mina. El mozo en cuestión de segundos se dio cuenta que la
mujer era un escracho total, pero como siempre no dijo nada.
El tiempo fue corriendo, pero el
tipo era vicioso y no supo cuando parar. La supuesta obra en construcción
llevaba ya casi seis meses, un tiempo más que prolongado. Siempre la piloteaba
con excusas baratas del tipo -Tenemos que hacer unos galpones más-, o -Se
complica por el clima, y vamos muy lento-.El asunto era que la mujer de Raúl,
Gabriela, también era maestra, -¡Y…viste como son las maestras de chusmas!-.
Aparentemente había una amiga y colega que trabajaba acá, en Lobos, pero estaba
haciendo las practicas en la vecina ciudad, y no sé como mierda se enteró, pero
lo mandó en cana. La mina se lo aseguró y se lo recontra juró a la esposa de
Raul, incluso la convenció de ir hasta la obra un martes por la noche para
corroborar la existencia de la misma.
-Parece que se fue hasta Navarro
nomás, y le preguntó por mí al sereno del galpón en el que habíamos trabajado.
El tipo le dijo la verdad, que hacía tiempo habíamos terminado y que ya no
trabajaba más allí. ¿Qué me iba a imaginar que ésta loca iba a ir hasta allá?-
Agachó la cabeza hasta casi tocar el borde del vaso.
-Recién hace un rato me agarró y
me empezó a decir de todo, que era un hijo de puta, que la engañaba, que soy
una basura y no sé qué más. No seque hacer. Yo me hice el boludo y me fui a la
mierda. Le dije que la amiga le mentía por que estaba caliente conmigo, que me
quería levantar. Pero no me creyó ni medio, y tengo miedo por los chicos
viste...ellos no tienen la culpa...- No se sabe bien porqué, ni cómo, pero al
Turco se le enterneció un poco el alma, era la primera vez que algún tipo de
sentimiento se manifestaba en él, en este caso era compasión.
El propietario del lugar se
ofreció a ayudarlo, pero exigió completa y absoluta confianza en él. El cliente
aceptó sin pensarlo, conciente de que no tenía ninguna otra opción.
-Este miércoles venite acá a la
noche, tipo diez cuando cierro, y trae el auto. A tu mujer no le des ninguna
explicación.-
La noche en cuestión llegó, y
Raúl apareció justo a tiempo. El Turco estaba cerrando la puerta, subió al auto
y salieron.
-Mi mujer casi me mató cuando le
dije que salía de nuevo. ¡Hasta me tiró con un plato por la cabeza!-Sotello se
frotaba la nuca con la mano izquierda mientras manejaba, como si el plato
realmente le hubiera pegado.
-Agarrá para Saladillo- fue lo
único que dijo en todo el viaje. Permaneció todo el viaje mirando las estrellas
a través de la ventanilla.
Una vez en la ciudad, lo hizo
circular por unas calles oscuras y extrañas, hasta llegar a una especie de
club. Le hizo señas para detenerse y bajaron. Entraron al lugar, y subieron a
la segunda planta, donde se erigía una completa y muy surtida sala de juego.
Una ruleta, mesas de Black Jack, punto y banca, carreras de caballos y sobre
todo varias de truco. El lugar no era demasiado grande, entre las mesas de juego
y los apostadores no quedaba espacio libre en lo absoluto, el cielo raso era
bastante bajo, y el humo de cigarrillos se amontonaba. Unos ventiladores de
techo casi rozaban las cabezas de los que permanecían de pie. La concurrencia
no era excesiva, sino todo lo contrario, un
par de docenas de viejos arruinados y deprimentes alcanzaban para poblar
el lugar. Hicieron un breve recorrido por el lugar, mientras El Turco lo
presentaba con la mayoría de los apostadores.
-Jaime... ¿como andas? ¡Siempre
con el whisky en la mano vos eh!- Le dio una fraternal palmada en la espalda, a
la vez que el tipo se daba vuelta quitando momentáneamente la vista de sus
fichas en la ruleta. Lo reconoció con un gesto de sorpresa, y se volvió
prontamente a vigilar el juego.
-Turquito, tanto tiempo...pensé
que nos habías abandonado- Hablaba con el pucho agitándose en la comisura de
sus labios.
El Turco se apresuró a
presentarlo y, como si fuera una especie de código que ya había utilizado
varias veces, solo se limitó a comentarle: -Éste es Raúl, viene todos los
miércoles a jugar acá. ¿Ok?- Dichas estas frases se alejó del tipo y repitió la
operación con otros sujetos de igualmente dudosa reputación. Incluso tuvo
exactamente las mismas palabras con el dueño del lugar, conocido simplemente
como Tano, adicto al póker. Todos asentían con la cabeza, no decían palabra
alguna ni preguntaban absolutamente nada.
Habrán estado cerca de una hora
ahí, hasta que el supuesto guía turístico propuso tomar un café en el barcito
de la esquina. Al entrar al lugar, Raúl tuvo la sensación de haber estado allí
miles de veces, a pesar de no conocerlo siquiera. Era un calco del bar de El
Turco en Lobos, el mismo aire de tugurio y el mismo aspecto depresivo. Solo
cambiaba la ubicación de los baños. Incluso los pocos clientes presentes se
parecían demasiado a los de mi ciudad, bastante arruinados y desalineados.
Oscuros, indecentes, indignos, y hasta con una cuota de fracaso grabada en sus
espaldas.
Ambos propietarios de bares se
saludaron amistosamente, intercambiaron un par de comentarios banales, y El
Turco pidió dos ginebras. Mientras apresuraba la suya, le comentó al dueño del
lugar con la misma suspicacia que antes: -Raul viene todos los miércoles
después de jugar, y se toma un legui-
-No hay drama- Alcanzó a decir el
otro tipo, creo que se llamaba Ramón. Tenía todos los años el viejo, y su cara
parecía un mapa. Era difícil precisar la edad, pero parecía avanzada, cerca de
setenta quizás.
El Turco se tomó la ginebra mía
que aun permanecía intacta. Lo hizo como en las películas, de un solo trago, y
luego se levantó.
-Pagá- Le dijo, mientras se ponía
de pie y enfilaba hacia la salida. Raúl abonó las bebidas, y al salir del
lugar, se sorprendió de ver a su compañero esperándolo ya en el auto. Aparentemente
no tenía ganas de manejar, y aprovechó el viaje para dormir. Al llegar a Lobos
se despertó.
-Escuchá, vas a hacer lo
siguiente ahora. El miércoles que viene vas a salir de nuevo, no importa lo que
te diga tu mujer, así te quiera matar no le hagas caso. Vos te vas a cualquier
lado y volvés bien tarde. Te va a cagar a pedos seguro, y vos ahí le decís que
la semana próxima le vas a mostrar la verdad. Le vas a mostrar con quien la
estabas engañando.-Ante la mirada estupefacta de Raúl, El Turco siguió explicando.
-Sí, le decís así, entonces la
subís al auto y arrancás, no le decís nada. La llevas al salón de juego donde
estuvimos hoy, y le decís que con la única que la engañabas era con la timba,
que estas enfermo con el juego, pero que vas a empezar a curarte, por ella-. Lo
dejó primero al cantinero, y luego prosiguió a su casa. Al llegar su mujer lo
estaba esperando despierta, sentada en el sofá y en camisón. No emitió sonido,
pero su cara le decía todo.
La siguiente semana fue todo un
escándalo directamente, hubo gritos, reproches. Gabriela incluso llegó a
tirarle un florero por la cabeza. Amenazó con irse de la casa y llevarse a los
hijos con ella. Raúl entonces dio inicio al plan estipulado. Ese miércoles
salió solo, fue al puterio del pueblo nomás, y regreso a las tres horas.
Transcurrieron los días con un dialogo nulo, e insultos gratuitos que solo
mermaban en presencia de los hijos de la pareja.
Llegó el día indicado para la
maniobra, y Raúl amenazó con salir nuevamente, ante el esperado reproche de su
esposa.
-¿Vos querés saber a donde voy yo
todos los miércoles? Bueno, vamos. Yo te voy a mostrar a donde voy.- Con
semblante decidido aunque cagado hasta las patas, y haciéndose el ofendido por
la poca confianza depositada en él, partieron con rumbo a Saladillo. El viaje
fue sin una palabra de por medio, y ni siquiera la radio se encendió. Era una
noche estrellada y limpia, pero el frío apremiaba.
Al llegar al salón de juego,
bajaron del auto y entraron. Raúl traspiraba de los nervios, como prostituta en
la iglesia, pero mantenía su rostro inmutable.
-Buen día Raulito, ¿como anda
usted? ¿Viene a repetir la buena racha del miércoles pasado?- Le decía un viejo
desconocido a la vez que le daba una fraternal palmada en la espalda.
Todos simulaban ser su amigo
desde hacía tiempo, la orquestación funcionaba a la perfección.
- ¿Ves amor? Con la única que
puedo engañarte a vos es con la droga del juego. No me animaba a decírtelo
porque me daba vergüenza, pero ahora que estuve a punto de perderte voy a dejar
el vicio. Vos sos lo único que importa para mí- Intentaba decirlo con la mayor
seriedad posible y poniendo cara de sufrido, pero la verdad es que se estaba
mordiendo los labios por dentro para no reírse.
Gabriela le pidió disculpas por
haber desconfiado injustamente, se dieron un beso y fueron a tomar un café al
bar de la esquina. Se sentaron en una mesa cualquiera, ya que estaban todas
vacías. El anciano propietario del bar se acercó lentamente a tomar la orden,
casi arrastrando los pies.
-Buenassss- dijo el mozo
sexagenario, casi hablando para adentro, y se quedó parado esperando la orden.
-Un Legui, como todos los
miércoles por favor y una Fanta para la dama.- El corazón se le paralizó por un
momento, este viejo de mierda seguro me caga se dijo por dentro. Partió en
busca de la orden y al ratito volvió con la bandeja y las bebidas. Mientras las
ponía en la mesa, sin prestar la mínima atención, casualmente levanta la vista
y estudia el rostro de mi esposa.
-¿Gabriela, que haces acá? No me
llamaste más, iba todos los miércoles a visitarte y de un día para el otro me
cortaste. No me mandaste ni un mensajito siquiera. ¿No me vas a decir que me
cambiaste por éste gil flojo y debilucho? Te extraño Gabi… hasta conseguí el
juguetito ése que vos querías, y el disfraz de marinero… Te amo-
Raúl no emitió sonido, no dijo ni
una palabra, no porque no tuviera nada que decir, sino porque la situación lo
sobrepasó, no pudo ordenar sus pensamientos y transformarlos en un idioma
entendible, se imaginaba al viejo decrépito, con su cara de mono, mezcla de Don
Ramón y Keith Richards, encima de su esposa. El viaje de vuelta fue un parto,
al llegar a Lobos dejó a su mujer en la casa y se fue a dormir a un hotel.
-Pero Raúl, estás siendo un
hipócrita, si vos hacías lo mismo, te pagó con la misma moneda, ahora ya está,
están a mano- El Turco, siendo extrañamente amigable lo aconsejaba, mientras le
servía otra Ginebra a su cliente, que luego él mismo tomaría.
-Ya sé, pero yo no voy a ser
cornudo. Puedo ser boludo, forro, me pueden cagar con plata, puedo ser una
basura de persona, degenerado, baboso, pero cornudo no. Ya sé que yo también la
engañaba, pero es distinto. ¡Yo cornudo no!- prendió un cigarrillo, había
dejado hacía años, pero las circunstancias lo hicieron retomar el vicio.
-Pero pensá en los pibes, tus
hijos no tienen la culpa- Aparentemente El Turco en el fondo tenía
sentimientos.
-Y bueno, mala suerte, ya son
grandes, que se las arreglen. Hoy en día es lo más común tener padres
separados. Además ya no vivo más en mi casa, yo me fui para tomarnos un respiro
y poner las cosas en orden, pero mi adorable esposa enseguida me cambió por el
viejo cara de mono. ¡Sí, en serio, el viejo duerme en mi cama ahora! Es el
colmo… igual ya hablé con él, lo discutimos muy seriamente como caballeros.
Ahora te juro que soy feliz, estoy cumpliendo el sueño de mi juventud, estoy
soltero, libre, y encima tengo un bar en Saladillo, se lo cambié al viejo por
mi esposa, ahora vivo allá. Ando de novio con una pendejita prostituta que de
paso la hago trabajar ahí en la cantina. No sabés lo linda que está, andá un
día y te hago precio-
-Menos mal que le molestaba ser
cornudo, y ahora anda con una puta- pensó el Turquito para sus adentros, pero
sin emitir comentario alguno. -A veces la felicidad se encuentra en esos
caminos que uno mismo se negaba a transitar-
sábado, 14 de abril de 2018
El doctor Pink Freud (cuento 2013- corregido)
Estaba el Dr. Zamudio contando
otra de sus inverosímiles historias en el bar, cuando me acerqué a la mesa. Me
saludaron los parroquianos, para luego continuar con el relato. Afortunadamente
recién había comenzado, por lo cual podía llegar a tomar el hilo de la anécdota.
Aparentemente se trataba sobre un extraño caso que había tenido, con un joven
paciente, de unos seis años de edad. Me llamó la atención, e incluso me pareció
poco creíble que atendiera niños en su consultorio, dado que es psiquiatra sin
ningún tipo de especialización en esa área, pero decidí darle el beneficio de
la duda y seguir creyéndole.
-Sería allá por el año ochenta y
cuatro, ochenta y cinco más o menos. Puedo calcular la época por que andaba en
el Peugeot 504, y lo compré cerca de ese año. Cero kilómetro, full, asientos de
cuero...un maquinón. Verde oliva era el color, con caja de quinta.- Una breve
pausa, y la mirada del relator se perdió por un instante en la vidriera, tal
vez rememorando el auto que tanto añoraba, o tal vez mirando algún culo que
pasara por afuera.
-Bueno, volviendo al tema. Aún
puedo ver en mi memoria la desesperación de sus ojos. Esos padres primerizos al
borde de las lágrimas, rogándome que los ayudara, y que ayudara a su hijo. Me
comentaron que el pobre niño sufría algún tipo de autismo, no de los más graves
pero tampoco de los más leves. En ese entonces, este desorden no estaba
completamente estudiado y había pocas certezas sobre los tratamientos a seguir.
No se sabía mucho del tema. La señora estaba bastante buena, rubia con rulos,
tez bastante clara y un buen cuerpo. El tipo por otra parte tenía una reverenda
cara de pelotudo a pedal. Muy buenas personas los dos. Concertamos otra cita,
pero en la siguiente debían concurrir con Tomasito, el nene en cuestión.-
Alcides se llamaba, lo averigüé
luego de un tiempo. En ese entonce solo se lo llamaba como “El doctor”. Cerca
de los sesenta, el tipo ya estaba retirado de todo consultorio psicológico y
psiquiátrico. Solía darle recreo al secreto profesional dentro de la confianza
del bar, y comentar locuras y chusmeríos de los vecinos. Ya estaba jubilado por
lo que todo le chupaba un huevo. Éramos cuatro aparte de él en la mesa. El
flaco Ramírez, el Tero, Lucho y yo, todos expectantes del relato.
-A la próxima aparecieron con el
pendejo. Hablé un par de pavadas con los padres y los saqué afuera. Estando
solo con el pibe nos sentamos en el piso a jugar con unos autitos que llevé
para la ocasión. Parecía bastante normal en la manera de jugar, solo que no me
registraba para nada. Le hablaba y nada, no respondía ni con un gesto siquiera.
Si apenas le tocaba el brazo o lo rozaba en lo mas mínimo se ponía inquieto,
pero tampoco se desesperaba. Directamente me ignoraba. Transcurrieron así
varias sesiones, tal vez siete u ocho meses. Había poco avance pero es normal.
Encima yo iba como a la deriva, ya que jamás había tenido un caso similar.-
Tomó un sorbo de café del
diminuto pocillo. Noté que el tamaño de los mismos disminuía cada dos o tres
años. No solo en el bar de Manuel, sino en todos los lugares en general. Es una
vergüenza pagar ocho mangos por un dedal de café, pensé. El doctor y licenciado
lo pedía regularmente con una medida de J & B, luego de hacer una especie de fondo
blanco con el café ya frío, hacía durar el whisky una media hora aproximadamente.
Siempre de impecable saco marrón a cuadritos, y camisa desprendida debajo.
Acostumbraba vestir formal, conservando una impronta y una presencia impecable,
solo que un poco pasado de moda, pero entendible considerando que ya estaba
entrando en los sesenta años de edad.
-Empezaron temprano los
calorcitos ese año, por lo que sugerí a los padres que se tomaran un fin de
semana en la costa o en algún lugar descampado, como para que se relajaran un
poco y a la vez al niño tuviera algo de esparcimiento. Estábamos teniendo
sesiones dos o tres veces por semana, la mayoría de ellas ad honoren, estaba
intrigado y a la vez emperrado en buscar una solución o una ayuda, ya se había
vuelto un desafío personal; pero todos necesitábamos un descanso. Yo me quedé en
mi casa con la que en esa época era mi señora, ellos aprovecharon mucho más el
receso, fueron a Aguas Verdes, un lugar en la costa de lo más tranquilo y
decadente.-
Hizo una pausa para prender un
cigarrillo. Pidió fuego a uno de los oyentes, aspiró profundamente mientras una
espesa y lechosa nube envolvió su rostro arrugado. Los bigotes canosos pero
amarillentos por la nicotina revelaban su adicción. Aclaró su garganta y la
aceitó con algo más de whisky. Sostenía el pucho de una forma particular, entre
el dedo mayor y el anular, éste elemento en su mano izquierda era el
complemento ideal para darle más énfasis y seriedad a los aparatosos gestos que
acompañaban su relato, Continuó.
-Al regresar de su viaje,
inmediatamente me llamaron a mi casa, en esa época no existía celular, con una
emoción desmedida y luego de un par de intentos por hacerse entender a pesar de
los llantos, me contaron sobre su excursión. La emoción les impedía expresarse
bien luego unos minutos lograron calmarse, y los jóvenes padres narraron
detalladamente su travesía. Era domingo a la noche, y a pesar de que me había
clavado un vinito con la cena, hice un esfuerzo por seguir el hilo de la
noticia que me contaban. El viaje había sido normal, el niño en el asiento de
atrás, con la vista perdida en la ventanilla, sin hablar una sola palabra ni
expresare de ninguna manera, ni un grito ni un quejido siquiera. Durmió
solamente una hora en el interminable viaje de cinco horas en el Fiat 128
turquesa. Al llegar al pueblo, se dirigieron directamente a la playa. Ante la
desesperación de la joven pareja, ni bien se detuvieron el niño abrió la puerta
y salió corriendo delirante de felicidad, como perro con dos colas. Según ellos
en nene había jugado durante horas e incluso había interactuado con sus
progenitores de una manera demasiado afectiva para él, llegando incluso al
grado de abrazarlos. No era que yo desconfiara de la buena fe de ellos, pero
quería comprobarlo yo mismo, quizás sus grandes deseos de ver una mejoría los
habían engañado y los hacían ver cosas inexistentes o no tan trascendentales.
Les dije que lo tomaran con calma, que a
pesar de haber experimentado ese supuesto cambio drástico el niño estaba lejos
de una cura completa y definitiva, pero que todo avance era positivo. Yo quería
verlo con mis propios ojos, por lo que pactamos un viaje a la costa todos
juntos.-
Alcides dio la última pitada al
cigarrillo y lo apagó en el cenicero con enérgicos movimientos. (Me cuesta
llamarlo por su nombre de pila, Dr. Zamudio conlleva otra investidura) Casi ni
lo fumó, de hecho lo prendió al pedo, pero hay ciertos fumadores que disfrutan
el solo hecho de sostenerlo en sus dedos, por costumbre, se sienten como
desnudos, o no saben qué hacer con las manos si no sostienen a su incondicional
amigo en brazas. Se rascó el bigote, y se pasó la mano por sobre el canoso y
engominado pelo canoso. Lo tenía extremadamente blanco, y el gel berreta que
usaba (o tal vez las grandes cantidades del mismo) le producía una desagradable
y cuantiosa caspa, parte de la cual cayó como copos de nieve sobre los hombros
del ruinoso saco a cuadros, estilo príncipe de Gales.
-Tuve una sesión con el niño
antes de la excursión costera, sinceramente no note ninguna mejoría, ni se dio
cuenta que estaba conmigo, pero ante la insistencia de la pareja acepté viajar.
Fuimos en mi auto, salimos bien temprano la mañana del sábado para llegar a la
tarde y aprovechar el día en la playa. A eso del medio día estábamos allá.
Dejamos las cosas en el departamento que habían alquilado y fuimos directo a la
orilla del mar. La reacción de Tomasito fue tal cual me habían dicho ellos.
Juro por Dios que no lo podía creer.- Agitaba la mano enérgicamente,
sosteniendo el vaso de whiskey en su mano derecha, con los tintineantes trozos
de hielo sin que una sola gota se derramara. -¡El pendejo salió corriendo como
gato quemado, se metió en el agua y no salió como por cinco horas! No lo podía
entender. El domingo arrancamos el día de playa desde temprano. Le compré un
barrenador de telgopor al niño para que juegue con las olas, y de paso usarlo
como excusa para poder meterme a jugar con él en ése extrañamente calmo mar.
Paramos solo para almorzar y merendar, luego estuvimos horas y horas en el
agua. Ya cerca del amanecer, el sol caía y la marea crecía. Quedamos exhaustos
los dos y nos sentamos en la arena húmeda observando el paisaje. Los dos ahí
tendidos, frente a la inmensidad del mar y el hipnótico sonido de las olas, era
el momento perfecto para retomar la terapia. Sin quitar los ojos del horizonte
le pregunté si realmente sabía lo que le pasaba. No esperaba respuesta alguna
en realidad, por lo que la sorpresa fue mayor al oírlo. Giro lentamente la
cabeza para poder mirarme. Con la voz más suave y tranquila imaginable, pero a
la vez con la precisión de un hombre adulto y sabio me dijo algo más o menos
así: -mire doctor, yo sé que ustedes creen que soy autista, y tal vez lo sea en
alguna medida. También sé que tengo una inteligencia superior a lo que
corresponde a mi edad, pero yo estoy bien, no se preocupen por mí.-
Me quedé paralizado, fue una
mezcla de temor, de sorpresa y hasta de vergüenza. No se, pero fue de lo mas
sorprendente que me haya pasado. Pasaron unos segundos o tal vez algunos
minutos no lo recuerdo, permanecí mudo, no sabía que contestarle a esa persona
adulta dentro del niño. -Escuchame nene, ¿Por qué entonces no te comportas como
todo chico? ¿O por que tenés problemas para relacionarte si sos tan
inteligente? ¿Qué tiene el mar que te deja liberarte?- El pibe la tenía re
clara. ¿Sabés lo que me contestó? Me dijo algo así:
-Es que a mí no me interesa
relacionarme con nadie, entiende. Que el ser humano es un ser social y que no
puede vivir aislado de la sociedad es mentira, es un invento de la modernidad
que intenta bombardear nuestra vida a través de los medios de comunicación. Yo
disfruto estando aquí, siento que Aguas Verdes es mi lugar en el mundo,
¿Entonces porqué debo mantener una vida en la cual soy infeliz? No me interesa
nada más que el mar, porque sólo aquí soy yo, soy libre.-
Me quedé literalmente con la boca
abierta, no sabía que decirle al pendejo. ¿Que cuando uno llega a la adultez debe
vivir sometido una vida socialmente aceptable y preestablecida, aunque no es la
que uno quiera? ¿Qué es de gente seria y grande trabajar todo el día como
esclavo, vivir en un lugar contaminado de mierda y encima no disfrutar ni un
segundo de paz? Era muy cruel decirle que la felicidad era un cuento de niños,
que en realidad no existe, que solo pasa en las películas.- Alcides Zamudio
estaba al borde de la silla, apoyando los codos en la mesa. A pesar de haber
contado varias veces la anécdota todavía se posesionaba y tensaba al punto de
emocionarse de la forma más profunda.
Ante el silencio atónito que el
doctor dijo mantener frente a las declaraciones del niño, éste reafirmó su
postulado. -¿Acaso usted no tenía sueños en su infancia? ¿O un lugar en el que
simplemente fuera feliz sin la necesidad de nada ni de nadie más? Tal vez un
rincón de la plaza, una calesita, o simplemente la cima de un árbol al cual
trepaba. No creo que sea necesario abandonarlos- Pobre niño tonto pensó el
psicólogo, no sabe lo que le espera en la vida, cuantas desilusiones tendrá por
delante.
-Hice un pacto con el infante
para que tratara de ser más sociable, en especial con su familia, a cambio yo
debía convencer a sus padres de mudarse a Aguas Verdes. Nunca lo volví a ver al
pibe, ya debe ser todo un hombre. Yo por mi parte tomé parte de la enseñanza
del pibe sobre no abandonar los sueños de niño, y aprendí a tocar la guitarra.
Junto con otros dos médicos del pabellón psiquiátrico del hospital formamos una
banda de rock, “Pink Freud”. Pero hubo problemas entre nosotros, ellos eran
lacaanianos y yo freudiano.-
Se recostó en la silla al
terminar la oración, mirando hacia el ventilador de techo del bar. Parecía
estar aliviado de sacarse la anécdota de encima. Prendió un segundo cigarrillo,
pero esta vez con una expresión de placer como si hubiera finalizado de hacer
el amor.
Reinó el silencio en la mesa, y
por un par de segundos todos pensamos y recordamos esos deseos de temprana
edad, esos anhelos más básicos y esenciales, esos sueños inconclusos de la
niñez; pero hubo un gol de Chacarita en el televisor que nos hizo volver a la
horrenda realidad.
miércoles, 11 de abril de 2018
el correcaminos es muy hijo de puta
No era un lugar demasiado placentero pero no había opción, era una construcción antigua de fines del siglo XIX, bastante derruida pero recientemente blanqueadas sus paredes con cal. Estaba ubicado en medio de un gran parque, por lo que los internos podían pasear y relajarse debajo de las frondosas sombras de los árboles antiguos. Uribelarrea es un pequeño pueblo tan pintoresco y simple como cualquier otro, con la única particularidad de contar con un hospital neurosiquiátrico en su trazado urbano. Varios de los internados (los inofensivos) suelen verse circulando por las calles o sentados en la plazoleta central tomando mate, algo a lo que la mayoría de los pueblerinos están ya acostumbrados.
El señor Alcides Zamudio debía realizar allí sus prácticas de tercer año de la carrera de siquiatría, durante las cuales debía estudiar algunos casos particulares y luego elevar informes sobre la medicación que recibían, sus recomendaciones, etc. Sería allá por el año setenta y pico, el doctor tenía por ese entonces pelo largo y castaño, y una barba candado que lo hacía parecerse levemente a Chuck Norris. Había muchos internados de entre los cuales debía elegir para estudiar, pero fue uno en particular que llamó su atención, lo encontró el primer día mirando los dibujos animados del Coyote y el Correcaminos, mientras tomaba notas en un cuaderno. Esto le llamó la atención, por lo que le solicitó la historia médica al rector de la institución. Los datos que figuraban en la carpeta eran bastante escuetos, nombre: Carlos Virgilio Torres, edad: 46 años, Divorciado, y muchísima información sobre la medicación que fue recibiendo a través de los cinco años que llevaba internado. La mayor parte de lo que averiguó sobre la vida de Torres lo hizo mediante los enfermeros, que dicho sea de paso eran bastante chusmas. El tipo vivió siempre en capital, era ingeniero naval y trabajó en la marina por casi dos décadas. Nunca había tenido episodio alguno de demencia hasta que encontró a su esposa con otro tipo en la cama, en ese momento tuvo un crisis de nervios. Se fue corriendo de su casa y deambulo varios días hasta que finalmente lo encontraron delirando, caminando perdido por el medio de una avenida. Desde ese instante no recupero nunca su cordura, ni su esposa ni sus tres hijos pudieron hacerlo volver a ser el mismo de antes. Su mujer tramitó el divorcio al año siguiente.
Las practicas eran dos veces por semana, por lo que recién al otro lunes pudo abordarlo y tener una primera entrevista con él. Estaba sentado frente a la televisión, Zamudio tomó una silla y se sentó a su lado, el Coyote estaba intentando atrapar al Correcaminos con un carrito de propulsión a chorro marca Acme, al cual se le salieron las ruedas al cruzar una vía de trenes.
- Noooo querido, fíjate vos lo que hace este pibe, como no va a ponerle unos bulones de doble fijación a las ruedas. Además tiene que llevar unos rulemanes de por lo menos cuatro pulgadas, así no lo va a agarrar nunca al pájaro ese.- Inmediatamente después anotó unas cosas en su cuaderno.
Recién cuando terminó el episodio Zamudio le pudo dirigir la palabra al interno, antes no le hubiera prestado atención. Hablaron un rato de cosas intrascendentes mientras el practicante simulaba interés, como para ganarse algo de confianza, al rato de charla el señor Torres ya estaba invitándolo a su habitación para mostrarle sus apuntes.
Zamudio no podía creer lo que veía cuando entro a la habitación, estaba repleta de planos pegados en las paredes, eran de inventos destinados a atrapar al correcaminos. En uno de ellos podía verse una motocicleta con unas pinzas enormes en la parte delantera para sujetar al ave en caso de alcanzarlo, en otro había una especie de guillotina gigante, y más allá uno con una red para ser arrojada mediante un cañón. Decenas de diagramas con números y fórmulas matemáticas para calcular las fuerzas G de un péndulo gigante, el peso y la masa. La de Uribelarrea es una institución mental de reclusión con una política bastante laxa respecto a los internos más saludables, así como algunos pueden salir a la calle o incluso trabajar, también a otros se les permite ingresar objetos personales varios con la idea de hacerles más fácil el paso por aquella fase, es por ello que Torres tenía en la habitación un banco de dibujo, reglas, escuadras, lápices y bolígrafos. Una vez que Zamudio se retiró y lo dejó solo, el loco con las notas que había tomado comenzó los planos de un yunque gigante que cayera sobre una caja de alimento para aves.
Mensualmente Torres intentaba enviar algunos de los planos a los creadores de los dibujos animados con la idea de que tomaran algunas de sus sugerencias, y digo intentar porque éstas no eran llevadas al correo por el jefe de la institución, tal vez principalmente porque los sobres iban dirigidos a “Sr Coyote”.
Ya habían pasado un semestre y era una de las últimas veces que el practicante iba a la institución mental, ya había redactado los informes sobre cuatro internados por lo que decidió prestarle un poco más de atención a Torres. Lo buscó y estaba allí, frente a la televisión como siempre, mirando sus dibujos animados favoritos, y anotando todo en su cuaderno. Zamudio, movido mitad por la curiosidad y mitad por el aburrimiento se acercó al loco en cuestión y lo indagó acerca del motivo de tal fanatismo por la caricatura, intentando entrever ese hilo de cordura que los locos suelen hilvanar para tejer sus telarañas de insensatez. Los insanos suelen justificar inconscientemente sus actos irracionales mediante pequeñas partes de coherencia que mantienen como un andamio sus ficciones. Van modificando la realidad para darle sostén lógico a lo que su cerebro, y el resto de las personas, reconocen como anormal.
- ¿Nunca se puso a pensar usted, que con la guita que gasta el Coyote en productos marca Acme, le sería mucho más fácil comprar directamente la comida en un supermercado, o pedirla en una rotisería, o tal vez ir a comer a un restaurant?- El señor Torres hablaba gesticulando demasiado pero sin llegar a ser extraño, lo hacía sin quitar los ojos de la televisión ni soltar el bolígrafo y el anotador.
- Tiene usted razón.- Reconoció Zamudio, que jamás se había detenido a pensar en tal cosa. –Quizás carecía de dinero.-
- Si no tenía plata, ¿cómo era que podía comprar tantas cosas? ¿Acaso emitía cheques en blanco, o tenía tarjetas de crédito? ¿Qué banco supone usted que le abriría una cuenta a un animal salvaje? Habría que estar loco para hacer tal cosa. Imagínese un Coyote con una Visa, y un lobo con una Master Card.- El loco reía, y el tono de su voz había subido.
- Bueno si, realmente tiene usted un buen argumento allí, pero entonces… ¿Por qué motivo es que lo fascina tanto esta caricatura, siendo que le encuentra usted tantos defectos?- Había dicho cada palabra detalladamente y eligiéndolas una por una, tomando la precaución de no ofender de ningún modo al interno.
- ¿No se da cuenta caso usted, que esos dibujos animados no son más que una metáfora de la vida?- Torres estaba ya de pie, casi gritando, mientras agitaba los brazos en alto.-El coyote pudiendo tener cualquier cosa o comer lo que se le ocurra, gasta todo su dinero en atrapar a ese Correcaminos. Igual que el ser humano siempre desea lo que está fuera de su alcance. Eternamente el hombre anhela aquello que no puede tener, lo que le es esquivo o inalcanzable, por eso en lugar de explorar por ejemplo los océanos que están a un paso de distancia se gastaron miles de millones en alcanzar la luna, para luego viajar solo una o dos veces y abandonarla. Una vez que es conquistado ese objeto increíble, pierde interés y es reemplazado por otro aún más lejano.- El demente estaba ya parándose sobre la mesa, vociferando a los cuatro vientos.- Los varones del mundo morían por Marilyn Monroe pero todos los que la tuvieron la dejaron ir, una vez conquistado el Monte Everest ya deja de ser atractivo escalarlo.- Hizo una pausa mientras recapitulaba su discurso mentalmente, luego continuó más envalentonado. –La sociedad capitalista no cesa de crear objetos totémicos que son codiciados por millones de personas, siendo un par de meses después reemplazados por otros que hacen delirar a los idiotas consumistas. Se babean los estúpidos mirando las revistas, viendo los últimos televisores a color, o el nuevo modelo del Falcon, pero la providencia nos depara las más intrincadas ironías, y se encarga de demostrar lo equivocado de nuestros deseos. ¿Nunca vio esos burros, que para que caminen le atan una zanahoria con un palo frente a sus ojos?, el hombre es exactamente igual. El coyote pudiendo poseer cualquier cosa, gasta todo su dinero, su esfuerzo y su vida en atrapar a ese pajarraco maldito, al igual que el ser humano que siempre desea lo que está fuera de su alcance, y derrocha su existencia persiguiendo un ideal de inexistente. ¡Es una perfecta analogía! - Terminó el programa y el señor Torres saltaba de mesa en mesa gritando en un frenesí filosófico. Por la puerta entraron tres enfermeros con un chaleco de fuerza, quienes con mucha habilidad lograron bajarlo. Mientras se lo llevaban por un pasillo a la sala de duchas, se oía al loco gritar. – ¡El destino es como el Correcaminos, es muy hijo de puta, no lo olvide!
Zamudio se fue en colectivo y jamás volvió a Uribelarrea, su último día de práctica había terminado. Durante el viaje de regreso se fue pensando en cuanto deseaba un Mercedes Benz.
El señor Alcides Zamudio debía realizar allí sus prácticas de tercer año de la carrera de siquiatría, durante las cuales debía estudiar algunos casos particulares y luego elevar informes sobre la medicación que recibían, sus recomendaciones, etc. Sería allá por el año setenta y pico, el doctor tenía por ese entonces pelo largo y castaño, y una barba candado que lo hacía parecerse levemente a Chuck Norris. Había muchos internados de entre los cuales debía elegir para estudiar, pero fue uno en particular que llamó su atención, lo encontró el primer día mirando los dibujos animados del Coyote y el Correcaminos, mientras tomaba notas en un cuaderno. Esto le llamó la atención, por lo que le solicitó la historia médica al rector de la institución. Los datos que figuraban en la carpeta eran bastante escuetos, nombre: Carlos Virgilio Torres, edad: 46 años, Divorciado, y muchísima información sobre la medicación que fue recibiendo a través de los cinco años que llevaba internado. La mayor parte de lo que averiguó sobre la vida de Torres lo hizo mediante los enfermeros, que dicho sea de paso eran bastante chusmas. El tipo vivió siempre en capital, era ingeniero naval y trabajó en la marina por casi dos décadas. Nunca había tenido episodio alguno de demencia hasta que encontró a su esposa con otro tipo en la cama, en ese momento tuvo un crisis de nervios. Se fue corriendo de su casa y deambulo varios días hasta que finalmente lo encontraron delirando, caminando perdido por el medio de una avenida. Desde ese instante no recupero nunca su cordura, ni su esposa ni sus tres hijos pudieron hacerlo volver a ser el mismo de antes. Su mujer tramitó el divorcio al año siguiente.
Las practicas eran dos veces por semana, por lo que recién al otro lunes pudo abordarlo y tener una primera entrevista con él. Estaba sentado frente a la televisión, Zamudio tomó una silla y se sentó a su lado, el Coyote estaba intentando atrapar al Correcaminos con un carrito de propulsión a chorro marca Acme, al cual se le salieron las ruedas al cruzar una vía de trenes.
- Noooo querido, fíjate vos lo que hace este pibe, como no va a ponerle unos bulones de doble fijación a las ruedas. Además tiene que llevar unos rulemanes de por lo menos cuatro pulgadas, así no lo va a agarrar nunca al pájaro ese.- Inmediatamente después anotó unas cosas en su cuaderno.
Recién cuando terminó el episodio Zamudio le pudo dirigir la palabra al interno, antes no le hubiera prestado atención. Hablaron un rato de cosas intrascendentes mientras el practicante simulaba interés, como para ganarse algo de confianza, al rato de charla el señor Torres ya estaba invitándolo a su habitación para mostrarle sus apuntes.
Zamudio no podía creer lo que veía cuando entro a la habitación, estaba repleta de planos pegados en las paredes, eran de inventos destinados a atrapar al correcaminos. En uno de ellos podía verse una motocicleta con unas pinzas enormes en la parte delantera para sujetar al ave en caso de alcanzarlo, en otro había una especie de guillotina gigante, y más allá uno con una red para ser arrojada mediante un cañón. Decenas de diagramas con números y fórmulas matemáticas para calcular las fuerzas G de un péndulo gigante, el peso y la masa. La de Uribelarrea es una institución mental de reclusión con una política bastante laxa respecto a los internos más saludables, así como algunos pueden salir a la calle o incluso trabajar, también a otros se les permite ingresar objetos personales varios con la idea de hacerles más fácil el paso por aquella fase, es por ello que Torres tenía en la habitación un banco de dibujo, reglas, escuadras, lápices y bolígrafos. Una vez que Zamudio se retiró y lo dejó solo, el loco con las notas que había tomado comenzó los planos de un yunque gigante que cayera sobre una caja de alimento para aves.
Mensualmente Torres intentaba enviar algunos de los planos a los creadores de los dibujos animados con la idea de que tomaran algunas de sus sugerencias, y digo intentar porque éstas no eran llevadas al correo por el jefe de la institución, tal vez principalmente porque los sobres iban dirigidos a “Sr Coyote”.
Ya habían pasado un semestre y era una de las últimas veces que el practicante iba a la institución mental, ya había redactado los informes sobre cuatro internados por lo que decidió prestarle un poco más de atención a Torres. Lo buscó y estaba allí, frente a la televisión como siempre, mirando sus dibujos animados favoritos, y anotando todo en su cuaderno. Zamudio, movido mitad por la curiosidad y mitad por el aburrimiento se acercó al loco en cuestión y lo indagó acerca del motivo de tal fanatismo por la caricatura, intentando entrever ese hilo de cordura que los locos suelen hilvanar para tejer sus telarañas de insensatez. Los insanos suelen justificar inconscientemente sus actos irracionales mediante pequeñas partes de coherencia que mantienen como un andamio sus ficciones. Van modificando la realidad para darle sostén lógico a lo que su cerebro, y el resto de las personas, reconocen como anormal.
- ¿Nunca se puso a pensar usted, que con la guita que gasta el Coyote en productos marca Acme, le sería mucho más fácil comprar directamente la comida en un supermercado, o pedirla en una rotisería, o tal vez ir a comer a un restaurant?- El señor Torres hablaba gesticulando demasiado pero sin llegar a ser extraño, lo hacía sin quitar los ojos de la televisión ni soltar el bolígrafo y el anotador.
- Tiene usted razón.- Reconoció Zamudio, que jamás se había detenido a pensar en tal cosa. –Quizás carecía de dinero.-
- Si no tenía plata, ¿cómo era que podía comprar tantas cosas? ¿Acaso emitía cheques en blanco, o tenía tarjetas de crédito? ¿Qué banco supone usted que le abriría una cuenta a un animal salvaje? Habría que estar loco para hacer tal cosa. Imagínese un Coyote con una Visa, y un lobo con una Master Card.- El loco reía, y el tono de su voz había subido.
- Bueno si, realmente tiene usted un buen argumento allí, pero entonces… ¿Por qué motivo es que lo fascina tanto esta caricatura, siendo que le encuentra usted tantos defectos?- Había dicho cada palabra detalladamente y eligiéndolas una por una, tomando la precaución de no ofender de ningún modo al interno.
- ¿No se da cuenta caso usted, que esos dibujos animados no son más que una metáfora de la vida?- Torres estaba ya de pie, casi gritando, mientras agitaba los brazos en alto.-El coyote pudiendo tener cualquier cosa o comer lo que se le ocurra, gasta todo su dinero en atrapar a ese Correcaminos. Igual que el ser humano siempre desea lo que está fuera de su alcance. Eternamente el hombre anhela aquello que no puede tener, lo que le es esquivo o inalcanzable, por eso en lugar de explorar por ejemplo los océanos que están a un paso de distancia se gastaron miles de millones en alcanzar la luna, para luego viajar solo una o dos veces y abandonarla. Una vez que es conquistado ese objeto increíble, pierde interés y es reemplazado por otro aún más lejano.- El demente estaba ya parándose sobre la mesa, vociferando a los cuatro vientos.- Los varones del mundo morían por Marilyn Monroe pero todos los que la tuvieron la dejaron ir, una vez conquistado el Monte Everest ya deja de ser atractivo escalarlo.- Hizo una pausa mientras recapitulaba su discurso mentalmente, luego continuó más envalentonado. –La sociedad capitalista no cesa de crear objetos totémicos que son codiciados por millones de personas, siendo un par de meses después reemplazados por otros que hacen delirar a los idiotas consumistas. Se babean los estúpidos mirando las revistas, viendo los últimos televisores a color, o el nuevo modelo del Falcon, pero la providencia nos depara las más intrincadas ironías, y se encarga de demostrar lo equivocado de nuestros deseos. ¿Nunca vio esos burros, que para que caminen le atan una zanahoria con un palo frente a sus ojos?, el hombre es exactamente igual. El coyote pudiendo poseer cualquier cosa, gasta todo su dinero, su esfuerzo y su vida en atrapar a ese pajarraco maldito, al igual que el ser humano que siempre desea lo que está fuera de su alcance, y derrocha su existencia persiguiendo un ideal de inexistente. ¡Es una perfecta analogía! - Terminó el programa y el señor Torres saltaba de mesa en mesa gritando en un frenesí filosófico. Por la puerta entraron tres enfermeros con un chaleco de fuerza, quienes con mucha habilidad lograron bajarlo. Mientras se lo llevaban por un pasillo a la sala de duchas, se oía al loco gritar. – ¡El destino es como el Correcaminos, es muy hijo de puta, no lo olvide!
Zamudio se fue en colectivo y jamás volvió a Uribelarrea, su último día de práctica había terminado. Durante el viaje de regreso se fue pensando en cuanto deseaba un Mercedes Benz.
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